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viernes, 27 de abril de 2018

Polvo somos


   La nube de polvo se había levantado más allá de los edificios más altos, los cubría como un manto sucio que quiere abarcarlo de todo de una manera lenta, casi hermosa. En las calles, las personas tenían puestas máscaras sobre la boca y gafas para nadar que habían robado, casi todos, de tiendas donde hacía mucho tiempo no se vendía nada. A través del plástico había visto como la nube había ido creciendo, lentamente, hasta alzarse por encima de la ciudad y absorberlo todo en la extraña penumbra que se había creado.

 Lo que pasó entonces ha sido muy discutido, por todo tipo de personas y en todo tipo de situaciones. Nadie sabe muy bien de donde vino la nube de polvo pero era evidente que algo tenía que ver con la guerra que llevaba ya doce años y con los avistamientos extraños que muchas personas alrededor del mundo habían denunciado con una frecuencia alarmante. El problema es que el fluido eléctrico no era como antes, permanente, por lo que no todos se enteraban de lo mismo, al mismo tiempo.

 El caso es que, en esa penumbra imperturbable que duró varios días, la gente empezó a desaparecer. Familias enteras, personas solas, animales también. A cada rato se oía de alguien que se había perdido entre la niebla y no era algo difícil de percibir pues todo el mundo sabía que debía desplazarse y no quedarse en un mismo sitio. La guerra no había acabado y el enemigo, de vez en cuando, atacaba de manera rápida y letal, con grupos de asalto que asesinaban en segundos y luego salían corriendo.

 La gente no sabía a que temerle más, si a la nube de polvo o a los soldados enemigos que se arriesgaban ellos mismos a cazar a las personas en semejante situación. Con el tiempo, la guerra fue barrida por la nube que creció y creció y pronto ocupó toda la superficie del planeta. No había un solo rincón que la gente pudiese encontrar en el que no hubiese esa textura extraña en el aire. Las máscaras se volvieron una prenda de vestir, tanto así que los jóvenes las personalizaban, como símbolo de que la humanidad seguía viva.

 Aunque eso no era exactamente así. En todas partes empezaron a desaparecer personas. Primero eran uno o dos a la semana y luego la situación se agravó, tanto así que se hablaba de ciudades enteras casi vacías de un día para el otro. Por eso la guerra tuvo que morir, no había nadie que pudiera o quisiera pelearla. Había mucho más que hacer, cosas más urgentes que pensar. Por primera vez en la historia de la humanidad, la gente no pensaba en pasar por encima de los demás, ni de una manera ni de otra. Al contrario, todos se dedicaron a salvar su pellejo, a sobrevivir día a día.

 Después de casi dos meses en la penumbra tóxica de la nube, la gente se acostumbró y empezó a vivir de manera nómada, comiendo animales agonizantes o ya muertos, usando las pocas herramientas y útiles que todavía se podían encontrar por ahí. Ya nadie inventaba nada, ya nadie creaba. La gente había dejado de lado la evolución propia y social para enfocarse mejor en lo que hacían en el momento. Los sueños y anhelos eran cosa del pasado, pues todo el mundo quería lo mismo.

 Los niños pequeños pronto olvidaron el mundo anterior, aquel lleno de colores, de sol brillante y de criaturas felices. La felicidad, como había existido desde la creación misma del ser humano, agonizaba. Había cedido el paso a un estado extraño en el que nadie sentía demasiado de nada. No era que no sintieran nada sino que no parecían dispuesto a dejarse dominar por nada. Las preocupaciones y la agitación ya no eran necesarias porque todos estaban ya en un mismo nivel. Todos por fin eran igual, bajo el polvo.

 No había ya ni ricos, ni pobres. La guerra anterior y el estado de las cosas lo había cambiado todo. Olvidaron mucho de lo que habían aprendido sobre la vida y el universo y se enfocaron solo en aquel conocimiento que les fuese útil. El resto de cosas simplemente empezaron a perderse, aquellas que no les eran útiles. No había espacio para creencias o filosofías, no había momentos en los que pudiesen mirar su interior, lo que pasaba por sus mentes. No era productivo, no ayudaba a nadie a nada.

 La población nunca se recuperó de las desapariciones. Cada vez se tenían menos bebés. Era una combinación entre la poca cantidad de personas y la apatía generalizada. Eventualmente, muchos se enteraron por exámenes médicos que, por alguna razón, ya no podían tener hijos. Al parecer, habían quedado infértiles en los meses recientes. Tal vez el polvo era radioactivo y los  había privado de otra cosa más, de una función biológica esencial, del placer carnal y de la reproducción de su especie.

 Sin embargo, eso no los disuadió de salir a conseguir alimento. Ellos seguían vivos y todavía había niños pequeños que no habían desaparecido y necesitaban comida. Muchos habían muerto en las calles, al desaparecer sus familias. Pero algunos todavía hacían rondas por las ciudades y los campos, tratando de vivir un día más. Esos morían eventualmente. Sus cuerpos a la vista de los demás, que no podían detenerse ni un solo momento para pedir paz en sus tumbas. No había tumbas en las que pedir tranquilidad, ya no había nada parecido a la paz en el mundo. Solo un fin y nada más.

 Eventualmente, la nube de polvo empezó a retirarse. Muchos habían muerto, el mundo había cambiado en poco tiempo. Para cuando el sol por fin volvió a acariciar las caras de la gente que quedaba, ellos no sabían que pensar. Era agradable, por supuesto, pero no cambiaba en nada su situación. Seguían con ganas de comer, seguían queriendo sobrevivir, pero no sabían para qué. Nunca lo supieron, a pesar de percibir la necesidad de seguir respirando, día tras día. Era algo que solo pasaba y ya.

 La gente había cambiado tanto que algunas de las cosas del pasado nunca volvieron. El amor, el cariño, el placer, la tristeza y la manera de lidiar con la muerte, todas eran cosas que nunca iban a ser como antes. Las ciencias volvieron, lentamente, pues sí había muchos que querían entender lo que había sucedido. Pero no tenían afán de saber nada ahora mismo, solo querían eventualmente saber algunas respuestas. Ese apuro sí se había ido y nunca volvería a existir entre los seres humanos.

 El viento barrió el polvo en cuestión de días. Era un espectáculo que la gente empezó a disfrutar en cierta medida, casi todas las noches: veían como las nubes de tierra y arena, de mugre y muerte, subían hacia las nubes en espirales de amplias formas. Era algo visualmente impactante, de esos momentos mágicos que habían olvidado. Miraban al cielo y el polvo daba vueltas y vueltas, cada vez más alto, hasta que en un momento se dejaban de ver las espirales y todos volvían a casa.

 Por mucho tiempo, fue lo único que despertó cosas en ellos que habían olvidado. Y después las espirales dejaron de ocurrir y entonces ya no había nada que les recordara el pasado. Algunos intentaron escribir acerca de esos tiempos, de las condiciones de vida y de lo que pasaba por la cabeza de la gente que iba y venía, con sus máscaras puestas y sus mentes casi en blanco. Era difícil, casi imposible, pero para algunos era algo necesario, como una manera de sacar de si mismos lo que no tenían capacidad de procesar.

 La nube de polvo dejó el mundo pero lo cambió para siempre. Nadie nunca supo las razones pero las consecuencias dejaron una herida abierta permanente en la mente y el cuerpo humano. Una herida grave que, eventualmente, llevaría al verdadero final. Un lento y cruel.

viernes, 13 de abril de 2018

Belleza e inteligencia


   Cuando salí de allí, me sentí como todas las veces anteriores. No puedo decir que mi actitud frente a semejante situación haya cambiado y tampoco puedo decir que estuve pensando acerca de todo durante los siguientes días. La verdad es que no fue así. A veces todavía recuerdo algo y es un pensamiento pasajero que no pretende quedarse sino que está allí solo para recordarme que algo que pasó fue verdad y que en mi cerebro está todo guardado acerca de lo que he hecho en toda mi vida, lo bueno y lo malo.

 El sexo es solo eso o al menos eso creía hasta hace poco. He estado en tantas situaciones relacionadas a ese tipo de interacción humana, que a veces se torna algo repetitivo y se deja de notar lo que es diferente, lo que puede hacerlo especial. Y, por supuesto, lo que cambia todo es la persona con la que estás en ese momento. Todo cambia, todo se transforma cuando es una persona o es otra, según todos sus aspectos físicos y, también, por sus rasgos sociales y su personalidad única.

 Incluso puede que no sea lo mismo estar con una persona ahora, que sea tu pareja romántica, y luego volver a verla después de muchos años para un breve momento sexual. A veces, ojalá, parecieran ser dos personas diametralmente distintas y no la misma. Incluso una misma persona puede cambiar en ese aspecto, dependiendo de lo que haya vivido y lo que haya aprendido o mejorado en su personalidad y habilidades. Las personas son las que dan el ingrediente secreto en las relaciones intimas.

 Eso sí, hay situaciones bastante particulares que ayudan a que todo sea un poco más especial o, tal vez especial no sea la palabra, pero no hay una mejor que se me ocurra en este momento para describir cuando el sexo deja de ser eso que casi hacemos por preservación y naturaleza. Comenzar sin ropa o con ella puesta, estar en un cuarto oscuro o bien iluminado, que hayan dos o tres o más personas allí, hacerlo en una cama o en otro tipo de mueble o incluso en una habitación diferente a un cuarto como tal. Todo influye.

 Por eso la última vez no salí pensando nada diferente ni con pensamientos recurrentes en mi mente. Aunque los besos de una persona en especial eran tan dulces como los que había soñado alguna vez, y aunque su cuerpo era extremadamente suave y hermoso, incluso eso se escapó de mis pensamientos minutos después de salir de allí. Todo lo que había hecho, ya había ocurrido antes. Tal vez en otro lugar y seguramente con otras personas, pero ya lo había vivido y por eso no se quedaron conmigo las imágenes gráficas de los momentos del último día.

 Sin embargo, ahora que en verdad me pongo a pensar en todo el asunto, en esta última ocasión sí que cambiaron algunas cosas, sobre todo mi actitud al respecto. Por ejemplo, nunca he sido la clase de persona que juzga a los demás por su aspecto físico. Obviamente noto las diferencias obvias que puede haber o cualquier rasgo muy evidente, pero jamás me burlaría de nadie por ello. Creo que esa es la forma más baja y francamente desagradable de discriminación. No va con nada de lo que creo.

 Pero me vi a mi mismo dándome cuenta de que algunas cosas que había pensado alguna vez son ciertas, al menos desde mi punto de vista. Las personas que son demasiado atractivas, que parecen cumplir cada una de las reglas de los estándares de belleza actuales relativos a los hombres, esas personas no me gustan para nada porque saben muy bien que todos los demás los seguirán hasta el fin del mundo precisamente por esa razón. Ese cuento que nos dijeron, que la gente no se deja llevar por las apariencias, es mentira.

 Lo vi todo con mis propios ojos: un cuerpo perfecto y una masa humana se movía alrededor de esa persona como si estuvieran ligados por alguna suerte de magia o por un magnetismo inimaginable que no los deja alejarse demasiado. Pero la razón principal es más simple: a la gente le gusta estar con alguien así, aparentemente perfecto, porque creen que así subirán un escalón en la escalera social. Esto aplica, y es de este grupo que hablo más exactamente, para los homosexuales. Sobra decir que soy uno de ellos.

 Sin embargo, la belleza que cumple las reglas de las revistas nunca ha sido atractiva para mí. Es decir, puedo apreciar a una persona que tenga todo lo que se supone que debe ser un hombre según los medios, pero no necesariamente quisiera tener relaciones sexuales o una relación romántica con esa persona. Sé que suena a cliché pero lo que hay dentro también cuenta, y no me refiero a los sentimientos sino a la inteligencia. Los primeros son relativos y lentos, pero lo segundo está ahí o no está. Es simple.

 Y no, no estoy diciendo que todas las personas con gran belleza tengan poca inteligencia. La cosa no es tan simple como eso. Hay todo tipo de combinaciones posibles y hay que darse cuenta cual es nuestra preferida personal. Por ejemplo, a mi me gustan las personas cuya belleza no es obvia, requiere de un lente especial por así decirlo, pero que también tienen algo dentro de su cerebro para aportar a una conversación e incluso aprender de ello. Eso sí, nadie demasiado inteligente o simplemente no podré seguir ninguna de sus conversaciones.

 Lo que hay que buscar, creo yo que en cualquier ocasión, es un balance entre esas dos características principales: la inteligencia y la belleza. La primera es clave porque allí reside casi todo lo que tiene que ver con la personalidad del ser humano. Allí están sus series favoritas, sus características más particulares y su historial de vida. Lo segundo es también importante porque en esta época más que nunca somos seres visuales, y todo entra por los ojos. Los sentimientos no tienen esa capacidad, por mucho que algunos lo crean.

 Sobra decir que no creo en el amor a primera vista o en cosas de ese estilo. Creo que la mayoría de personas que lo hacen, viven en un mundo idealizado en el que las cosas son como ellos quieren que sean y no como son en realidad. Pero sé que a muchos les funciona vivir así y no soy nadie para arruinarle el estilo de vida a nadie. Si crees en algo y te funciona a ti, hazlo. El hecho de que yo, o cualquier otra persona simplemente no pueda hacer algo, no significa que tu no puedas y viceversa.

 De todas maneras, creo que he tenido tantas experiencias con el sexo que sé mucho más sobre apariencias y atracción que la mayoría de personas. Algunos creen que las cosas simplemente fluyen y que todo pasa por el azar de la vida o la voluntad de los dioses o algo así. Y puede ser que en parte sea así, pero somos humanos y casi todo lo que nos sucede lleva nuestra marca o la de alguien más como nosotros. Muchas cosas que nos pasan, lo hacen porque alguien hizo algo para que pasaran.

 Me doy cuenta de que me empiezo a enredar y por eso es necesario decir que disfruto lo que hago y no me arrepiento de nada. No me arrepiento de alejarme esa noche de la gente obviamente atractiva, gente que nunca me verá como un igual sino como un personaje menor. Y siendo mi vida mi historia, no quiero ser un personaje menor y mucho menos que me traten como uno. Quiero ser un protagonista con todo lo que eso significa, con el poder de hacer lo que yo quiera, como yo quiera, con quién yo quiera.

 Después de todo, creo que esa noche sí me hizo pensar más de la cuenta pero no por las razones que uno pensaría. No fue el estar enojado con los demás por ser un rebaño más, ni tampoco el hacer algo que preocupó, me emocionó y alegró por un buen rato.

 Creo que pienso demasiado en todo esto porque ese soy yo, porque preocuparme y pensar las cosas hace parte de mi. No me hace mejor que nadie ni peor que nadie, solo es una de muchas características ocultas detrás de las dos cosas que veo en los demás.  

miércoles, 4 de abril de 2018

Naranja


   Como en todas las situaciones, el primer día fue el peor. No solo por la pérdida de mi libertad como ser humano, sino porque con cada paso que daba, parecía reafirmarse el hecho de que no vería el mundo exterior en muchos años. A la entrada me hicieron varias preguntas, mi abogado entregó los documentos pertinentes y ahí nos despedimos. Obviamente había venido por hacerme una cortesía pero estaba claro que ya no era necesario. Había confiado en él pero todo había salido mal.

 Se fue mientras revisaban todo y cuando terminaron, me hicieron pasar a un cuarto pequeño. Me pidieron que me quitara toda la ropa y la pusiera en una bolsa como de la basura. Me sentí muy mal en ese momento pero respiré profundo e hice lo que me pedían. La vida iba a ser así por un largo tiempo para mí y la verdad era que no quería tener más problemas de los necesarios. Así que allí, frente a dos guardias de seguridad, me quité la ropa y me puse el uniforme de prisionero que me habían entregado.

 Todo lo que tenía, lo poco que tenía, se fue en esa bolsa de la basura. En mi mente, me despedí de esa ropa. No era nada especial pero era mía y eso tenía un significado enorme ahora que entraba en un lugar en el que nada sería mío. Al poco rato me asignaron una cama en una celda, que debía de compartir con otros dos reclusos. En total tendríamos que ser cuatro, pero una de las camas todavía estaba vacante y no por falta de reclusos sino de colchones. Cuando vi el lugar, quise gritar o llorar.

 Pero no hice nada de eso. Solo entré en silencio a la celda y me senté en la cama asignada. Los guardias se fueron, hablando entre sí de algo que no supe que era. En la celda no había nada pues era la hora de comer. Me la había perdido, al parecer. No importaba, mi cuerpo no parecía ser muy capaz de aguantar nada sin regresarlo al exterior casi al instante. Me recosté en la cama y cometí mi primer error en la cárcel: me quedé profundamente dormido. Creo que por la tristeza, pero la razón poco importa.

 Me desperté al sentir que oprimían mi pecho. Los que supuse que eran mis dos compañeros me tenía agarrado de los brazos y las piernas para que no me moviera, uno además cubría mi boca con sus enormes manos. No podía verlos bien porque ya estaba oscuro, seguro era la madrugada. Podía olerlos, su sudor, así como escuchar sus voces susurrar cada cierto tiempo. Fue entonces que sentí que el que me tomaba las piernas me bajó el pantalón. Traté de luchar pero el que me tenía bloqueado por arriba saco algo, una droga probablemente, y la puso bajo mi nariz. Eso es lo último que recuerdo.

 Todo eso se lo dije al tipo encargado al día siguiente, después de que uno de los guardias hubiese venido a despertarme para los ejercicios matutinos. Yo no le había respondido y ahí el tipo había dado la alarma, pues mi colchón estaba manchado de sangre. En la enfermería fue donde les conté todo lo que había pasado. No me importaban las razones por estar en ese lugar, no me importaba nada. Pedí que me cambiaran de celda, a cualquier lugar excepto de vuelta adonde estaba antes.

 Eso hicieron y creo que fue la última vez que las autoridades hicieron algo por mí. Tardé en darme cuenta que esa única gracia me fue concedida porque mi nombre seguía en los medios y para la cárcel hubiese sido un gran problema que el condenado más reciente hubiese sido violado en su primera noche en el sistema penitenciario. Querían que mi nombre y mi historia murieran pronto para poder hacer conmigo lo mismo que hacían con todos los demás: nada. Solo observar y nada más.

 En mi nueva celda sí había otras tres personas pero ninguno parecía muy interesado en los demás, algo que para mí era preferible. Esta vez me tocó en la parte superior de un camarote. Cuando subí, me di cuenta de que el colchón era el mismo en el que había sangrado la noche anterior, todavía estaba la mancha de sangre seca ahí. Estaba claro que no iba a desperdiciar un colchón nada más por un poco de sangre.  Me incomodó un poco pero al menos podía descansar en paz, sin que nadie me jodiera la vida.

 Al tercer día fue cuando empecé a ver la realidad de la vida en la cárcel, tanto las comidas en el comedor como el patio de ejercicio y los salones para talleres varios. A la mayoría de los reclusos poco o nada les interesaba estudiar o avanzar en cualquier manera dentro de esos muros. Muchos de ellos iban a estar allí para toda la vida, así que no veían el punto de aprender o de congraciarse con la justicia. Ella ya había dado su sentencia y los había arrojado a ese hoyo oscuro del que no saldrían nunca.

 En la primera semana, aprendí que todos allí éramos culpables. Sí, puede que hubiese algún inocente del crimen del que lo habían condenado, pero de todas maneras nos convertíamos en seres culpables y criminales allí dentro. Empezábamos a manejarnos en turbios negocios o en actitudes que solo personas con una moral dudosa podrían tener. La verdad es que lo noté en mí y jamás me importó. Mi sentencia no era para siempre pero era larga y no podía vivir todo ese tiempo con miedo, no podía esperar a que me pasara lo mismo que el primer día de nuevo. Algo tenía que hacer.

 Al comienzo fui a clases de carpintería, pero me aburrí bastante. Así que pasé a ser uno de los ratones del gimnasio, como decían los otros. Me dediqué a mejorar mi físico y, para mi sorpresa, hice buenos amigos allí. Sí, eran personas que habían hecho cosas horribles, y otros cosas reprobables, pero fueron mis amigos en ese lugar. Tuve un grupo con el cual consumir las tres comidas del día, con los que hablaba seguido de nuestras vidas afuera y nuestras expectativas para el futuro.

 Claro que mi violación salía siempre a relucir. Fueron rápido en hacerme saber que lo mío no había sido nada especial, era algo que pasaba con bastante frecuencia y sobre todo a personas como yo. Los tipos esos sabían desde antes cuando alguien nueva iba a llegar y, si ellos lo creían necesario, los castigaban durante su primera noche. Mis nuevos amigos dijeron que yo no era el primero y ciertamente no sería el último. Era verdad. Vi a muchos vivir lo mismo durante mi estadía allí e hice lo posible por ayudarlos.

 Algo extraño fue que uno de mis compañeros me confesó con el tiempo que yo le había gustado desde siempre, pero que en un lugar así la discriminación podía ser muy severa, a pesar de que todo tipo de hombres tenían que convivir con todo tipo de hombres. Con el tiempo tuvimos algo que se podía llamar una relación. Estaba seguro que de haber estado afuera, nunca nos hubiésemos conocido. Pero la vida es así y aprendí que no soy nadie para refutar nada ni dudar de la sabiduría del destino.

 Creo que el punto más alto de nuestra relación fue cuando supe que había habido un altercado en las duchas y alguien había terminado muerto. Nos metieron en un nuestras jaulas y no dijeron nada por horas hasta que al otro día algunos sacaron conclusiones: habían sacado a un muerto del lugar y ese había sido uno de mis violadores. El otro estaba en la enfermería, muy malherido. Del atacante no se sabía nada, pues el agua había limpiado el arma homicida. Pero yo no necesite evidencia para saber.

 En el patio hablamos todos de lo sucedido y me di cuenta de que mi seguidor número uno tenía moretones en la zona abdominal y un corte pequeño en la cara. Él era un tipo grande, que había ido al gimnasio mucho antes de entrar en la cárcel. Él me miró en ese momento, directo a los ojos.

 Supe que mi conclusión era cierta y entonces me le acerqué y le sonreí. No sé porqué lo hice, no sé si lo quise de verdad o que fue lo que me pasó. Tal vez era solo agradecimiento. Pero debo confesar que sin su amistad, su extraña versión del amor, yo nunca hubiese podido sobrevivir ese infierno.

viernes, 30 de marzo de 2018

Santa semana


   Nunca hacemos nada en vacaciones. La respuesta simple es que no tenemos dinero para gastar aquí y allá. Escasamente compramos ropa, obviamente no vamos a tener muchos ahorros para viajar, así sea una distancia corta. De todas maneras, no tenemos coche y eso ayudaría bastante para un viaje de fin de semana o de al menos un día. Pero tampoco tenemos el dinero para estar yendo a una gasolinera una vez por semana. Somos una pareja que gana poco por cada lado y lo que juntamos apenas alcanza.

 Por fortuna, estamos juntos. En un país frío de clima y corazón como este, es bueno que al menos podamos sentarnos juntos en un parque y tomarnos de la mano sin que nadie se atreva a decir nada. Claro que lo piensan y nos lanzan miradas que dicen mucho más de lo que sus bocas jamás podrían decir, pero creo que la mayoría de las veces ignoramos todo eso. Lo llamamos ruido de fondo, así no sea en realidad ruido. Son solo partículas que habitan el mundo con nosotros o eso tratamos de pensar.

 En una semana como esta, en la que media ciudad sale de ella para ir a inundar otros lugares con gritos y alcohol, nosotros nos quedamos aquí y disfrutamos de los pocos ahorros que tenemos. Hace unos días fuimos al supermercado y compramos pescado para comer al menos tres días. Esto puede no sonar muy especial, pero la cosa es que nunca comemos nada que provenga del mar. Y no es por convicciones ambientales ni nada de eso sino porque no lo podemos pagar. Los precios a veces son exorbitantes.

 Pero esta es la semana perfecta para comprar frutos del mar y aprovechamos tanto como podemos. Martín, mi esposo, trabaja como ayudante de cocina en un restaurante peruano, así que ha hecho bastante cosas con comida de mar. Siempre le pone mucha atención al chef para imitar sus técnicas en casa. Claro que no siempre puede comprar los ingredientes que sí tienen en el restaurante, como azafrán o ají rocoto, pero los reemplaza por otros no tan caros y por eso sé que esta semana tendrá comida perfecta.

 Es gracioso, pero yo conocí a Martín un día que fui al restaurante. No, no iba a comer. En ese entonces era apenas un mensajero en una compañía de renombre que me pagaba cualquier porquería por hacer vueltas por toda la ciudad. Iba y venía en buses y taxis, gastando la plata que no tenía para conservar un trabajo que quería mandar a la mierda. Pero no lo hacía porque sabía que necesitaba al menos ese miserable pago para ayudar en casa y para poder comprar un par de pantalones en diciembre. Yendo a entregar un sobre urgente para un pez gordo, fue como llegué a ese restaurante.

 Me sentí como pez fuera del agua y creo que el tipo que estaba en la entrada lo notó enseguida porque me hizo seguir por la puerta trasera, que en ese momento estaba casi bloqueada por cajas y cajas de pescado congelado que estaban metiendo lentamente en un refrigerador del tamaño de mi casa. Fue allí cuando vi sus ojos claros, de un color miel muy hermoso, por primera vez. Me sonrió y creo que en ese momento perdí el sentido de donde estaba y porqué estaba allí. Alguien me codeó sin querer y volví en mí.

 Entre en el restaurante y le pedí al jefe de meseros que entregara el sobre, que era de vida o muerto o al menos eso me habían dicho. Pero el tipo no me hacía caso. Fue Martín el que tomó el sobre de mis manos, se quitó el delantal y el sombrero, y fue directo a la mesa correcta y entregó el sobre en segundos. Cuando volvió a la cocina, el jefe de meseros amenazó con echarlo por su insolencia pero esta vez fui yo el que hice algo: le dije para que empresa trabajaba y quién era el tipo de la mesa.

 El jefe de meseros no dijo una palabra más, solo desapareció y nos dejó casi solos. Otra vez Martín me sonrió y esta vez yo hice lo mismo. Hablamos un par de segundos, no recuerdo de qué. Supongo que fui mucho más atrevido de lo normal porque esa noche llamé al restaurante y pregunté por él. Sabía su nombre porque lo tenía cosido en el delantal. No pudimos hablar mucho pero me dio su número de celular y allí fue que todo esto empezó. Dos años después, vivimos juntos, pobres pero felices.

 De estos días en los que no hay trabajo me encanta despertar todos los días tarde y acostado junto a él. A veces yo me despierto sobre su pecho, otras veces es al revés. Algunas veces estoy yo abrazándolo por detrás y otras veces cambiamos de posición. Obviamente también pasa que amanecemos separados, porque nuestra vida no es una película cursi en la que nos necesitemos cada segundo. Pero tengo que decir que todo es más fácil cuando él está cerca, hace mi vida un poco más soportable.

 Algo que jamás nos ha gustado es que nuestras familias nos inviten a algún tipo de comida o evento familiar por estas fechas. No somos precisamente religiosos pero a ellos eso poco les importa. Ambas familias son de esas en las que la cantidad es algo primordial. Para ellos, entre más personas estén en su casa y más comida puedan proporcionar, querrá decir que han tenido éxito como anfitriones y como familia. Por eso jamás podemos decir que no. Un día toca con unos y el otro día con otros y siempre hay cosas buenas y siempre hay cosas malas, como con todas las familias.

 Con la mía, el principal problema es el rechazo. No lo hacen ya pero ha quedado el rastro de esa actitud y es algo difícil de borrar. Por mucho tiempo quisieron negar que yo era homosexual, e incluso cuando tuve el valor de presentarles a mi primer novio, ellos lo negaron por completo y me prohibieron traer a nadie más a la casa. Tampoco tenía permitido hablar del tema y todo se cerró bajo un velo de censura que permaneció por mucho tiempo, casi hasta que decidí salir de allí para vivir con Martín.

 Fue mucho después que nos invitaron, para una cena similar a la de esta semana santa. Y la verdad fue que todos se comportaron bastante bien. Lo único que molestaba eran los comentarios “sueltos” que a veces hacían, como chistes malos sobre dos hombres viviendo juntos o el hecho de que aunque me querían a mi, seguían rechazando a los demás como yo. Ese tono se acentuaba con personas de mayor edad y creo que por eso evitamos casi siempre quedarnos demasiado. No queremos darles cuerda.

 Con su familia, el problema es diferente. Su madre dice, y lo repite varias veces si uno le pone atención, que desde que era pequeñito supo que Martín era homosexual. Y como su padre, ella lo aceptó desde el comienzo. Debo decir que sentí envidia cuando me contaban del primer novio de Martín, que era casi como un hijo para ellos. En los viejos álbumes de fotos había varias tomas de él y, debo decir, que era un chico bastante guapo. Me hacía dudar un poco de mí y por eso siempre tenía excusas para no volver a ver las dichosas fotos.

 El caso es que la madre de Martín siempre que vamos insiste en que formemos una familia. Nos cuenta como ha averiguado por internet acerca de las adopciones y de las formas en las que se le puede hablar de los niños acerca de tener dos papás. Desde que la conozco ha sido su tema de conversación principal. De pronto es porque Martín es el mayor y quiere tener nietos pronto, pero la verdad es que puede llegar a cansar ese tipo de presión. Pero tengo que aceptar que prefiero eso a mi familia.

 Supongo que así somos todos en estas épocas y en la vida en general. Como dicen por ahí, el pasto siempre se ve más verde del otro lado de la cerca y por eso no me niego nunca a ir casa de su familia, si él quiere, pero ir a mi casa de infancia siempre es un viaje a muchos niveles.

 El caso es que mi momento favorito nunca es fuera de casa, sino adentro de nuestro pequeño apartamento, en nuestra cama al lado de la ventana en la que nos acostamos juntos y nos besamos y nos abrazamos sin tener que decir nada. Esos son los mejores momentos para mí, en esta o en cualquier semana.