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viernes, 7 de octubre de 2016

Paz

   Toda la gente sonríe. Es de los más extraño que he visto. Saludan de buena manera y se nota que no lo hacen por compromiso o porque les tocará por alguna razón. Lo hacen porque de verdad parecen estar motivados a hacerlo. Suena raro decirlo y puede que los haga parecer como monstruos pero es que la mayoría de veces las cosas no son así. O al menos no era así hasta hace unos meses en los que todo dio un vuelco bastante importante y ahora parece que todo el mundo siento en lo más profundo de su ser un compromiso con la calma.

 Al salir de la tienda también me doy cuenta de ello: la calle está llena de vehículos y, en otra época, todos estarían haciendo ruido como si este sirviera para empujar a los carros de adelante y hacer que el tráfico fluya. No, eso no pasa ahora. La masa de vehículos se mueven lentamente y en pocos minutos se diluye el tráfico pesado. Nadie hizo uso de su claxon ni de gritos ni de nada por el estilo. Era como ver una película de esas de los años cincuenta en que todo el mundo trata bien al prójimo. Excepto que los cincuenta fueron hace mucho tiempo.

 Aprieto mi mano alrededor de el asa de la bolsa de la tienda. Llevo algo de pan fresco, pasta, tomates y muchos otros ingredientes porque hoy soy yo el encargado de la cena. De hecho, comí algo ligero antes de venir a la tienda porque sé que va a quedar mucho para comer en la noche. Recuerdo esos tiempos en los que me cuidaba exageradamente haciendo mucho ejercicio de mañana y de noche. Ahora lo pasé todo a la mañana o sino no me da tiempo de hacer nada. Debo decir, con orgullo, que soy un hombre de casa y ese es mi oficio.

 Cuando pienso en eso siempre me da por mirar el anillo que tengo en el dedo anular de la mano derecha, la mano que ahora sostiene los alimentos. Peo no me distraigo por mucho rato porque o sino puede que me estrelle contra alguien o que tropiece contra algo. De hecho, como si fuera psíquico, me estrello contra un hombre gordo y voy a dar directo al suelo. Algunas de las cosas se salen de la bolsa y me pongo a recogerlas. Para sorpresa mía, una manos rojas me ofrecen mis tomates. Cuando miro su cara, es el hombre contra el que me he estrellado.

 Me disculpo y creo que soy yo el que está más rojo que nadie ahora. Le recibo los tomates y me disculpo de nuevo. Pero el hombre me dice que no es nada, que es algo que suele pasar y que tenga cuidado porque puede ser peligroso. Mientras el hombre se aleja, me le quedo mirando y pienso: ¿Qué le está pasando a la gente? Se oyen todos tan distintos, como a si todos los hubieran cambiado por unos muy parecidos pero mucho más calmados. Es casi la sinopsis de una película de extraterrestres. Sonrío para mi mismo y sigo mi camino.

 La tienda a la que voy me gusta porque vende los productos más frescos. Incluso la pasta está recién hecha ahí mismo. Lo único que no hacen son las cosas que ya vienen en envases pero de todas maneras es un lugar que siempre me ha encantado. Allí también me atendieron de la mejor manera el día de hoy y eso que antes había habido ocasiones en las que incluso la cajera parecía ignorar mi presencia frente a ella. Hoy, en cambio, una joven me siguió por todos lados recomendándome productos para usar esta noche.

 La verdad no sé que pasa pero sé que no me incomoda para nada. La gente solía ser grosera y cortante, como si todo el tiempo quisiera pelear con alguien, no importa si verbal o físicamente. De hecho, no era extraño oír discusiones en la calle o incluso en el mismo edificio donde vivo. En cambio ahora no se oye nada salvo las ocasionales risas o las alegrías y tristezas de los que ven los partidos de futbol, que no han cambiado en nada. En todo caso prefiero como son las cosas ahora aunque tengo que reconocer que no me acostumbro fácil.

 Mi hogar está bastante cerca de la tienda, a unos quince minutos caminando casi en línea recta. Siempre me ha gustado ver a la gente caminar por ahí, ver que hacen y que dicen y que hay en las calles en general. Me detengo siempre en varios locales para mirar lo que venden o para descansar un rato. No, no es que esté físicamente cansado sino que tengo tanto tiempo por delante que no quiero llegar tan rápido al apartamento. Es un día muy hermoso, de esos que casi no hay en una ciudad tan lluviosa y nublad como esta.

 Al sentarme en una banca, me doy cuenta del brillo del sol, de cómo acaricia el pasto y las caras de la gente. Es un sol gentil, no brusco ni invasivo. No me quema la cara sino que la acaricia con una suave capa de calor que a veces es tan necesario. De repente, a mi lado, se sienta una niña pequeña que lleva a su perrito amarrado con una cuerda rosa. Le sonrío cuando me mira y ella hace lo mismo. El perrito incluso parece sonreír también, aunque puede que eso sea más porque está cansado de caminar bajo el sol con su cuerpo peludo.

 Pasados unos segundos, me doy cuenta que la niña también descansa de su paseo. Y además me doy cuenta de otra cosa: está sola. Miro alrededor y no hay ningún hombre o mujer que parezca estar con ella. No hay nadie buscándola. La miro de nuevo pero esta vez está mirando un celular. Parece que mira un mapa o algo parecido. Trato de no mirar pero la situación es tan extraña que es casi imposible resistirse. Sin embargo, la niña se pone de pie de un brinco y empieza a caminar hacia la dirección opuesta a la mía. Sola, con su perrito detrás.

 Yo me pongo de pie poco después, cuando me rindo y dejo de tratar de entender como una niña tan pequeña puede estar por ahí sola, como si nada. La gente de verdad se ha vuelto loca o… O no. Ahora soy yo el que está siendo irracional. Ya en otros lugares del mundo he visto niños de esa edad con sus amigos o solos por la calle. Pero es aquí que me da pánico por ellos porque el pasado es así, nos somete a su voluntad incluso cuando, al parecer, no hay razones para temerle.

 Todavía me faltan unas cuadras más, en las que veo más personas. Hay ancianos que salen a aprovechar el hermoso sol de la tarde y mujeres embarazadas que hablan alegres con personas que aman. Hay más niños y grupos de hombre de corbata que hablan de algún partido y grupos de mujeres que hablan de lo que han leído en una revista. El chisme, al parecer, no es algo que muera tan fácil como las ganas de pelea. Supongo que la controversia siempre será atractiva, en su extraña manera. A mi no me interesa mucho que digamos.

 Mi edificio es alto y tiene dos torres. Cuando entro tengo que cruzar la recepción y luego un patio que separa esa zona de la torre donde vivo yo. En el patio hay juegos y en el momento que paso hay niños y niñeras. Todos me saludan, sin excepción. Yo hago lo mejor para ocultar mi sorpresa y saludar de la manera más alegre de la que soy capaz. No es que no pueda hacerlo sino que auténticamente sigo sorprendido por el cambio. Supongo que así somos los seres humanos, siempre tenemos esa capacidad innata de sorprender.

 Me subo al ascensor y justo detrás entra una mujer mayor. Ella vive en el quinto piso y yo en el décimo. En el viaje al quinto se pone a hablarme y me sorprende saber que ella también está contenta por el cambio. O sea que alguien más se ha dado cuenta. Me alegra de verdad saberlo y lo comento con ella y nos reímos. Pero el viaje se termina más rápido de lo previsto y me despido con una sonrisa verdadera y esperando que nos veamos pronto, ya que se siente bien saber quienes son los vecinos para poder confiar en ellos y no lo contrario.

 Cuando saco las llaves de mi bolsillo, oigo voces dentro del apartamento. Se supone que no hay nadie. Apenas entro, Andrés se me lanza encima y lo alzo en mis brazos, a pesar de que tengo la bolsa en la mano. Mientras nos abrazamos y él me cuenta algo de una película que estaba viendo, una mano toma la bolsa y me la quita. A él le doy un beso en los labios, más largo  que nunca. Me pregunta porqué estoy tan sonriente. Le digo que es un día muy hermoso y que no esperaba verlos tan pronto en casa. Anuncio la preparación de la cena. Antes de poner manos a la obra, los beso una vez más a cada uno, porque lo

domingo, 8 de noviembre de 2015

La mente

   Al comienzo creyó que estaba enloqueciendo, que había imaginado cosas que después afectaban su vida de forma directa. Pero entonces parecía que no había imaginado nada y que todo era verdad. El problema era que esa verdad tampoco era completamente probable y parecía algo salido de la imaginación de alguien. Cuando empezó todo, eran cosas pequeñas que daban indicaciones, así que nunca se fijó mucho en ellas. Afectaciones ligeras a los objetos a su alrededor o incluso algunos que desaparecían del todo para volver a aparecer meses después como si nada. Como no se daba cuenta de los cambios en el momento, no había manera de que se enterara lo mucho que estaban cambiando las cosas a su alrededor y de lo mucho que seguirían cambiando.

 A veces había lagunas mentales y eso le molestaba. Era como si se la pasara bebiendo todas las noches cuando casi nunca lo hacía. Y esas veces, muy pocas, en las que salía a tomar algo, siempre recordaba todo. Las lagunas iban acompañadas de pesadillas, de despertarse tarde en la madrugada de un golpe por el miedo a que todo lo que había visto en su mente se convirtiese en realidad. Se sentaba en la cama cubierto de sudor y tratando de recuperar el aliento, como si hubiese luchado con una criatura enorme. Se masajeaba el cuerpo para relajarlo y solo después de varios minutos podía volver a recostarse y tratar de dormir. A veces lo lograba pero muchas otras simplemente se quedaba mirando al vacío toda la noche, sin dormir un solo segundo.

 Entonces, las cosas se pusieron más raras. En sus sueños o pesadillas (no importaba que fueran) empezó a ver objetos flotar, a verse a si mismo flotando sobre la ciudad y a sentir su cuerpo más allá de lo que nunca lo había sentido. Lo más curioso es que esto último fue algo que se pasó del sueño a la realidad. Un día después de ducharse, se dio cuenta que podía sentir la sangre por su cuerpo, sus neuronas muriendo y su piel regenerándose lentamente. Podía sentirlo todo y era inquietante, como si miles de pequeños organismos gobernaran su cuerpo y no fuese él el maestro del lugar. Acudió a médicos pero le aseguraron que no tenía nada malo, que debía descansar.

 Pero descansar no servía de nada cuando era precisamente durmiendo cuando tenía más sueños extraños, más sentimientos raros contra todo lo que lo rodeaba. Al dormir, y de esto también se dio cuenta rápidamente, estaba completamente consciente de que dormía y en que posición y como. Era horrible estar dormido y saberlo y casi poder controlar el sueño a voluntad. Con el tiempo lo podía controlar por completo pero eso le molestaba puesto que ya no era un sueño sino que era un escenario completamente construido por él sin la magia de los sueños normales que son improvisados, siempre sorpresivos.

 Desde que empezó todo había pasado un año completo cuando algo más concreto lo sobresaltó más allá de lo que nada más lo había hecho. Un día, cuando despertó, se dio cuenta que su cama de hecho flotaba unos centímetros por encima del suelo. Solo fueron unos segundos, pues sintió la cama caer esa pequeña altura y todo pasó antes de que estuviera totalmente despierto. Nunca supo como probarlo, como probárselo a si mismo, pero estaba seguro que la cama había flotado. De hecho, estaba seguro de que había muchas más cosas raras pasando a su alrededor pero no quería descontrolarse pues todo era muy ambiguo y no quería que la gente lo tomara por loco. Necesitaba pruebas de que, de hecho, no estaba enloqueciendo.

 Lo primero que se le ocurrió fue grabarse a si mismo durmiendo pero eso no resultó en nada. O la cámara no capturaba ningún hecho extraño o se apagaba en la mitad de la noche y no había manera de saber si algo había pasado o no. Dejó de lado sus responsabilidades y se obsesionó gravemente consigo mismo, con su situación mental y con esas supuestas cosas que pasaban a su alrededor que nadie más podía explicar. Por todo esto su vida empezó a cambiar y, la verdad, fue para lo peor. Estaba tan ocupado pensando en tonterías, que dejó a un lado las cosas que sí estaban allí y que sí necesitaban de su atención constante y de su ingenio e interés. Él ya no estaba.

 Eventualmente lo echaron del trabajo y los pocos amigos que tenía dejaron de hablarle. Su familia era escasa entonces no era de sorprender que no lo buscaran mucho. Y aparte de ellos no había nadie que se interesara por él así que por los siguientes meses se la pasó encerrado en su apartamento. No comía por días seguidos y después recordaba que tenía hambre y pedía a domicilio lo que era más loco aún pues el olor en su casa alarmaba bastante a los repartidores. Algunos incluso se negaba a ir por miedo. Otros en cambio iban porque el loco nunca pedía el cambio así que las comisiones eran muchos mejores que en otros sitios.

 Se dejó crecer el pelo y la barba y no tocaba agua ni por equivocación. Vivía solo para hacer cálculos e imaginarse las posibilidades, para plantear que podría haber pasado y que era lo que tenía en su mente. Se preguntaba si más personas vivían con eso adentro, con ese miedo de que todo cambiase lentamente y de golpe estuviesen en un mundo donde su capacidad de controlar era casi nula. Su obsesión con lo que pasaba le impedía muchas veces dormir, lo que era contraproducente pues muchas de las cosas que le pasaban ocurrían durante el sueño. Pero es que ya no podía dormir, ya no estaba tranquilo cerrando los ojos y dejándose ir, o al menos no era como antes. Ahora le daba miedo.

 Un día, en el que por fin había podido quedarse dormido, los despertaron de golpe. Por un momento pensó que era un sueño particularmente violente pero se dio cuenta pronto que todo era real. Unos cuatro hombres vestidos de blanco entraron en su casa, tumbando la puerta principal, y se dirigieron directamente hacia él. Por supuesto, él peleó. Los rasguñó con sus largas uñas y les dio patadas y puños a la vez que gritaba y les rogaba que dejaran de tocarlo, pues de nuevo sentía todo al triple y el tacto de otros lo volvía loco. Le inyectaron algo y eso lo aflojó lo suficiente para que lo sacaran. Antes de desmayarse por completo logró ver algunos vecinos que lo miraban con lástima y a los policías que habían acompañado la operación. Luego, todo se puso negro.

 Cuando despertó, ya no había razón alguna para seguir luchando. Tenía puesta la clásica camisa de fuerza y estaba tumbado en un espacio blanco con poca luz. La única luz que entraba era la de la luna y de la ciudad por una ventana pequeña. La habitación no tenía cama sino que estaba toda acolchonada, incluso alrededor de la taza del baño. Había una mesa también y nada más. Algunas lagrimas salieron de sus ojos  y se dio cuenta de que hasta allí había llegado su vida. Ya no había vuelta atrás, ya no habría manera de recuperar nada de lo que hubiese tenido en el pasado. Todo eso había muerto ahora y lo único que le quedaba era si mismo. E incluso él sabía que eso no era mucho.

 Al otro día, le quitaron la camisa y pudo deambular a sus anchas por el lugar. No tenía entonces ganas de pelear con nadie ni de gritar. Le hacían pruebas pero él las ignoraba, tratando de concentrar su atención en cosas menos importante que le hicieran pasar el tiempo para no enloquecerse de verdad. Jugaba cartas con otros pacientes, veía televisión y trataba de disfrutar la asquerosa comida del lugar. Cuando tenía su cita asignada con el psiquiatra o con el médico, procuraba nunca decir ni una palabra pues no quería que le dieran más tiempo en semejante lugar por una respuesta mal hecha. Así que por meses, no dijo una sola palabra a nadie, prefiriendo su propia tranquilidad.

 Aparte de ese aislamiento impuesto por sí mismo, los doctores no veían que hubiese algo verdaderamente mal con él. Era un hombre joven y sano que simplemente había tenido una crisis existencial, cosa que existía y que era muy común. Así que le dieron un mes más en el sitio y al cabo de ese tiempo retornaría a casa y tratarían de ayudarlo para conseguir un trabajo y alejarse del estrés que seguramente lo habían hecho caer tan bajo. Cuando estuvieron todos de acuerdo, se dirigieron a la habitación del joven para informarle la decisión. Cuando abrieron, sin embargo, solo hubo gritos de horror.


 Él estaba sentado con las piernas cruzadas, casi como un practicante muy dedicado de la meditación. Pero era seguro que ellos no podían hacer que una carta, el control remoto de la televisión y una pelota pequeña flotaran sobre sus cabezas. Era él quien lo controlaba todo. Pero entonces los dejo caer y fue entonces que la puerta se desencajó de golpe y salió volando a un lado. Él caminó con paciencia, retirando una a una las puertas y demás obstáculos, hasta que estuvo afuera. Y allí, después de inhalar el aire puro de la noche, se elevó sobre los sorprendidos loqueros, y nunca más lo volvieron a ver. Muchos dicen que eso nunca pasó y otros que él hizo que todos olvidaran. Nunca se sabrá a ciencia cierta y la verdad es que no es necesario saberlo.  nico que le quedaba era si mismo. ue hubiese tenido en el pasado. Todo eso hab La habitacinthacia o donde su capacidad de contro

jueves, 13 de agosto de 2015

Dolor

   En este momento de su vida, a Marco lo único que le hacía bien era tener cerca de su novio Pedro. Por alguna razón, su espalda era un tapete de nudos que no se arreglaban con nada, ni después de haber comprado el colchón más caro en el mercado ni las mejores almohadas de plumas de ganso francés. Su espalda e incluso sus piernas le dolían todos los días y eran como si el dolor quisiera romperle los huesos. Marco nunca había sufrido de nada ni lo habían operado por ninguna razón. Pero ahora tenía un problema serio que muchos no parecían tomar en serio. Su doctor no encontró ninguna razón para que le doliera el cuerpo y lo atribuyó al virus de la gripa o algún derivado. Le aconsejo tomar muchos líquidos y descansar lo más posible.

 Su novio lo revisó en casa. Al fin y al cabo estaba estudiando para ser médico. Su conclusión fue que no sabía que tenía pero no era gripa ni nada parecido. Tenía dolores por todo el cuerpo y eran momentáneos, como alguien apretando con un dedo. La vida de Marco se fue poniendo difícil por culpa de los dolores. En el trabajo a veces no podía concentrarse y debía interrumpir seguido lo que hacía para tomar agua o simplemente salir a respirar. Era peor aún cuando tenía reuniones o citas en otras compañías con gente que debía verlo como una opción y no como alguien enfermo o distraído. Menos mal Marco era un buen actor y podía fingir no sentir nada cuando en verdad estaba en agonía.

 Su siguiente paso fueron los llamados remedios naturales. Fue a un sauna para ayudarse con el vapor y después a unas aguas termales donde decían que el barro tenía unas propiedades bastante especiales. Su novio fue cubriéndolo de barro hasta que parecía un monstruo y no un hombre. Y aunque el dolor bajó un poco, no se solucionó del todo. Era frustrante ponerse a intentar cosas nuevas y que simplemente no funcionaran. También lo hice con diferentes tipos de masajes como el tailandés, el de piedras volcánicas y muchos otros pero nada que su salud mejoraba. Lo bueno era que tampoco se ponía peor pero que podía ser peor que un dolor penetrante a lo largo del día?

 Incluso llegó a intentar terapias sicológicas, donde anunciaban que todos los dolores eran mentales en origen y podían ser apagados o prendidos si se sabía como manejarlo. Lo gracioso del asunto es que Marco nunca supo si en efecto el tipo era un sicólogo o no pero su técnica era una payasada. Marco nunca pudo apagar ningún interruptor del dolor y el doctor le confesó que la técnica solo servía cuando los clientes creían en ella. Era tanto como decir que tocaba mentirse a si mismo para que las cosas resultaran. O sea que fingir que no le dolía nada era lo mejor para él. Solo que eso no era posible pues días después los dolores de cabeza empeoraron y no había sicólogo que lo convenciera que su cráneo no se iba a partir en dos.

 Días después, Marco tuvo que pedirle a su jefe directo que lo dejara trabajar desde casa, al menos por un par de meses. Tuvo que encontrar un médico que asegurara que no estaba bien para trabajar en una oficina con tanta gente y tanto ruido pero su jefe le dijo que su trabajo no podía hacerlo alguien desde casa pues tenía que visitar clientes y demás. Marco le propuso que eso lo hiciese su secretaria y él haría todo lo demás que era tener en orden todos los pedidos de la empresa y las ventas y demás. El tipo, era obvio, no estaba muy convencido con la idea pero al fin cuentas tuvo que aceptar pues pudo ver la desesperación de Marco. Eso sí, le dio solo tres meses para que estuviese en casa, luego debía volver a trabajar en la oficina, como cualquier otro.

 Pedro ayudó a Marco a instalar una pequeña oficina, con todos los documentos que había tenido que traerse de la compañía. El jefe lo había permitido pues confiaba en Marco y sabía que no iban a haber problemas con esos documentos. Al comienzo la idea de trabajar desde casa fue una muy buena. Incluso Pedro le ayudaba a su novio cuando se sentía mal y este seguía intentando encontrar nuevas opciones para poder sentirse mejor. Empezó a tomar té verde todos los días y sintió que su cabeza se sentía menos hinchada, menos adolorida. Esto le ayudó para su trabajo también pues empezó a ser más eficiente y a trabajar desde casa tan rápido y de manera tan eficiente como lo hacía en la sede principal.

 Sin embargo, hubo algo que ocurrió que él no se esperaba. Gracias al té verde tenía mejor lucidez y su novio había comprado aceites diversos para hacerle masajes que había aprendido en internet. Según lo que le contaba, eran técnicas chinas para aliviar los dolores del cuerpo y Marco estuvo seguro de que funcionaban. Los masajes a veces eran suaves y otras veces eran fuertes pero poco a poco fueron mejorando su salud. Hubo un día en especial, en el que se sintió perfectamente, como hacía mucho tiempo no lo hacía. Hizo el amor con su novio, salieron a comer, montaron bicicleta e incluso corrieron jugando fútbol con otros amigos. La música no le molestó ni tampoco los sonidos repetitivos.

 Los demás días persistía el dolor pero Marco sabía que iría mejorando poco a poco. Y con esa lucidez vino otra revelación: su trabajo le aburría como nunca. Fue algo de lo que se dio cuenta de un momento a otro y se sentía culpable por ello. Al fin y al cabo, su padre también se había desempeñado en lo mismo y le había ido de maravilla. Tanto así que había criado una familia con ese trabajo. Pero Marco ya no sentía interés alguno. Así que lo consultó con su novio y tras una discusión larga y difícil, decidió renunciar a su trabajo. Le agradeció a su jefe toda su ayuda y le envió los documentos que se había llevado del trabajo a su casa. Al fin y al cabo nunca más los iba a necesitar.

 Como tenían que pagar cuentas, Marco trató de conseguir un trabajo menos tedioso con los conocimientos que él tenía. Era bueno con los números pero quería ser más ágil con su cuerpo y sus manos. Buscó por todos lados en los periódicos e internet y fue así que asistió a decenas de entrevistas y envió cientos de hojas de vida, esperando que en algún lado alguien lo aceptara por quién era y no por lo que había hecho en los últimos años. Después de varios días de incertidumbre, recibió la llamada de una galería de arte para trabajar como contador. En realidad, manejaría todo lo relacionado al dinero pues, al parecer, la galería estaba teniendo un éxito que nadie había venido venir y necesitaban alguien que supiese como manejar el dinero para que rindiera mejor.

 El trabajo era simple y pagaba algo menos que el anterior, pero Marco lo disfrutaba. No solo porque era más informal, pudiendo ir y venir a su gusto, solo con ciertas fechas de reuniones para informar a los dueños de la galería, sino también porque el sitio de trabajo era abierto, bien iluminado y siempre estaban las obras de arte que parecían aliviar el dolor que todavía le quedaba en su cuerpo. El trabajo fue ayudando a que su mente estuviese más tranquila y menos apurada por el deber, por lo que sentía que tenía que hacer. Se dio cuenta que la causa probable de lo que sentía era el estrés y se sintió triste al pensar que todos sus dolores se debieran a preocupaciones externas.

 Pedro siguió dándole masajes a diario y esto no solo ayudaba a su cuerpo sino que también estableció un lazo todavía más fuerte entre los dos. No era que no fueran íntimos como cualquier pareja normal sino que habían llegado a un punto de monotonía pues habían cumplido casi un año de vivir juntos y las cosas siempre habían estado igual. Los cambios con Marco habían ayudado, irónicamente, a que se enamoraran de nuevo. Era como si antes no se hubiesen dado cuenta de las razones por las cuales se adoraban y se querían tanto. Pero el nuevo contacto físico, la comunicación, hizo de su relación una mucho más fuerte que antes. Tanto así, que Marco le pidió a Pedro que se casara con él.

 No tuvieron una fiesta fastuosa ni una ceremonia muy arreglada. Tan solo se vistieron bien un día y decidieron ir a la notaría más cercana. Fueron con sus mejores amigos que sirvieron como testigos y los papeles los firmaron bastante rápido, tomándose fotos después, con los anillos puestos y sus copias del documento. Almorzaron en un bonito restaurante con sus amigos y en la noche viajaron a un pueblito cercano, donde se quedarían algunos días. Solo habían viajado juntos cuando su relación había empezado y se daban cuenta del error que habían cometido al no hacerlo de nuevo alguna vez.


  El dolor desapareció por esos días pero Pedro no dejó de lado los masajes y fue luego Marco que empezó a hacérselos a su esposo. En cuanto al trabajo, las cosas mejoraron pues otras dos galerías habían oído de Marco y lo pidieron para sus cuentas. No era difícil llevar tres cuentas y recibir tres salarios que, juntos, servirían para comprar un apartamento que compartirían con Pedro, que estaba por terminar su carrera de medicina. Marco se dio cuenta un día, con Pedro a su lado y el sol entrando por la ventana, que el dolor que había sentido tenía mucho sentido y que, si hacía las cosas bien, jamás lo sentiría de nuevo.

sábado, 6 de junio de 2015

La camiseta

   A ponerse la camiseta! Pero, para que? Cual es el punto de que cada vez que haya un partido de fútbol, la gente se ponga la camiseta con los colores del país? Y porque todo el mundo se lo toma tan en serio, como si fueran menos patriotas quienes deciden no ponerse nada porque el futbol les parece una idiotez o porque lo ven como el elemento distractor que siempre ha sido?

 Todo nace, digo yo, en ese ser positivo que quieren que seamos. Y cuando digo quieren, me refiero a los gobiernos y a los organismos de control en general. Es más fácil tener control sobre la gente, sobre una grupo determinado, si todos hacen exactamente lo mismo. De pronto es por eso que el terrorismo jamás será vencido, no hay dos terroristas en el mundo que piensen exactamente lo mismo a pesar de que la idea de organizarse es porque comparten ideas en común que los lleva a ejecutar actos de violencia o de protesta, dependiendo del grupo del que estemos hablando.

 En los medios, se promociona este ser positivo, que en principio no tiene nada de malo. Serlo puede ser beneficioso a la hora de querer ver lo bonito de nuestro mundo, de nuestras distintas realidades, o al menos eso mismo dicen los seres positivos. Ellos declaran que no hay nada como ser optimista y empezar el día pensando que todo va a ser mejor que el día anterior. Creen que no hay mal que por bien no venga (fueron los que inventaron ese condenado dicho) y, dicen ellos, viven una vida más feliz, sin complicaciones e incluso evitando dolores físicos provenientes del estrés y la preocupación que tienen en más abundancia aquellos que son pesimistas o simplemente realistas.

 Y no hay organización que promueva más ese optimismo que las religiones. Unas más que otras pero la mayoría coincide en prometer, para sus discípulos, la felicidad eterna y real sí son positivo y creen en el Dios que haya que creer. La idea es que ese Dios, una criatura mítica con poderes extraordinarios pero nunca realmente vistos, es quien nos ha puesto aquí y es el único que puede realmente removernos de esta Tierra. Por supuesto, es él el que controla la vida y la muerte, lo que sube y lo que baja. Así que si algo bueno es por su gracia y si algo malo pasa es culpa nuestra. Esa es la idea del positivismo de la religión, que no es infalible porque el sujeto tiene que en verdad estar muy involucrado. Tiene que creerse el cuento.

 Todos los hemos visto. Los que agradecen a Dios porque cada pequeña cosa que les sucede en la vida y sonríen y caminan por la vida con optimismo en sus corazones porque saben que alguien más los está vigilando y les está ayudando. Ese ser de las mil miradas está allí con ellos y los ayudaría a atravesar un río de lava si tuvieran que hacerlo. Pero cualquier fallo, cualquier equivocación, sería simplemente porque no amaron o creyeron en Dios lo suficiente. Es su culpa porque no fueron lo suficientemente optimistas y no creyeron de verdad lo que Dios prometía, que no es nada más sino espejos y humo.

 El gobierno y las grandes empresas usan los medios para propagar su idea de lo que es ser feliz y así manipular ese optimismo de las personas, canalizándolo hacia ciertas actividades y razonamientos que son los que los benefician a ellos. Los medios de comunicación, recordemos, son todo menos independientes. Ningún periodista es realmente una voz de la razón solo porque es periodista. De hecho, el periodismo no es un arte (no importa cuanto lo reclamen los comunicadores sociales) y es solo la idea de la manipulación a través de las palabras ajenas. Y bien usado crea ese positivismo que buscamos, porque el positivismo muchas veces se trata de confiar y no dudar. De hecho, más que confiar, se trata de creer ciegamente.

 Y aquí volvemos a las camisetas de fútbol. Los han visto, seguramente. Más que todo hombres pero cada vez más mujeres que se ponen la camiseta y se pasean orgullosos por arriba y por abajo. Las usan cuando hay partido, sí, pero también cuando no lo hay. Porque la camiseta es hoy en día un sustituto de la bandera. Se entiende que no toda la gente se propietaria de una bandera pero se califica de traidor con rapidez y en silencio, a cualquiera que no tenga una de esas desagradables pruebas de patriotismo barato. Porque barato? Pues porque juegan con el denominador más manipulable, aquel ente que vive su vida entre trabajo, mirarle el culo a las mujeres, pensar en sexo y ver partidos de futbol acompañados con cerveza. No nos mintamos, son bastantes y el mensaje por eso agarró tan bien.

 No podemos generalizar. Ellos son solo una parte de la sociedad. Pero son una de las bases y cuando una base está convencida, las otras o siguen el juego o se convencen así sea a la fuerza. Por eso las mujeres también se pasean ahora con las camisetas, sometiéndose una vez más a los hombres. Los ricos y los pobres, los altos y los flacos, los homosexuales y los transexuales y cada idiota que tenga un cuerpo puede tener una camiseta y la tienen. Nada más pregunten y se darán cuenta. Y tenerla en sí no es malo pero piensen que es la misma, para todos, casi como un uniforme. Y así como un uniforme, la camiseta va amarrada a una cantidad de creencias y de obligaciones.

 La primera creencia es que la patria propia es la mejor o al menos una muy buena. Eso busca eliminar la duda sobre cualquier entidad o sobre las leyes y los ideales que sirven de base para la nación. Después, est ese ﷽﷽﷽﷽﷽bre las leyes y los ideales que sirven de base para la nacina muy buena. Eso busca eliminar la duda sobre cualquier ená ese positivismo ciego, que busca que las personas estén orgullosas de un país que en verdad no conocen y crean que todo siempre va a mejorar. Entonces porque en las encuestas siempre dicen que todo va peor? Sencillo. Porque no solo es ser positivo sino creer en que hay gente que es enemiga de ese positivismo, gente que no quiere que nada avance o que no creen que la patria sea motivo de orgullo. Se vuelven radicales y los radicales nunca están felices con nada y por eso siempre todo está mal pero confían en que deje de ser así y son felices con lo que hay.

 Contradicción? Por supuesto. Quien dijo que los seres humanos son todos la mata de la razón?  Los seres humanos, o casi todos al menos, solo echan para adelante y no es que se pongan a pensar en cada detalle de lo que los rodea. Solo estupideces como el amor valen el tiempo que ellos tienen para gastar entre tanto patriotismo exacerbado y positivismo ciego.

 Y que pasa con los demás? Pues viven y lo pasan como pueden. Hay que aclarar que nadie es víctima ni victimario, excepto quienes manipulan las cosas a su favor o directamente en contra de alguien. Los pesimistas y los realistas, que son casi el mismo grupo pero con una diferencia fundamental, no pueden ser víctima solo porque sean minoría. Tendrían que ser víctimas si hubiera un acoso visible, activo, pero la verdad es que no hay tal. Porque? Porque si la mayoría de gente está convencida en el cuento del optimismo, para que tratar de convencer a los demás? Es desgastante y no sirve de nada. De hecho, es mejor que haya quien se queje para que siempre haya oposición y nunca unión real.

La diferencia entre realista y pesimista es que el segundo siempre entra pensando lo peor y el segundo se va dando cuenta de lo peor poco a poco. Y no es que todo en el mundo sea malo pero es imposible no pensar que hay algo que no funciona del todo bien cuando se promete igualdad y esta no existe, se promete libertad pero tampoco existe en su totalidad y cuando se promete y promete pero jamás se cumple. En una persona que se moleste, que se fije un poco en el mundo, eso es un problema y es algo que no se puede permitir. Se convierten en realistas, en aquellos que ven el mundo como es y no como ellos quieren que sea. Y ese es el punto en el que los optimistas siempre pierden y es que, en su afán por ver lo bueno en todo, no ven lo malo, la otra cara que siempre es igual de válida.

 Porque lo malo no es inválido ni lo peor. Es una realidad natural que a veces tiene que haber muerte para que haya vida, a veces la destrucción es renacimiento. Pero aceptar eso, para la mayoría, sería aceptar que no hay bandos en la vida, que no hay optimistas y pesimistas, que no hay buenos y malos, que no hay poderosos y débiles. En resumen, sería para muchos la destrucción definitiva de su mundo y de cómo lo entiendo, un cambio enorme y ya sabemos lo buena que es la raza humana con el cambio. Como enfrentar algo así si todavía nos odiamos siendo todos lo mismo, carne y huesos y poco cerebro?


 Pero así es y así se quedará por un tiempo o tal vez para siempre. Los optimistas seguirán ondeando sus banderas, orgullosos de su ignorancia de la vida y los demás seguirán viviendo por ahí, pasando por la vida, tal vez equivocados o en lo cierto pero perdidos en un limbo en el que no saben a que hora entraron pero en el que ciertamente sí saben que no van a tener nunca la verdadera oportunidad de salir.