Mostrando las entradas con la etiqueta tiempo. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta tiempo. Mostrar todas las entradas

lunes, 8 de enero de 2018

De los deseos

   Mi deseo era bastante simple pero con el pasar del tiempo, y al ver que nunca se cumplía, simplemente deje de imaginar que los sueños existen y que son cosas que se vuelven realidad. Es simplemente una fijación infantil esa que tenemos con las cosas que queremos que sean pero simplemente no son. Supongo que no le hace daño a nadie desear un poco, querer y soñar y esperar. Todo es lo mismo y normalmente solo hacen daño a una sola persona: a uno mismo.

 Pero, como dije, yo ya no tengo nada de eso. Veo a quienes tienen sueños todavía y en ocasiones me da mucha envidia de sus ganas de seguir adelante tratando de conseguir eso que con tantas ganas persiguen. Se esfuerzan todos los días, hacen que toda su vida gire alrededor de eso que quieren. Y creo que tan solo eso los hace felices. Casi nunca ve uno si llegaron a la meta que querían o no pero después de un tiempo para ser que lo menos importante es lograr lo propuesto.

 Parece ser que lo importante de todo no es tanto si llegas al punto culminante sino si entiendes todo lo que pasa a tu alrededor en el camino hacia ese punto. Como seres humanos, es difícil que siempre tengamos la misma meta en la vida y como las metas son un final, es normal que cambien de sitio a cada rato. Solo la muerte puede marcar un final real y es por eso que debemos ir cambiando el objetivo último que tengamos a cada rato para así poder seguir disfrutando del camino por el que vayamos.

 No es fácil, o al menos yo no lo creo que sea. Hay muchas personas que viven fascinadas con todo lo que les pasa en el día a día, e incluso con aquellas cosas que jamás ocurrieron. Se contentan de lo real, de las mentiras, de las verdades, se alegran por ellos mismos y se alegran por otros. Son como esos que sonríen a cada rato y dan ganas de preguntarles que es lo que es tan gracioso o que es lo que los tiene tan contentos todo el tiempo. Es como si el esfuerzo los hiciera más y más felices.

 Yo eso no lo entiendo. Para mi el esfuerzo es dolor y el dolor muy rara vez da un placer en la vida. Tal vez ocasionalmente, en forma de esfuerzo o de pasión, pero nunca demasiado. Nada en grandes cantidades es bueno, pues nos volvemos unos ciegos y simplemente seguimos con lo mismo todos los días de nuestras vidas. Es como la gente que siempre pide lo mismo cuando va a un restaurante o como aquellos que creen que alguien muy similar a ellos mismos sería la pareja ideal para vivir toda la vida y formar una familia. A mi es no me cuadra pero supongo que cada uno verá que hace.

 Me gusta cuando llueve, porque todos los demás sonidos parecen dar paso al que hacen las gotas de lluvia contra las ventanas, el suelo o los muebles. Hay una cierta magia detrás de las gotas de lluvia y creo que eso hace que las personas paren por un momento y simplemente disfruten el sonido de la naturaleza. Me gusta ver a las personas así, calmadas y a tono con lo que los rodean. Dejan de ser bestias hambrientas de todo y vuelven a un estado anterior, tal vez mejor.

 Pero una vez se va esa magia del mundo, vuelven todos a mugir y gemir y gritar y pelear. Es falso cuando las personas hablan del mundo como si fuera un hermoso pastel de esos que tienen muchas florecitas y cintas gruesas, de colores pasteles que son inofensivos a la vista. Eso es la que la gente piensa que debería ser la vida. Un soso pastel que no tiene nada de sabor, tal vez algunas nueces, y que está adornado por encima de un poco de porquerías que lo único que hacen es daño.

 Supongo que así viven más tranquilos. No los culpo. Es difícil vivir con lo ojos bien abiertos y prestando atención de tanta cosa que pasa por todas partes. No es fácil vivir en un mundo donde todo te salta a la vista desde cualquier parte. Hoy en día podemos tener todo a la mano, lo que queramos, y no nos damos cuenta de que no es el estado natural de las cosas. Claro que ya a nadie le importa lo natural en ninguna forma, pero sí debería hacernos pensar al menos acerca de nosotros mismos.

 Pedimos y exigimos, esperamos y rezamos, siempre con un ansia extraña de estar en un lugar diferente al que estamos en ese momento, de estar mejor, porque la situación actual nunca es lo suficientemente buena. Nadie se contenta con nada en el mundo de hoy. El que lo diga es un mentiroso o simplemente alguien que no ha querido entender en que mundo es el que vivimos. Y eso también es ser un mentiroso porque a propósito miente a su mente para poder vivir tranquilo.

 En todo caso, no soy nadie para decirle a ninguna otra persona como vivir su vida, en que pensar o como conseguir nada. Al fin y al cabo, yo en mi vida no he conseguido nada y todo se me ha dado, de una manera o de otra. Tengo que hacer un esfuerzo a diario de recordar que debo agradecer lo que tengo precisamente porque no es mío y porque en cualquier día podría irse por entre mis dedos, desapareciendo de un momento a otro. Todo esto a mi alrededor es una ilusión que responde a mi situación privilegiada. Pero la verdad es que no hay nada.

 Me gusta darme duro a mi mismo porque sirve para recordar que las cosas son más difíciles de lo que parecen. Quisiera saber como empujarme a ser como los demás, como perseguir tanto sueño y tanto deseo loco que tienen. Quisiera poder ser como ellos, haciendo hasta lo innombrable para lograr la meta que se han propuesto para una determinada etapa de sus vidas. Me encantaría sudar tratando de llegar a ser alguien, como todos los demás que pelean y dejan todo para poder ser.

 Me falta mucho para eso. Me falta la fuerza interior y física para ser ese personaje grande y robusto que puede con todo lo que le ponen encima. Obviamente no es algo físico como tal pero sé que todos en nuestra vida hemos visto a esos seres humanos que son más grandes que la vida misma. Parecen incluso ser de mentiras pues no creemos que existan personajes así, como ese impulso impresionante que los hace hacer y deshacer, ir y venir por todos lados y seguir adelante.

 Por mi parte, he hecho lo que he hecho pero nada más que eso. El resto de cosas que hago es porque no sé que hacer. Leo esto y parece no tener sentido pero creo que si se repite lo suficiente, va a terminar siendo una de esas realidades que simplemente no puede uno tapar con la yema del dedo. Es un hecho y nada más que yo no soy mejor que nadie y que seguramente hay muchas personas que son mejores que el resto, porque se molestan en ir adelante, hacia donde sea que eso sea.

 He hecho pero no la clase de cosas que lo llevan a uno a alguna parte. Tengo pasión pero del tipo que impulsa a un ser humano a moverse y a crear algo para su propia vida. Mi energía, mi impulso, apenas es suficiente para llevar un poco más allá, cortas distancias que me ayudan a seguir viviendo pero no sé por cuanto tiempo más. No sé adonde voy a terminar y por mucho que los demás digan que tienen miedo, sé que yo soy de los pocos que en verdad tiene razones para estar asustado.

 El cuerpo se me pone como de piedra de solo pensar en todo esto. Las mano se empiezan a tensionar, la espalda duele como ella sola y los nervios de las piernas se vuelven hipersensibles, de la punta de los dedos hasta esa parte donde las piernas y la cintura se unen.


 Y ellos siguen allá abajo haciendo y corriendo y deseando y rezando y llorando y riendo. Y yo sigo aquí, un poco más arriba, menor que muchos y pensando una y otra vez en lo que debería estar haciendo, lo que debería haber hecho y lo que tendré que hacer.

viernes, 22 de diciembre de 2017

Conexiones etéreas

   Tengo que confesar que siempre me gustó verlo por las mañana, cuando el sol apenas había empezado a salir. Por alguna razón, siempre se apuraba a esa hora, como si levantarse con los gallos fuese a cambiar algo. No me levantaba ni nada, solo lo miraba de reojo mientras se cambiaba y la poca luz que entraba por la ventana acariciaba su cuerpo. Siempre me había encantado tocarlo y ahora descubría que también adoraba verlo, como una obra maestra del arte que es la creación del Hombre.

 A veces se daba cuenta que lo miraba y me sonreía gentilmente pero, de alguna manera, se sentía como si fuese alguien lejano y no una persona que hasta hacía muy poco me estaba abrazado sin ropa debajo de mis sabanas. Cuando no se daba cuenta, simplemente me volvía quedar dormido y trataba de crear yo mismo un sueño en el que él apareciese como alguien permanente en mi vida y no como una sombra pasajera que va y viene y va y viene pero nunca se amaña en un solo lugar.

 Me daban ganas de lanzarme encima de él, de besarlo, de tocarlo, de volverle a quitar la ropa y de hacer el amor ahí mismo, sin tapujos. Pero él me decía, con su cara y su cuerpo, pero no con su voz, que todo lo que pasaba en la oscuridad de la noche no podía pasar en la mitad del día o en esas mañanas frías en la que cualquier ser humano podría utilizar uno de esos abrazos cálidos y reconfortantes. Él sabía bien como hacerme entender que, pasara lo que pasara, yo no era quién había elegido.

 Esa persona estaba en otra parte y yo era solo un instrumento de diversión, o al menos eso era lo que me gustaba decirme a mi mismo para evitar una crisis existencial que de verdad no necesitaba. De hecho, esa es la palabra clave: necesitar. Porqué él me necesita a mi y yo a él pero creo que yo le saco más usos porque mi vida es un desastre y él es el único que hace que no se sienta de esa manera. Supongo que su vida tampoco es un jardín de rosas, pero la verdad es que no hablamos de eso.

 Cuando estamos juntos, está prohibido hablar de su pareja o de mi trabajo, de sus responsabilidades o de mis problemas para encontrar estabilidad alguna en mi vida. Desde que habíamos vuelto a vernos, después de tantos años, todo se había ido construyendo alrededor del sexo y de un cariño especial que habíamos ido armando los dos en privado. Era algo que no era exactamente amor pero era fuerte y nos ayuda a los dos. Creo que por esos decidimos que no le hacíamos daño a nadie si nos veíamos al menos una vez por semana, a veces más que eso.

 Cuando se iba, el lugar parecía perder el poco brillo que adquiría cuando su risa o sus gemidos de placer inundaban la habitación. A mucha gente podría parecerle todo el asunto algo puramente sórdido y carente de moral y demás atributos ideales, pero la verdad es que el arreglo que teníamos nos hacía felices a los dos, al menos hasta el día en el que me di cuenta que empezaba a quererlo mucho más de lo que me había propuesto. Era un sentimiento extraño que apartaba pero no se iba.

 En nuestro juventud no éramos amigos, apenas compañeros de salón de clase. Él siempre se había destacado en los deportes y por tener novias hermosas, una diferente cada año o incluso menos. Era uno de esos chicos que todo el mundo sigue y admira. Yo sabía muy bien quién era él pero no era alguien que me importara demasiado. Estaba demasiado enfocado tratando de sobrevivir a la experiencia del colegio para ponerme a mirar a los hombres que tenía a mi alrededor a esa edad.

 Él, me confesó mucho después, jamás supo quién era yo. No le dio nada de vergüenza confesarme que jamás había escuchado mi nombre en la escuela ni sabía nada de mi. Ese día quise gritarle, o golpearlo o simplemente mandarlo a comer mierda. Pero no lo hice porque me di cuenta que no tendría sentido hacer nada de eso. Así tuviera un resentimiento profundo contra mis años de escuela secundaria, él no tenía nada que ver con todo eso. Él había estado allí pero no había significado nada para mí.

 Nos conocimos por casualidad en una reunión a la que tuve que ir por trabajo. Como todo lo que hago para ese trabajo, la reunión me parecía una perdida completa de tiempo. Lo normal es que en esas ocasiones conozca mucha gente que me parece insufrible y que solo parece vivir para contar cuanto ganan en un año y cuanto podrán ganar el año siguiente. Si acaso hablan de  su última compra o de sus aspiraciones, todo lo que tenga que ver con dinero es, al parecer, un tema de discusión clave.

 Pero yo no tengo nada de dinero. Tal vez por eso mismo no me importe en lo más mínimo lo que alguien compra o no. Tengo que estar pendiente de tener comida suficiente para un mes en la nevera y cuento cada centavo como si valiera millones más. Por eso detesto el dinero, porque amarra y somete a cualquier idiota que deba manejarlo y esos somos todos. Por eso cuando lo vi a él, me sorprendió. No hablaba de dinero y eso era un cambio impresionante. Cuando lo vi mejor, fue cuando me di cuenta que era un compañero del pasado y se lo hice saber.

 Meses después, hacemos el amor cada cierto tiempo. Él me besa y yo lo beso y hacemos todo lo posible juntos. Al comienzo era cosa de una hora o menos si era posible, me decía cosas sobre su esposa y no sé que más responsabilidades que tenía en alguna parte. Yo no le ponía nada de atención porque francamente no me importaba nada la excusa que tuviera ese día para parecer distante y algo tenso. Yo solo quería ocupar mi mente, al menos por unos momentos, con el placer del sexo.

 Fue con el tiempo que empezó todo a cambiar, a volverse más tierno, más dulce, con ese cariño extraño del que hablábamos antes. Sé que no es amor porque dicen que si sientes eso lo sabes y yo no lo sé. Además, no creo que el amor sea para alguien como yo que, todos los días, siente que sus días están contados en este mundo. Tal vez es por decir y pensar cosas como esa que no tengo nadie en mi vida. Y tal vez por eso es que necesito que él venga, y me alegro cuando me llama y lo veo.

 Dirán que soy una mala persona por estar con un hombre que tiene un compromiso con alguien más. Pero la verdad es que lo tomo con bastante simpleza: fue decisión de él venir a mi casa desde un comienzo. Yo jamás insistí, jamás lo forcé ni tuve nada que decir para atraerlo hacia mí. Simplemente hubo una conexión y todo empezó a fluir, extrañamente, a mi favor. Y la verdad no me arrepiento de nada y podría decírselo tranquilamente a su esposa, si alguna vez me confronta.

 No es que lo quiera para mí, ni nada tan dramático como eso. Yo no creo que nadie sea para nadie, solo creo que tenemos pequeños momentos en los que conectamos con otra persona y simplemente debemos contestar a ese llamado de los sentimientos y de la naturaleza. No somos nadie para negar que no somos nada, que solo somos animales algo más evolucionados que el resto pero que, al final del día, solo somos otro costal de huesos y carne que siente y necesita a los demás.

 Creo que volverá el sábado en la noche, cuando ella no esté en casa. Cuando abra la puerta nos besaremos y la ropa pasará al suelo en pocos minutos. A veces acerca su boca mi oído y me susurra que me le encanta estar allí conmigo y eso es más que suficiente para mí.


 Cuando estoy solo, me doy cuenta que todo esto no es permanente y que en algún momento tendrá que acabar. Todo lo que brinda felicidad es así, etéreo. Y he decidido que no me importa. Lo único que quiero es vivir un día a la vez hasta que ya no tenga días para vivir.

lunes, 4 de diciembre de 2017

No hay mal que por bien no venga

   El ruido en la calle era ensordecedor. No se podía pensar correctamente con tantos sonidos alrededor. No solo era la interminable fila de automóviles, cada uno usando el claxon en un momento diferente, sino también las voces de las personas, los motores de las motocicletas, los timbres de la bicicletas y el bramido de todos los vehículos combinados. Además, y como no era poco frecuente en aquella ciudad, se escuchaban también los sonidos de percutores de alta potencia, usados por obreros en la calle.

 El taxi hacía mucho tiempo que no se movía ni un milímetro y Susana empezaba a desesperarse. Normalmente no le importaban mucho los trancones puesto que estaba acostumbrada a ellos. Su solución había sido siempre salir muy temprano y simplemente usar el tiempo en el transporte público haciendo algo más. Pero ya habían pasado quince minutos desde que había terminado su única tarea pendiente y eso la hacía poner atención a su entorno, cosa que no era muy buena.

 Susana era de esa clase de personas que debe vivir en constante movimiento, haciendo algo con la mente o las manos. Si de pronto dejan de moverse o de pensar, simplemente se vuelven locos. No locos en el sentido tradicional sino que pierden el sentido de todo, parecen no saber donde están y se desesperan por cualquier detalle. Por eso no tener nada más que hacer en un lugar como ese era lo peor que le podía pasar a Susana y ella lo sabía muy bien, pues ya le había ocurrido antes.

 Sacó el celular del bolso y empezó a mirar si tenía mensajes o llamadas perdidas. Pero no había nada de eso, lo cual era sorprendentemente inusual. Pensó en llamar a su secretaria para saber que pasaba en la empresa pero recordó que era la hora del almuerzo y seguramente no habría nadie cerca del teléfono que le pudiese ayudar. Su comida ya la había consumido, así que eso era algo menos que podía hacer. Solo había sido una ensalada ya lista de supermercado y una limonada demasiado agria.

 Se inclinó sobre la división de los asientos delanteros y le preguntó al conductor si tenía alguna idea de porqué nada se estaba moviendo en la avenida. El tipo tenía los audífonos puestos y se los quitó al notar a Susana, que tuvo que repetir su pregunta. El hombre se encogió de hombros, y sin más, se puso los audífonos de nuevo. Susana entornó los ojos, hastiada de la gente que no tenía ni idea de cómo hacer su trabajo, y se echó para atrás, recostándose contra la silla. Su cita era en media hora pero quería llegar antes para causar una mejor impresión. Era su manera de hacer las cosas.

 Pasaron otros cinco minutos y Susana sacó de nuevo el celular de su bolso. Lo había guardado cuidadosamente y no sabía porqué, ya que era el único objeto con la capacidad de tranquilizarla un poco, aunque en ese momento no estaba funcionando mucho. Verificó la dirección a la cual se dirigía y luego abrió la aplicación de mapas que venía con el aparato. Su ojos se abrieron al darse cuenta que estaba a solo unas diez calles del sitio. Podía caminar tranquilamente para llegar.

 La mujer abrió el bolso de nuevo y guardó el celular de nuevo pero esta vez sacó su billetera y estiró una mano para tocarle el hombro al conductor. Este se quitó los audífonos y se dio la vuelta. Tenía cara de haber estado durmiendo. Susana ignoró esto y le dije que se bajaba y que le diera la tarifa. El hombre no dijo nada, solo tomó una tabla de plástico con números y le indicó a la mujer cuanto debía pagar. Ella sacó el dinero justo, se lo dio en la mano al hombre y salió del taxi con una sonrisa.

 Ya en la acera, respiró profundamente. Era muy distinto poder respirar un aire algo más puro que el de un automóvil, así la avenida se estuviese llenado lentamente de los gases de los coches. Pensó en que lo mejor sería tomar una calle perpendicular, en pendiente, para llegar adonde necesitaba ir. Llegó a un semáforo y cruzó y fue entonces que escuchó un estruendo más en la vía. Por un momento pensó que había sido alguna especie de máquina pero resultó ser un trueno lejano.

 No se había alejado mucho de la avenida cuando empezó a llover con fuerza. El viento se arreció de repente y Susana empezó a correr sin mucho sentido, pues no se fijaba para donde estaba yendo. Lo importante en ese momento era buscar un lugar para cubrirse. Lamentablemente para ella, la calle era más que todo residencial y tuvo que correr dos cuadras más para llegar a una zona de pastelerías y tiendas de artículos para el hogar. Entró por la primera puerta que vio, asustada por otro trueno, más cercano.

 Cuando se dio la vuelta, se dio cuenta que había entrado en una especie de casa de té. Estaba un poco oscuro por la tormenta en el exterior pero varias velas alumbraban el entorno. Varias personas comían postre, la mayoría eran personas mayores pero había también otros que parecían estar en alguna reunión de negocios o simplemente comiendo algo con un amigo. Susana caminó al mostrador, con el pelo escurriendo agua. Miraba lo que había disponible para comer aunque en verdad no tenía nada de hambre. La mujer que atendía, más joven que ella, la miraba con curiosidad.

 Susana fue a abrir la boca pero la cerró de nuevo. La verdad no sabía si quería quedarse mucho tiempo en el lugar. Pero al mirar la ventana que daba a la calle, se dio cuenta que ir caminando ya no era una opción. Era increíble la cantidad de agua que caía del cielo. Parecía como si no hubiese llovido nunca. El cielo se había puesto de un color muy oscuro y no se veía ya nada de gente en la calle. Sin embargo, las personas que había en la casa de té no parecían interesadas en el exterior.

 Por fin se decidió por un café y un pastelito pequeño que parecía no saber a nada. La mujer le cobró y Susana le pagó sin mirarla. No era algo consciente, sino algo que siempre hacía cuando interactuaba con la gente en lugares así. Su mirada fija estaba reservada para reuniones como la que pensaba tener en poco tiempo. Apenas pudo, tomó una pequeña mesa en un rincón y trató de arreglarse un poco el cabello. La misma cajera le trajo el café y el pastelito, que Susana dejó sin tocar por un momento.

 Lo primero era ver la hora. Faltaban ahora solo cinco minutos para la cita y el lugar, aunque no era lejos, era ahora inaccesible por la tormenta. Decidió llamar y preguntar por el hombre con el que tenía la cita, para disculparse, pero nadie respondió. La línea funcionaba pero nadie contestaba, ni siquiera el conmutador automático. Colgó y tomó algo de café. Su mirada estaba perdida, puesto que el negocio que iba a concretar hubiese significado algo muy importante para su empresa.

 Suspiró rendida y tomó el pastelito para darle un mordisco. La decepción de repente le había abierto el apetito. Era un pequeño bizcocho blanco con relleno verde y Susana se sorprendió con el sabor. Sonrió por primera vez en mucho tiempo, puesto que el bocado le había provocado un cierto calor en el corazón, o en el pecho. Donde fuera,  había sentido como si se hubiese tragado una barra energética de gran potencia, que no solo daba ganas de moverse sin una alegría bastante particular.

 Era como un optimismo extraño que la invadía y sabía que tenía que hacer algo con ello. Pensó en salir del lugar y enfrentar la tormenta o llamar de nuevo para ver si podía arreglar otra cita con el hombre. Pero la respuesta estaba mucho más cerca de lo que pensaba.


 A su lado, un hombre vestido de traje y corbata la miró, puesto que Susana se había  levantado de la silla y se había quedado quieta. Ella lo miró y soltó una carcajada. Era él con quién tenía la cita y resultaba que estaba allí, tomando algo con otra persona. Se saludaron de mano y empezaron a hablar.

viernes, 24 de noviembre de 2017

Malditos idiotas

   Cuando me desperté, estaba en una cama conectado a una de esas máquinas que hacen ruidos repetitivos. Un par de tubos iban y venían y algunos otros estaban conectados a mis manos. Me dio ganas de rascarme apenas los sentí, pero no pude hacerlo porque el solo pensamiento de moverme hizo que todo el cuerpo me doliera, como si una descarga eléctrica de alta potencia pasara por todo mi cuerpo. El dolor fue amainando y fue justo cuando ya no me dolía nada cuando la enfermera entró a la habitación.

 Pensé, tontamente, que había venido porque de alguna manera la estúpida maquina había detectado mi dolor. Pero no, solo había venido a revisar que estuviese vivo, respirando y absorbiendo el suero al que estaba conectado. Quise fingir que estaba dormido. No supe porqué, pero creo que no estaba listo para que la gente supiera que había despertado, vuelto a este mundo de mierda que me había puesto en esa cama de hospital. Pero no pude hacerlo y ella salió apresurada de la habitación.

 En poco tiempo otra enfermera y un doctor vinieron a visitarme. Tuvieron para conmigo las palabras de siempre que dicen cuando alguien está en un hospital y las mismas preguntas estúpidas del estilo: “¿Se siente usted bien?”. Imbéciles, pensé. Pero no lo dije. De hecho, no podía hablar porque la garganta me dolía demasiado. El doctor ordenó que me trajeran algo de tomar y fue entonces cuando me di cuenta de que tenía un hambre feroz y hubiese preferido un batido de carne al jugo de zanahoria que trajeron.

 Me lo tomé en silencio y solo, puesto que ya era tarde y nadie se quedó conmigo para ver si me tomaba el espeso liquido o no. No estaba feo pero el sabor o la consistencia del dichoso jugo no me importaba en lo más mínimo. Me lo tomé mirando por la ventana, como si pudiera ver algo. La verdad era que el otro lado parecía la boca de un lobo, completamente oscuro y sin ruidos que denunciaran exactamente donde estaba. Porque de idiota no me había fijado en la bata del doctor.

 Me quedé despierto varias horas, pensando en mi accidente. Me acordaba bien como se sentía su cuerpo cuando lo empujé al separador de la avenida y también recuerdo sentir como si se me viniera una montaña encima pero solo había sido un automóvil que había llegado al semáforo a alta velocidad. Por lo visto el color rojo no significaba nada para ese borracho o drogado o lo que fuese ese maldito desgraciado. No supe que pasó después pero la rabia no me dejó dormir en paz hasta que llegó la luz de la mañana. Tuvo un efecto de calmante y me dormí sin chistar.

 Los días en un hospital pasas lentamente. Debe ser lo mismo que en una cárcel, pues en ambos lugares se está en una pequeña habitación sin posibilidades reales de salir a dar una vuelta. En mi caso, no me dejaban salir porque no podía usar las piernas. No había quedado invalido pero había estado muy cerca. Todos los días venía un enfermero francamente atractivo y él era el encargado de hacer la terapia pertinente para que pudiese mover las piernas lo más pronto posible.

 Mi voz mejoró y pasados algunos días ya pude flirtear un poco con el terapeuta. El solo se ría o sonría y cambiaba de tema. Estaba seguro de que lo hacía sonrojar y eso era una indicación muy clara pero la verdad era que yo solo lo hacía por hacer algo, por sentir que todavía era la misma persona de antes. Además, no quería verme débil ante nadie y no había mejor manera de aparentar que haciéndome el chistoso todo el tiempo, con apuntes y preguntas tontas.

 Pero cuando se iba la gente, volvía a mi estado de casi depresión. Y digo casi porque dudo que haya sido igual a lo que viven muchos, que se sienten hundidos en un hueco del que no pueden salir. Mueven los brazos como locos y simplemente no logran salvarse a si mismos. No es mi caso o eso creo. Yo siento tristeza de lo que me pasó pero más que todo rabia hacia las dos personas que estuvieron en ese momento conmigo, los otros dos protagonistas de la historia.

 El conductor, alguien me dijo, se echó a la fuga antes de atropellarme. Eso era algo que yo no sabía e hizo que mi odio aumentara sustancialmente. Pero lo que me dio rabia, de esa que da ganas de demoler una pared a mordiscos, fue que la persona que yo había empujado no hubiese venido jamás a visitarme. Ni siquiera había preguntado por mi y cuando confronté a mi familia y a los pocos amigos que habían venido a verme, nadie decía nada, como si se tratase de un secreto de estado.

 Le pedí a mi hermana que me trajera mi portátil y obligué al guapo de la terapia a que me diera la clave del internet inalámbrico del hospital. Apenas pude, busque a la persona que salvé en internet y pude ver como se hacía el héroe en cuanta red social podía. Lo peor, era que todo el mundo se creía su ángulo de la historia, así hubiese sido yo el que lo había salvado. No tenía nada de sentido pero para atraer idiotas no hay que tener mucho sentido común, solo palabras atractivas. Palabras en las que nunca se me mencionaba, ni por error o confusión.

 Estuve cuatro meses en el hospital hasta que por fin pude mover las piernas. Tenía que seguir yendo a terapia pero eso no importaba, podía caminar y los pronósticos eran muy positivos. Abracé al guapo de mi terapeuta y le planté un beso en la boca que sorprendió a todos pero más que todo a él. Era mi última gran sorpresa, antes de irme a casa de vuelta a mi habitación y mis cosas. Debo decir que dejar el hospital fue duro, pues regresaba a la cruel vida diaria con el resto de mortales.

 Mi familia solo tenía para mí cariño y los más grandes cuidados. Les pedí que no se fastidiaran tanto estando pendientes de mi estado, puesto que debía avanzar yo solo para mejorar de verdad. Sin embargo, los dejé hacerme ricos postres y llevarme a restaurantes que me gustaban. Era mi momento para mimarme un poco, creo que me lo merecía. Tal vez no me merezca nada en esta vida pero me sentía cansado desde antes del accidente y aprovecharse de una tragedia personal no es tan malo.

 Al fin y al cabo, fue a mi que me levanto ese desgraciado del pavimento. Fui yo quien tuve las piernas casi rotas y fracturas por todo el cuerpo. Fue a mi al que me sangró la cara y otros lugares del cuerpo que prefiero no nombrar. Fui yo quién salvó a un imbécil de ser aplastado por un vehículo a alta velocidad. Así que algunos tendrán que disculpar mis ganas de vivir un momento de vida en tranquilidad, disfrutando de aquellas cosas que solo la buena vida y todo lo que ella implica, pueden aportar.

 Eventualmente dieron con el tipo que me había atropellado. Esta es una ciudad atrasada y llena de idiotas pero por alguna razón providencial, había una cámara de seguridad en un edificio frente al lugar donde me habían atropellado. Se veía todo con una claridad sorprendente y esa fue la pieza clave para dar con el paradero de quién resultó ser una mujer. Se había ido a esconder a otra ciudad pero pronto fue arrestada y se me pidió testificar en contra, algo que hice con todo el gusto.

 Fue a la cárcel, condenada por no sé cuantos años. La gente dice que debería perdonarla pero eso me parece una reverenda estupidez. Esa mujer hizo lo que hizo y lo primero que pensó no fue en ayudar sino en protegerse a si misma. Puede pudrirse en la cárcel.


 En cuanto a la persona que salvé, un día se me acercó en un cine y me pidió disculpas. Yo le dije que no tenía tiempo puesto que estaba en la mitad de algo importante. Tomé de la mano a mi terapeuta y la expliqué quién era la persona que me había saludado. “Nadie importante”, le dije.