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lunes, 6 de junio de 2016

Para el alma y el cuerpo

   La pelea del día anterior nos había dejado cansados y resentidos. Cada uno había dormido de su lado de la cama y, al despertarnos, habíamos hecho lo propio cada uno por su lado. No nos metimos a la ducha juntos, ni bromeamos estando desnudos ni comentamos la ropa que nos íbamos a poner ese día. Estuvimos en silencio total hasta que subimos a la terraza, donde se servía el desayuno.

 En el hotel había poca gente. En parte era porque no era un hotel muy grande que digamos pero también porque la temporada no daba para tener muchos visitantes. Sin embargo, el sol bañaba el lugar con gracias y los pocos comensales tenían una sonrisa muy particular en sus caras.

Él se fue hacia la barra y yo preferí buscar una mesa. Elegí una cerca del borde, desde donde pudiera ver la calle. Me gustaba poder ver como se desarrollaba la vida en los sitios que visitaba y Japón era el lugar ideal para hacerlo. La gente iba de aquí allá, algunos hombres de oficina pero también amas de casa que iban temprano al mercado y escolares que corrían para no llegar tarde a clase. Era como en todos lados pero con un estilo marcado, muy particular.

 Apenas él volvió, fue mi turno de ir a la barra. El desayuno era siempre el mismo pero se podía variar eligiendo cosas diferentes. Ese día, nuestro cuarto en la ciudad, me serví algunas rodajas de tomate y de pepino así como sandía y piña. La fruta venía en cuadritos perfectamente cortados. Al lado puse algo de pan para completar, con un par de tarritos de lo que parecía mermelada de uva.

 Comimos en silencio, no nos dijimos nada, ni siquiera comentamos el clima que hacía. Él sacó de algún lado, creo que del bolsillo de la camisa, unas gafas oscuras. Al ponérselas, me sentí todavía más alejado de él, era como si hubiera una barrera más entre nosotros que no se podía tumbar fácilmente. Comí rápidamente, queriendo terminar de una vez por todas por la incomodad del momento. Pensé que ojalá el resto de los días que nos quedaban de vacaciones no fuesen iguales porque o sino simplemente no los soportaría.

 Apenas terminamos de comer, volvimos a la habitación a recoger nuestras cosas: yo usaba una mochila donde metíamos casi todo lo que pudiésemos necesitar (una toalla, la cámara fotográfica semiprofesional, algo de comer, la sombrilla,…) y él llevaba un pequeño bolsito ya que se encargaba del dinero y de los documentos. Habíamos quedado en eso porque él era más cuidadoso con esa clase de cosas y sabía convertir más rápidamente los yenes en nuestra moneda. Yo siempre había sido malo en matemáticas y hacerlo con el celular se demoraba más.

 Apenas salimos, el sol nos dio de lleno en la cara de nuevo. El día era perfecto y, en parte, agradecí no tener que ir de la mano de él todo el día puesto que no quería tener las manos sudadas. Me sentí mal al pensarlo pero era la verdad. Caminamos solo un par de calles y ya estaban en el centro de todo, en el núcleo comercial de la ciudad. El movimiento de gente mareaba un poco. De la nada, me tomó de la cintura para dirigirme hacia la entrada de la estación de metro. Casi quedé de piedra cuando lo hizo pero pude fingir que no había tenido reacción alguna.

 Su tacto siempre había sido muy efectivo en mi. Era algo que había sucedido desde el comienzo de la relación. Mientras él compraba los billetes, lo miré de arriba abajo y me di cuenta que solo habíamos tenido una pelea y nada más. Seguramente el disgusto se extendería unas horas más pero inevitablemente nos hablaríamos y todo volvería a la normalidad. Ya en el andén, creo que sonreí tontamente anticipando nuestra reconciliación.

 Media hora después, salíamos a la calle en una zona algo más residencial. El templo que queríamos visitar quedaba en el parque que había justo delante. Saqué la cámara y empecé a disparar, encantado con todo lo que veía. El sol ayudaba a que la escena fuese todavía más hermosa: gente riendo por todas partes, vendedores callejeros de objetos varios y los edificios tradicionales que combinaban asombrosamente con la naturaleza circundante.

 Ya dentro del complejo religioso, la gente estaba más en silencio, tratando de marcar el respeto que sentían al estar en semejante lugar. Asombrado por las estatuas y todo el arte que había por todos lados, empecé a tomar muchas más fotos y en un momento olvidé todo y me giré hacia él diciéndole algo sobre una de las estatuas de lo que parecía un mono. Pero él ya no estaba a mi lado, sino que se había ido caminando solo hacia el templo principal. Concluí que la reconciliación estaba más lejos de lo que pensaba.

 Lo seguí, no de muy cerca, y noté como el silencio empezaba a ser más y más dominante hasta que, en el interior del templo, casi no había sonidos provenientes de la gente. Solo alguna tos y la voz de algún niño se oía por ahí. De resto era todo silencio. La gente quemaba algo de incienso y rezaba en voz baja o sin decir nada. Cuando me giré para buscarlo con la vista, lo vi orando frente a la estatua principal.

 No dije nada cuando me pasó por el lado para salir. Me di cuenta que hubiese sido una fotografía perfecta pero no en el momento el impacto había sido tal que no había reaccionado con la suficiente rapidez. Nunca hubiese imaginado que él tuviese un lado religioso.

 Estuvimos varias horas caminando por el templo, los demás edificios y los jardines circundantes. La parte más difícil fue esa última, pues había muchas parejas de la mano y algunos incluso se daban besos bajo los cerezos. Había una laguna cercana donde se podían ver cantidad de carpas enormes. Él se quedó allí, mirándolas, por un buen rato. En ese momento sí recordé la cámara y le tomé un par de fotos. Unos quince minutos después ya salíamos de los terrenos del pueblo y volvíamos a la estación de metro.

 En el recorrido de vuelta al centro, el tren estaba mucho más lleno que antes. Tanto que tuvimos que hacernos contra una de las puertas, muy cerca el uno del otro. Por supuesto, a ninguno de los dos nos importaba. Pero en ese momento se sentía todo muy extraño, como si no nos conociéramos. De pronto, sin previo aviso, mi estomago rugió como un león hambriento. Estuve seguro que todo el vagón había escuchado el sonido, por lo que me giré hacia la ventana y quise estar ya en nuestro destino.

 Apenas la puerta se abrió, salí a paso apresurado y en segundos estuve en la calle. Él venía muy cerca, justo detrás. Yo me toqué el estomago y sentí, de nuevo, como rugía. Ya habían pasado muchas horas desde el desayuno y tenía todo el sentido que tuviese hambre. Pero tenía mucha hambre y no podía dejar de pensar ahora en comida. Además estaba avergonzado por el sonido y porque me sentía tonto en un sitio extraño.

 De la nada, sentí su mano suave y caliente sobre la mía. Me apretó suavemente y me dejé llevar. Algunas personas nos miraban pero él seguía, con sus gafas oscuras, caminando como si no pasara nada. Eso sí, miraba a un lado y al otro, como un halcón buscando presa. Yo iba con una sonrisa un poco tonta y también tratando, pero fracasando, en aparentar que no pasaba nada.

 Él me jaló ligeramente hacia una galería comercial y a pocos pasos de la entrada encontramos el lugar al que él me había traído: un restaurante de sushi giratorio. Nos sentamos en la barra, frente a la banda que daba vueltas por todo el restaurante, y empezamos a comer. Ninguno de los dos hablaba, solo elegíamos diferentes paltos e íbamos comiendo.

 Fue al tercero o cuarto, que él comentó algo del sabor. Yo hice lo mismo. Para el siguiente, lo elegimos juntos, juzgando la apariencia. Para el sexto, estábamos riendo, bromeando sobre cosas que habíamos visto en el tempo o el sonido de mi estomago. No pude resistir darle un beso rápido que nadie vio. En el mismo momento el chef anunció que empezaba la hora de descuentos. Él, que sabía japonés, me dijo lo que pasaba y entonces empezamos a comer más comida deliciosa, que nos unió como nunca.


 Había sopa también y arroz blanco con anguila y con cortes de pescados varios. Había pinchos de calamar y bolas de masa con pulpo. Todo lo acompañamos con cerveza y para cuando salimos éramos la pareja más feliz en todo Kioto. No tengo duda alguna al respecto. Por eso cuando ahora miramos las fotos de ese viaje, es inevitable que pasen dos cosas: que nos demos un beso y que pidamos un domicilio sustancioso a nuestro restaurante japonés favorito.rapidamente tumbar fácilmente. ra mcamisa, unas gafas oscuras. Al ponerselas, hacn un par de aba la vida en los sitios que visií ye

miércoles, 27 de abril de 2016

Excavación

   El calor era insoportable. Tanto, que todos en el grupo habían acordado que no dirían nada si alguien se quitaba la camiseta o venía a trabajar el calzoncillos. El primero en tomarlo como regla fue el profesor López, un hombre de más de setenta años que trabajaba hacía mucho tiempo con el museo y que era uno de los hombres más cultivados en el tema de las momias. Podía reconocer, con solo ver una momia, la cultura de la que venía y su estatus en ella. Era un hombre muy estudioso pero a la vez excéntrico, por lo que a nadie le extrañó que fuera el primero en venir casi desnudo.

 La doctora Allen, una de las únicas mujeres en la excavación, había sido la que había cambiado las reglas. También había exigido excavar un par más de pozos de agua, pues con lo que tenían no iba a ser suficiente para sobrevivir las inclemencias del desierto. El Sahara no perdonaba a nadie y ellos habían venido con una misión muy clara: encontrar la tumba del máximo jefe de una civilización  que todo el mundo creía inventada hasta que se descubrieron referencias a él en otro sitio, no muy lejano.

 Muchos de los arqueólogos habían estado en ese lugar y el calor allí no era tan infernal como en el llamado Sector K, que era donde se suponía que iban a encontrar el templo perdido que buscaban, El museo había gastado muchos millones para enviarlos a todos al Sahara y para hacer de la expedición el siguiente gran descubrimiento de la humanidad. Incluso había un equipo de televisión con ellos que grababa el que sería el documental del descubrimiento.

Pero después de un mes excavando, los camarógrafos y el entrevistador se la pasaban echados bajo alguna tienda, abanicándose y tan desnudos como el profesor López, que era una de las pocas personas que ignoraba las cámara casi por completo. A la mayoría no le gustaba mucho la idea de ser grabados o al menos eso era lo que decían. Sin embargo, cada vez que los veían venir a grabar algo para no pensar en el calor, todos los arqueólogos se limpiaban un poco la cara y trataban de verse lo mejor posible, cosa muy difícil con el calor y la falta de duchas.

 No era un trabajo glamoroso. Uno de los jóvenes del equipo, un chico de apellido Smith, no había logrado todavía acostumbrarse al ritmo de trabajo ni a las condiciones. Era su segundo viaje con el museo y el primero había sido en extremo diferente. En esa ocasión lo habían enviado a Grecia con todos los gastos pagos, a un hotel hermoso cerca de la playa, con desayuno, almuerzo y cena y una ducha. El sitio de la excavación era cerca y podía ir en un coche rentado por el mismo museo. Era lo mejor de lo mejor y tontamente había creído que siempre sería así, cosa que pronto se dio cuenta que no era así.

 Sin embargo, todos trabajaban duro y hacían lo mejor posible para poder avanzar en la excavación. Después de un par de meses, habían removido tal cantidad de tierra que el desierto había cambiando de forma. Habían instalado además varias barreras plásticas para que el viento no destruyera sus avances y la mayoría creía que estaban muy cerca de hacer el gran descubrimiento por el que habían venido. En las noches lo hablaban al calor de una hoguera, en el único momento en el que todos de verdad se unían y hablaban, compartiendo historias de sus vidas, casi siempre de otras experiencias con la arqueología.

 El profesor López siempre tenía una anécdota graciosa que contar, como la vez que había descubierto un equipo de sonido en una tumba inca o la vez que había estornudado subiendo el Everest. Contaba las historias con una voz más bien monótona y casi sin pausas ni emociones. Pero todo el mundo se reía igual, jóvenes y viejos, principiantes y arqueólogos curtidos. Era un trabajo que unía a la gente pues todos buscaban lo mismo y no era nada para ellos mismos sino para la humanidad en general: sabiduría.

 El día que encontraron un brazalete hecho de piedra, casi no pueden de la alegría. Era el primer indicio, en todo su tiempo en el sitio, de que sí había existido la cultura que estaban buscando. El reino perdido del Sahara existía y no era un ilusión ni un cuento de algún loco por ahí. Con el brazalete, se comprobaba que todo lo investigado era cierto. La doctora Allen informó al museo de inmediato y solo ese pequeño objetó fue suficiente para recibir más dinero. Se sorprendió al ver llegar más maquinaria, grande y pequeña, y también mejor comida.

 La noche del descubrimiento, hicieron una pequeña fiesta en la que celebraron con algunos botellas de whisky que uno de los arqueólogos había logrado traer. Se suponía que el alcohol estaba prohibido en el trabajo, pero solo querían celebrar y lo hizo cada uno con un trago y nada más, aunque hubo algunos que tomaron un poco más en secreto y tuvieron que fingir que no les dolía la cabeza al otro día, con el sol abrasador golpeando sus ojos y sus cabezas con fuera.

 Pronto no solo hubo brazaletes sino también las típicas ánforas que, en el desierto, eran de barro oscuro y sin ningún tipo de dibujos. Lo único particular era que estaban marcadas con lo que parecían números o tal vez letras. Los expertos determinaron que no eran jeroglíficos así que ya había otra cosa interesante por averiguar. Después siguió el descubrimiento de un par de anillos de oro con amatistas y, un día casi en la noche, se descubrió una formación de roca que parecía ser mucho más grande de lo normal, parte de algo mucho mayor.

 Los camarógrafos y el reportero tuvieron que despertarse de su letargo casi completo y empezaron a entrevistar al responsable de cada descubrimiento y hacer planos detalle de cada uno de los objetos recuperados. Lo hicieron, imitando a López, sin nada de ropa. El descubridor de uno de los anillos, una mujer joven y muy pecosa, casi no pudo para de reír frente a la cámara a causa de la vestimenta de los hombres detrás de ella. Tuvieron que repetir la toma varias veces hasta que la chica pudo controlar sus impulsos y presentó el anillo sin reír.

 Grabaron también el momento cuando, con una máquina enorme que parecía de esos buscadores de metal pero más grande, se descubrió que la estructura de la que hacía parte la gran piedra descubierta era simplemente enorme. Usaron varios aparatos con sonares y demás tecnología de punta y descubrieron que lo que tenían bajo sus pies era el edificio más grande jamás construido en el desierto.

 El museo envió casi al instante equipos de luces que ayudarían a las excavaciones de noche y también autorizaron el envío de quince arqueólogos más, entre ellos el profesor Troos, que conocía muy bien a López y siempre había concursado con él en todo desde que era jóvenes en la universidad. Por supuesto, era una rivalidad sana y sin animo de destrucción ni nada parecido. Pero era divertido verlos pelear. Eran como niños pequeños que no se podían de acuerdo en nada. Sin embargo, ayudaron bastante en ir descubriendo más cosas a medida que la maquinaria más avanzada removía la arena del sitio.

 Por ejemplo, descubrieron que la civilización que había vivido allí, probablemente se comunicaba con el resto del mundo a través de caravanas comerciales bastante bien cuidadas pero al mismo tiempo era un reino aislado por su complicada situación en una región tan extrema y que muchos consideraban peligrosa. Eso lo sabían bien los arqueólogos, que a cada rato encontraban escorpiones rondando el sitio, a veces tan grandes que a cualquiera le daban miedo. Aunque al principio solo los alejaban, después los empezaron a meter en cajas para los zoológicos e incluso los mataban porque eran una plaga.

 El día que descubrieron la puerta principal del enorme edificio, varios meses después de iniciadas las excavaciones, todos estaban tan extasiados que no tenían palabras para decir nada. López limpio la puerta metálica con cuidado e hizo el primer descubrimiento: la cultura del desierto tenía un alfabeto completamente distinto. Tuvo que estudiar las formas y dibujos por mucho tiempo para lograr entender que había escrito en cada lugar, en cada objetos y los muros interiores que serían revelados más tarde.


 Y como en toda excavación, surgió el rumor de una maldición. Su primera victima fue uno de los camarógrafos, atacado por varios escorpiones cuando iba a orinar de noche. Pero después siguieron otros y pronto muchos creyeron en la maldición y otros dijeron que simplemente el desierto era así, hostil. Pero que a la vez tenía innumerables tesoros esperando ser descubiertos.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Tradiciones de los Ayak

   La planicie de Folgron era un lugar enorme, ubicado entre dos cadenas montañas, un río embravecido por la naturaleza y unos acantilados que ningún ser humano o aparato podría nunca salvar. Jako y Tin eran dos jóvenes, ya casi hombres, que habían sido enviados aquí como parte de su entrenamiento para poder ser caballeros propiamente dichos. Era la tradición de su pueblo y ellos no hubiesen podido negarse. La sacerdotisa les indicó el camino y les recordó que cada uno debía tener una revelación espiritual allí. Esa visión dictaría su futuro y la reconocerían apenas la vieran. Para ellos, era algo increíble, más del mundo de la fantasía que el de ellos pero nunca argumentaron nada y aceptaron su misión con gallardía.

 Lo cierto era que los dos lo habían hecho así para impresionar a sus respectivas parejas. Verán, la tribu de los Ayak era muy tradicional y dictaba que cada uno de sus miembros tenía que tener una pareja única desde la edad de quince años. Eso sí, dictaban con claridad que esta unión no siempre era de por vida y que no estaba basada en la reproducción o la fuerza sino en el compañerismo y en la vida en comunidad. Como eran tan hábiles, cada nueva pareja construía su propio recinto de vida y lo compartían por el tiempo que consideraran que la unión era útil para ambos. Cuando dejaba de ser así, el miembro que quería separarse lo anunciaba, lo discutían y si no llegaban a un acuerdo destruían la casa juntos y buscaban nuevas parejas.

 A los extranjeros, que la verdad no eran muchos, siempre les había parecido extraña esa costumbre pero la verdad era que funcionaba. En toda la tribu Ayak no existía alguien que pasara hambre ni nadie más rico o más pobre que otro. Todos vivían en igualdad y armonía y sin odios que los envenenaran contra otros miembros de su tribu o incluso de otras tribus. Con los extranjeros eran sumamente amables aunque les dejaban en claro que ninguno podía quedarse con ellos más de tres días pues no estaba permitido. Además, si se enamoraban de un o una Ayak, debían quedarse por siempre en la tribu y adoptar sus costumbres sin contemplación, Eso solo había pasado una vez, hacía mucho.

 Jako y Tin exploraron juntos la planicie. Era un lugar de poca vegetación, Más que todo arbustos creciendo un poco por todas partes y algunos árboles apenas más altos que los dos chicos. Sin embargo, la planicie era enorme y Folgron era un sitio conocido no solo por su significancia religiosa para los Ayak sino también por la llamada “fruta de fuego”, un fruto de color rojo y sabor muy fuerte que crecía en unos arbustos cuyas hojas eran casi negras. Los dos chicos se sentaron a comer algo de fruta mientras decidían que hacer. Fue entonces cuando notaron que había muchas cosas extrañas que ocurrían en Folgron, que seguramente no ocurrían en ningún otro sitio de su mundo.

 Lo primero era que el viento a veces parecía soplar lentamente. Es decir, parecía que todo lo que ocurría alrededor se detenía y todo parecía moverse en la lentitud más extraña. En el centro de Folgron había un lago y el agua tenía muchas veces, el mismo comportamiento que el viento. Si por alguna razón el agua se agitaba demasiado, entonces parecía quedarse congelada en el aire y caía con una parsimonia francamente increíble. Otro detalle que hacía peculiar al lugar era que no habían ningún tipo de animal. No habían insectos, ni mamíferos pequeños, ni aves, ni peces ni nada. Esto no era lo mejor para Jako y Tin pues eran cazadores entrenados pero la noche ya iba a llegar y ello no habían tenido la visión prometida.

 Sin nada que cenar, los dos jóvenes hicieron una cama con algunas de las grandes hojas de los árboles más altos que crecían en el lugar, de apenas metro y medio de altura. Las hojas, sin embargo, eran enormes y parecían tener una cualidad que las hacía sentirse tibias, como si bombearan sangre o algo por el estilo. Esperando a quedarse dormidos. Jako y Tin hablaron entre sí de sus sueños para el futuro, aquel que pasaría después de ser ordenados como caballeros de los Ayak. Habían estudiado con los ancianos por mucho tiempo, conociendo cada detalle del lugar donde vivían y de las costumbres más ancestrales de la tribu. Pero ahora todo se resumía a ellos y tenían algo de miedo por lo que se venía.

 Jako era el tipo más fuerte de los dos, tanto físicamente como en cuanto a sus sentimientos, que eran siempre difíciles de descifrar pues Jako no era de esas personas que desnudan sus sentimientos antes cualquiera. Toda la vida había querido ser guerrero y su padre, que era herrero en el pueblo, le habían enseñado a blandir una espada y a usar un escudo de manera apropiada. Los Ayak no eran seres violentos y la guerra ciertamente no era ni su prioridad ni su actividad más frecuentada. De hecho en su historia, los Ayak solo habían tenido batallas cortas con otras tribus por territorio y nada más. Pero Jako quería honrar a su tribu y a su familia siendo caballero, defendiendo para siempre el honor de su gente.

 Tin, por otra parte, siempre había sido más fácil de descifrar. Sus padres lo amaban porque era de los niños más cariñosos que nadie hubiese visto. Y ese cariño y amabilidad crecieron a la par de su cuerpo y pronto los usó para hacer el bien un poco por todas partes. Ayudaba a la gente con sus cosechas, reparando daños de tormentas, cazando  para los que no tenían suficiente comida para el invierno y así. Decidió que ser caballero era la mejor opción que tenía para seguir ayudando a los demás. Aunque sus padres querían que fuese curandero, lo apoyaron en su decisión. Algo temeroso del proceso, Tin se lanzó a la aventura y allí conoció a Jako, con quien poco había hablado antes del entrenamiento.

 Al día siguiente decidieron que lo más inteligente era separarse y que cada uno buscara su visión por su parte. Esto podría resultar más efectivo pues los dioses rara vez se le presentaban a más de una persona al mismo tiempo. Se prometieron esperar al otro en la base de la montaña cuando ya hubiesen visto lo que habían venido a buscar. Jako decidió dirigirse al acantilado, mientras que Tin empezó a rodear el lago. El lugar era hermoso pero muy particular por su falta de ruido, de vida. Jako estaba impaciente y Tin se lo tomaba con calma, pues la sacerdotisa les había aclarado que el proceso podía tomar diferente tiempo para cada uno de ellos así que no debían desesperar si no ocurría rápidamente.

 Tin caminó por el borde del agua observando el liquido, que parecía casi un espejo gigante pues no había nada que lo moviera de ninguna manera. En un momento se quedó mirando su reflejo en el agua y entonces vio un reflejo en ella de algo que no estaba en el mundo real. Era una mujer pero volaba y reía con fuerza. Miraba hacia arriba y no había nada pero en el reflejo del agua se le veía flotar plácidamente. Entonces, de golpe, el cuerpo de la mujer rompió la tensión del agua y le tomó una pierna, lo que hizo caer a Tin hacia atrás. La mujer lo miró sonriente y le dijo que su vida y su amor eran para todos pero que su lealtad e incondicionalidad solo podían estar con una persona. Tan pronto dijo esto, rió y se sumergió en el agua.

 Por su parte, Jako no había visto nada ni oído nada y el atardecer se acercaba con rapidez. Él quería irse de allí de una vez y simplemente ser un caballero, no entendía porqué todo tenía que ser tan complicado. Estando al borde del acantilado, empezó a lanzar piedritas al vacío, pensando en que su vida debía ser mejor después de esto, al menos de alguna manera. Entonces una de las piedra lanzadas se le devolvió, pegándole en la frente. Sangró y cuando se dio la vuelta la figura de un hombre en sombras lo miraba de pie, unos metros más allá. El hombre lo señaló y le dijo que su arrogancia sería su perdición a menos que encontrara quien lo ayudara, pues solo el amor y no la lealtad lo iba a salvar de lo que sería capaz de hacer. Entonces desapareció, dejando una estela de luz.

 Jako la siguió, una línea de puntos de luz, mientras pensaba en lo que había escuchado. No tenía mucho sentido y solo quería recordarlas las palabras para repetírselas a la sacerdotisa una vez llegara a casa. De pronto, vio a alguien frente a él y se asustó pero la persona estiró su brazo y lo tomó por el de él, para quitarlo de la línea de luz, que desapareció cuando el se movió. La mano que lo había tomado era la de Tin y, sin decirse nada y tomados de la mano, escalaron lentamente la montaña para llegar al otro lado. En el camino no dijeron nada pero jamás se soltaron.


 Cuando llegaron al pueblo, muy temprano en la mañana, fueron directamente al templo de la sacerdotisa y le contaron sus visiones. Ella les preguntó si tenían respuesta para ellas y entonces Jako y Tin se miraron el uno al otro y asintieron. Los Ayak no tenían matrimonio pero si “la unión bajo las estrellas”, una ceremonia solemne en la que dos personas se entregaban la una a la otra para siempre, pues habían encontrado el amor real y completo, incondicional y valiente. Los dos jóvenes vivieron juntos por siempre, pasando su sabiduría y compasión a los demás. Fueron de los seres más apreciados por los Ayak y se convirtieron en leyenda pero por muchas otras razones que no se discutirán aquí.