Mostrando las entradas con la etiqueta particular. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta particular. Mostrar todas las entradas

viernes, 14 de diciembre de 2018

Cuando llegaron...


   El bote se aproximaba con rapidez a la isla. El cielo estaba ya cubierto por completo de nubes gruesas cargadas de agua, oscuras como se veían siempre en esa época del año. Las personas en el bote se sostenían con fuerza de los bordes, pues el conductor había decidido ir a toda marcha, forzando el motor a dar todo de sí. Eran solo siete personas, entre las cuales había tres mujeres y una niña pequeña que no podía conciliar el sueño. Miraba el cielo y también la superficie del agua, que parecía hecha de algún metal extraño.

 El aire olía a sal, lo que indicaba la proximidad del mar pero nadie sabía muy bien para dónde se podría encontrar una gran masa de agua. Lo cierto es que ninguno era de esa región y solo se encontraban allí por la pura necesidad de sobrevivir. Ninguno de ellos se conocía entre sí, no eran familiares ni amigos, ni siquiera vecinos o trabajadores en la misma empresa. Eran solo personas que se habían encontrado en un punto crucial en ese momento del mundo y habían decidido arriesgarse juntos para ver si sobrevivían a semejante desastre.

 Cada uno penetró el espeso bosque en un momento distinto, en circunstancias muy diferentes. Algunos habían tenido dinero en el pasado, uno de ellos en cambio había vivido en la calle durante una época de la vida. Pero nadie decía nada. No era porque no quisieran comunicarse o hablar sino porque el miedo los tenía amarrados al bote, como si de su llegada a la isla más próxima dependiera todo lo que habían apostado al unirse en un grupo tan desigual y diferente. Era todo lo que tenían.

 El agua salpicaba sus caras y manos pero ellos solo tenían cabeza para el pasado. No habían tenido un momento tan tranquilo como ese y eso que no se sentían precisamente calmados. Sin embargo era el momento adecuado para pensar en sus seres queridos, en gente que jamás volverían a ver en sus vidas. Algunos incluso habían visto como morían frente a sus ojos, algo que nunca olvidarían. Sus músculos estaban cansados y sus cuerpos pedían algunas horas de sueño pero el cerebro trataba de impulsarlos con recuerdos.

 El hombre que manejaba el motor era el único que de verdad parecía estar alerta. Estaba de pie, no como los demás que iban casi acostados en el fondo del bote. Tenía puesta una ropa que no tenía nada que ver con el frío clima del bosque, lo que denotaba que su lugar de proveniencia no era muy próximo. Sus cabello se sacudía con el viento y su cara parecía quemada de varios días. El sol y la brisa habían hecho de él una escultura viviente de lo que ocurría en esos momentos y su mirada glacial era otra prueba más de que las cosas ya no eran como antes en un mundo que había sido perdido para los seres humanos.

 Habían sido cautivados por sus hermosos colores y su aspecto gentil. Se habían dejado convencer por tonterías que ni siquiera resultarían efectivas en pájaros o insectos. Ellos llegaron de la nada y los seres humanos, como tontos, pensaron que nada pasaría, que todo era para lo mejor. Y, para ser justos, así lo fue durante un tiempo. Pasaron días y luego meses después del primer arribo y luego vinieron más y no pasaba nada, solo interacciones de algunos momentos en las que parecían aprender una cultura de la otra.

 Pero al parecer, los seres humanos no somos los únicos capaces de mentir o de hacer cosas para perseguir una meta más allá, oculta a los ojos de los demás. Pasado poco más de un año, un batallón entero de ellos llegó a la superficie del planeta, en varios puntos. Con facilidad, destruyeron todas las defensas existentes. La gente vio morir primero a soldados y generales, con o sin medallas en sus pechos. No importaba quienes fueran o que tan valientes hubiesen sido antes, morían igual, haciéndose pedazos en el suelo.

 La gente estaba tan impactada que muchos no reaccionaron en el momento. Curiosamente, todos los que iban en el barco eran personas que habían hecho algo en aquellos primeros instantes. Eso sí, ellos eso no lo sabían pero lo hubiesen comprendido si hubiesen interactuado como se esperaba de los seres humanos. Pero estaban asustados y era algo completamente comprensible. Esos seres con cara angelical habían destruido todo lo que habían conocido sus vidas en apenas horas, a veces en menos tiempo.

 Correr, huir de sus casas y lugares que frecuentaban, era lo más natural. La mayoría lo había hecho con familia pero eso casi siempre terminaba mal. Por alguna razón, las criaturas parecían tener una percepción bastante rara de lo que significaba una familia y tenían una horrible obsesión por deshacer la existencia de cualquier sociedad humana que cumpliera con esas reglas de sangre que por tanto tiempo habían enlazado a los seres humanos entre sí. Seguramente ellos creaban comunidades de otras maneras.

 Casi siempre dejaban a un solo sobreviviente y esos eran los que estaban en el bote. Todos eran los únicos sobrevivientes de sus grupos familiares, los únicos que tratarían de vivir para contar la historia de sus familias y hacerla perdurar en el tiempo, si es que tenían la oportunidad de hacerlo. Los seres seguían matando y persiguiendo a aquellos que ellos pensaban podrían hacerles algún tipo de oposición. Esa extraña muerte en la que los cuerpos eran carbonizados en vivo era su solución para todo y durante todo el proceso siempre tenían la misma horrible expresión en lo que podría llamarse sus caras.

 Pocos seres humanos tuvieron éxito al tratar de hacerles frente. La mayoría moría antes de saber lo que les había pasado. Pero algunos habían podido descifrar algunas cosas acerca de esas criaturas. una de las cosas más notables era su increíble aversión al agua. Pero no a toda el agua sino a la que estaba demasiado fría. Incluso habían quienes creían que querían hacer de la Tierra un mundo con agua casi hirviendo en todas partes. Podría ser esa la segunda parte de su plan de conquista. Sin embargo, eran todo conjeturas.

 Cuando el bote por fin toco tierra en la isla, los sobrevivientes se bajaron lentamente. Ninguno ayudó a nadie, ni siquiera a la niña. En silencio formaron un a fila y se adentraron en la isla, compuesta por pinos altos y robustos en los que no crecía nada excepto piñas ya resecas que no servirían de nada para sobrevivir. Buscaron el lugar más remoto y allí se asentaron. Pudieron hacer un fuego pequeño, no demasiado vistoso, y se sentaron a su alrededor para calentarse las manos y esperar a caer rendidos de sueño.

 Ninguno hablaba, solo hacía cada uno lo que quería. Y la mayoría quería calentarse, excepto por el hombre que había manejado el motor. Él se retiró de la zona de la hoguera y volvió al rato. Solo dijo que el agua estaba bastante fría y eso fue todo. Todos le pusieron atención pero no respondieron con nada, ni con una pregunta ni con un agradecimiento. Pasadas algunas horas, los sobrevivientes se fueron durmiendo, excepto por el hombre que había manejado el bote y por la niña, que no parecía estar muy cómoda.

 Él trataba de tallar un pedazo de palo con una navaja, pero hacía un horrible trabajo. La niña se levantó del suelo y se hizo cerca de él, sin decir una sola palabra. Parecía que quería preguntar algo. Tal vez incluso quería un abrazo para que la reconfortara o tal vez algunas palabras de aliento. Era evidente que estaba ahora sola en el mundo y que no tenía las mejores posibilidades para sobrevivir. Algo quería pero ella solo se sentó cerca y observó como el hombre intentaba tallar hasta que no intentó más.

 Al otro día, él se despertó y fue a ver a los demás. Pero ellos ya no estaban. Lo habían dejado con la niña. Cuando fue a ver si el bote estaba bien, encontró las figuras carbonizadas de los otros cinco miembros de su grupo. Las criaturas habían venido en la noche a matarlos y se habían ido sin más. Por alguna razón, lo habían dejado vivo a él y a la niña. ¿Era porque se habían hecho aparte o porque los otros habían desarrollado alguna conexión especial? Tal vez era solo una expresión de maldad pura, una crueldad que iba más allá de la comprensión humana. O tal vez solo mataban y ya. Ahora estaba solo, con la niña, y no tenía ni la más mínima idea de cómo evitar ambas muertes inminentes.

miércoles, 7 de noviembre de 2018

Ella con él y sin ella


   Su vestido del color del cielo despejado se movía con la más ligera brisa. Caminaba despacio, sobre el muelle de madera sólida, mirando como el mar se iba sumiendo en la oscuridad de la noche. Los últimos destellos del sol caían por todos lados y muchos de los invitados a la boda los miraban con regocijo. Era un espectáculo natural de una belleza increíble y no se podía negar que la idea de hacer la boda en semejante sitio había sido una genialidad. Pero nadie sabía muy bien quién había tenido la idea.

 El caso es que ver hundirse el sol naranja en el mar era hermoso y muchos llegaron al muelle también y pronto rodearon a la joven del vestido azul, que apoyaba sus manos en la baranda, como con intención de salir corriendo detrás del sol. A su alrededor, los niños corrían y reían y las parejas se tomaban de la mano y se besaban. Pero ella no hacía caso, pues en su mente pasaban cosas muy diferentes, mucho menos alegros y más urgentes para ella. El espectáculo solar era solo una distracción.

 Los novios se acercaron también a la escena. Por supuesto, todos quisieron tomarles una foto y para cuando el fotógrafo oficial del evento pudo instalarse, la tarde ya casi había caído por completo y luces artificiales tuvieron que utilizarse para retratar la escena. Las fotos no fueron tan hermosas como muchas de las que la gente había tomado minutos antes, pero todos los alabaron y no dejaban de decir que la novia se veía hermosa y que su novio era el más guapo que habían visto nunca en una boda.

 La joven de vestido cielo se deslizó entre la multitud de aduladores, subió las escaleras hacia la sala de banquetes y penetró un corredor alterno que iba directo a las cocinas. Ninguno de los trabajadores le dijo nada, pues estaban demasiado ocupados preparando el primer platillo de la noche. La mujer casi corrió entre ellos, saliendo por una puerta que daba directo al sector donde camiones dejaban los productos que se usaban a diario en las cocinas. Ahí si la miraron, pero nadie dijo nada.

 Atravesó un prado bien cuidado y pronto estuvo en el estacionamiento, que recorrió casi por completo hasta llegar a su propio vehículo. Las llaves las tenía guardadas en la pequeña bolsa que se mecía a un lado y otro en su muñeco, donde apenas tenía espacio para poner nada. Se sentó en el asiento del piloto y abrió la guantera, extrayendo de ella su celular. Verificó la pantalla y vio, para su alivio, que su mejor amiga le había estado escribiendo, hambrienta de información acerca del desarrollo de la boda y del estado sicológico de su amiga. No era para menos. Su hermana se casaba con su novio.

 En otras palabras, la hermana mayor de la mujer de azul era quién se casaba y el novio no era nadie más sino uno de los novios pasados de la mujer de azul, es decir de la hermana menor de la novia. Era un lío todo el asunto e incluso los padres de las chicas se habían mostrado algo impactados por toda la situación. Pero la hermana mayor había dejado muy en claro que estaba perdidamente enamorada y, en situaciones así, no se puede decir mucho que digamos. Solo se da la bendición y se espera lo mejor.

 Para la chica de azul, todo había sido aún más sorpresivo. Al fin y al cabo hacía unos cinco años que había dejado su ciudad natal para irse a estudiar fuera del país. Había hecho un posgrado y luego había conseguido un trabajo demasiado bueno para rechazarlo, por lo que se había quedado allá lejos e ignoraba la mayor parte de las cosas que ocurrían en su familia. Ni su padre ni su madre le habían dicho nada acerca de todo el asunto antes de su viaje, y ella se los había reclamado una vez en su casa de infancia.

 Tal vez no era justo culparlos a ellos o tratarlos tan mal como lo hizo, pero estaba segura de que sabían lo mucho que ese hombre había significado para ella. Habían salido por años y antes de eso habían sido los mejores amigos desde la infancia. Se conocían demasiado bien, así como a sus respectivas familias y amigos. Eran una pareja unida que solo se había separado, precisamente, por el hecho del viaje de la chica de azul. Él había jurado esperarla pero, meses después, le escribió un largo correo electrónico.

En él, el hombre le decía lo mucho que la quería, una y otra vez, pero también confesaba que no creía poder esperarla para siempre. Además, por esos días, ella había recibido la propuesta de trabajo que al final había aceptado. Eso no lo sabía él, pero hizo más fácil para ella la finalización de la relación. Le dolía, por supuesto que sí, pero debía ser sincera consigo misma y su prioridad en la vida no era tener una pareja o por lo menos no en ese momento. Quería realizarse como ser humano y no lo haría en casa.

 Todo terminó en ese momento. Se dejaron de hablar y sus padres nunca dijeron nada de nada hasta el día que la recogieron en el aeropuerto. Ella estaba feliz de ver a su hermana casarse, en especial porque su relación siempre había sido muy estrecha. Se habían perdido un poco por la distancia, pero ella confiaba en que todo seguía igual entre ellas. La revelación de quién era el novio le vino como un baldado de agua fría y entonces supo que nadie puede prevenir muchas de las cosas que pasan en la vida, y que nunca hay que confiarse sobre nada ni sobre nadie.

 Sin embargo, trató de ser una buena hermana y aceptó ir a la boda. Originalmente la habían pensado como dama de honor, pero ella se negó de la manera más decente de la que fue capaz. Nadie argumentó nada en contra de esa decisión. Pero claro que asistiría porque para eso había viajado y porque era todo un asunto de familia. No tenía sentido hacer un desplante tal, a pesar de que todo la hacía pensar una y otra vez sobre lo que había pasado y lo que no, hacía años y de manera más reciente.

 En el coche, le escribió a su amiga que todo andaba bien, que no le había arrancado las extensiones de la cabeza a su hermana y que no había hecho llorar a su madre. Ahí se detuvo, porque sabía que su amiga no era tonto y no se iba a comer la historia de que todo andaba a las mil maravillas. Entonces le escribió que tenía mucha rabia y que había decidido salir un rato para tomar aire. Su amiga le respondió rápidamente, diciéndole que confiaba en ella y que apenas acabara todo, la llamara para hablar largo y tendido.

 Estuvo a punto de responder con alguna de las caritas que vienen en los aparatos móviles, cuando alguien tocó a la puerta del carro. Era el novio. Ella quedó casi congelada por un rato, pero supo que tenía que bajarse pronto o sino parecería una loca. Le pidió que se moviera y ella salió, arreglándose el vestido un poco. Le dijo que había vuelto al coche por su celular, que había dejado allí por accidente. Obviamente eso no era cierto pero él no tenía porqué saberlo. Y sin embargo, se notaba que lo sabía.

 Pero no dijo nada en cuanto a eso. Preguntó en cambio si le había gustado la ceremonia en la iglesia y ella tuvo que recordar lo que había visto porque en realidad no había puesto mucha atención a nada. Claro que no ayudaba que ella no tuviera ni el más mínimo respeto por los sacerdotes, pero en gran parte no había querido estar pensando demasiado. Él solo asentía y trataba de sonreír, pero hacía un trabajo terrible. Ella sabía bien que a él no se le daba nada bien mentir, lo conocía demasiado bien.

 Se quedaron entonces en silencio y entonces ella quiso decir algo y él también quiso hacer lo mismo a la vez, por lo que nadie dijo nada al final. Él solo la miró y le pidió perdón. Ella negó con la cabeza pero no dijo nada más. Esbozó una sonrisa, que fue una mentira, pero eso no lo supo él.

 Volvieron por separado a la fiesta, ya estaban sirviendo la comida. La chica de azul tuvo que fingir que nada de lo que pasaba la afectaba, pero una lágrima solitaria se precipitó por su mejilla y tuvo que decirle a una tía que era una particular alergia a uno de los productos del primer platillo.

lunes, 22 de octubre de 2018

Ode to Pamela


   Plants are not fun, or that’s what most people think about them. They just think flowers are nice because of the colors but that’s it, they don’t see anything beyond it. Patricia did. She had always seen something in the botanical world that had attracted her. Maybe it was because those creatures didn’t have a voice, they weren’t able to scream and say what they felt or what they wanted. Mysteries wrapped them and made them something that was so near but also very far.

 So Patricia studied botany for years and she travelled the world getting masters degrees and doctorates, studying with the greatest scientific minds in order to learn more and more about her favorite living things. And then, it dawned on her, that she couldn’t just investigate and look at the plants from afar. She really needed to spend time in the field, discovering new types of plants and designing ways to better protect the one that people knew about. She thought about this day and night, for a long time.

 That was, until she met the person that could help her achieve what she wanted. Her name was Hayley and she also had a special love for plants. They met in a conference about roses and other flowers and were surprised how much the other one knew about those creatures. They even had fun quizzing each other about their favorite species and telling very interesting tales about the discovery of some plant or flower. They enjoyed the conference more than anyone else that year.

 They promised to be in touch and it was very soon after that when Hayley invited Patricia to a trip to the Philippines. Apparently, a team of many scientists would visit one of the country’s most remote islands, one were many people said an incredible number of new species of animals and plants could live. The island was relatively small and was protected by the government because it was one of the many islands forming a very large protected area. But this was the first time they would allow people to go in.

 Patricia had her doubts. If she had to be honest with herself, she wasn’t the kind of person to love dirt and hot temperatures. She didn’t even like taking transportation in order to go anywhere. She got annoyed in taxis, as well as in planes or boats. It wasn’t only that she got dizzy; it was also that she disliked having to interact with people that she didn’t particularly care about. Hayley had been a real exception and she finally decided to go only because she thought having Hayley around would be a good thing if she felt she couldn’t stand anything anymore.

 Before departing for the Philippines, both women met and had a blast together. Not only they enjoyed discussing plants again, they also went shopping for appropriate clothes for the trip and even had time to eat, drink and watch a movie together. They really got along very well. The only difference between them was that Hayley loved people and was, apparently, a big partier. She would sometimes talk about it but, as she soon learned, Patricia was not of her same perception so she limited those subjects.

 The day before departing Hayley promised Patricia that she would take care of her and that if she had any problems with any other person, she could come to her and tell her all about it. Patricia was so thankful for that kind attitude that she decided to buy a nice little present for her trip companion at the airport. She gave it to Hayley on the plane, hours after take off. It was a nice little pendant with a rose pendant. Hayley was so surprised; she just gave Patricia a big hug, which surprised her. But she didn’t push back.

 In Manila, they met the rest of the team, mostly composed by men. Some were going to the island to look for minerals and others were biologists hoping to find the creature that would put them in history books. Also a couple of geologists joined them, intrigued by the many tectonic faults plaguing the island. Patricia got nervous when she heard about that, but tried to remain strong because everyone else seemed so put together and committed, and she didn’t wanted to be the only one freaking out.

 On the next plane, Hayley sat far from her, as the seats had been assigned prior to them getting to the airport. So she had to sit with a big guy that sweated a lot and loved to talk about rocks and not much more. They only chit chatted for a bit before the man turned to the other side and decided the person on that side was much more interesting and willing to connect than Patricia. She felt really bad but thought the best thing to do was to try and sleep a bit before having to board the boat, the final leg of the route to the island.

 When they got off the plane, the heat was incredible. Patricia tried to refresh herself with some wet towels but that wasn’t enough. Actually, it made no sense to spend any time trying to get rid of the sweat because each step anyone took on that tarmac meant at least a hundred drops of sweat would roll down their foreheads. So they just followed their guide to the terminal, then to a van than took them to a pier and finally into a boat that was much too tiny to carry so many people. Patricia was really having second thought about coming on that trip but she couldn’t say it out loud.

 As the sun would set soon, their guide told them they would not be going to the actual island that day but to the one just in front of it, were their cabins had been built by the government. Of course, when they got there, the rooms had no air conditioning and the beds were into precisely meant for hotels and resorts. The bathrooms were also awful and they didn’t have much to cook, as provisions had not arrived from Manila.

 So dinner that night was made of cold sandwiches with water. Everyone was so happy that night, around a big table, eating and joking and telling stories. Hayley sat by Patricia all the time but she seemed so much more into the whole interacting thing. Patricia would just sit there and stare at people as they said whatever it was that they said and then she would attempt to laugh or at least smile, but most of the times it just seemed as if had some kind of stomach pain. So she soon left for her room.

 Sleeping was impossible. Partly because of the noise the rest of the people were making but also because of the heat. She had attempted to cover herself with a very thin sheet but even that made her feel she was going to get stuck to it. So she decided not covering herself and sleeping only in her underwear. It was the most comfortable, even if she wasn’t very keen to sleep like that with so many bugs floating around. A couple of hours later, she was finally able to fall asleep.

 She knew she wasn't sleeping to well because she had one of those vivid dreams, when you’re very aware of everything that’s happening. She moved around a lot in the dream and also imagined she was in the middle of a jungle. Weirdly enough, the jungle was less humid and hot, so she felt cozy and a bit less uncomfortable. She felt watched by something, or maybe someone, but no one was around here and that’s when she woke up and realized she was not inside her cabin anymore. She was outside.

 As in her dream, Patricia was deep in the jungle, where it was colder and nicer in general. But she was scared. Why was she there? Had she walked in her sleep, away from the compound? She stood up and started running, hoping to be just a few meters away from everyone else.

 But she ran to the beach and realized, horrified, that she could see the lights of the compound across the water, on an island across it. Somehow, Patricia had ended up in the place where they were supposed to discover new species. But maybe the biggest discovery would be something much less easy to explain or understand.

lunes, 30 de marzo de 2015

El hombre de las ballenas

   La verdad era que el tipo este tenía cara de loco. No solo era el hecho de que estuviera montado en una ballena, cosa rara desde el comienzo, sino que vestía un atado de hojas como pantalón corto y un sombrero de paja con un hueco en la punta, en la cabeza. Tenía pulseras en ambas manos, tantas que parecían formar una sola banda de colores alrededor de cada muñeca y otras cuantas en los tobillos.

 El animal se nos acercó suavemente, lo suficiente para el hombre se subiera al barco. El animal pareció sumergirse y luego retirarse un poco. Por lo visto no le gustaba la idea de estar debajo de un barco, así como a nosotros no nos hacía gracia tener un animal de varios metros de largo debajo nuestro. El hombre no parecía interesado en nosotros sino en el barco y estuvo mirando un poco por todos lados, entrando a la cabina de mando, después paseándose por toda la cubierta y finalmente revisando por la borda, como si viera a través del agua. En todo el rato que estuvo con nosotros, no dijo ni una sola palabra. Al final de su visita, hizo un ruido extraño para acercar a la bestia, se subió e hizo el ruido otra vez.

 Otro animal subió a la superficie cerca de al barco. El hombre se lanzó al agua y entonces los dos animales nadaron bajo el barco y lo cargaron en sus lomos. Nosotros, caímos al piso como tontos. Rápidamente nos cogimos con fuerza a la baranda del barco y así estuvimos, esforzándonos por no caer, durante aproximadamente una hora. Después de ese tiempo llegamos a un banco de arena. Las ballenas dejaron el barco lo más cerca de la playa y luego se fueron, sin más. Nosotros las vimos alejarse, a la vez que saltábamos al agua poco profunda. Cuando las dejamos de ver, celebramos. Unos rieron, otros gritaron y el capitán se puso a llorar. Eran muchas las emociones.

 Al fin y al cabo no era todos los días que algo así sucedía. Nuestro barco se había quedado varado luego de una tormenta y no sabíamos ni siquiera donde estábamos. Los aparatos estaban dañados y habíamos tenido que racionar lo más posible hasta que el hombre de las ballenas había llegado. Ciertamente no habíamos hecho nada para llamar su atención pero sin embargo allí habían llegado y ahora nos habían traído a ese banco de arena. Por lo que se veía alrededor, había más bancos y atolones cerca. Era probable que todo formara parte de un archipiélago más grande, tal vez poblado. Y si había gente, podríamos comunicarnos con la compañía pesquera para la que trabajábamos. Ellos enviarían ayuda y estaríamos en casa pronto.

 Lo más urgente era o arreglar el barco para navegar o tratar de hacer uso de los botes salvavidas. Podríamos hacer una vela uniendo tres de los botes naranjas y así navegar de isla en isla hasta que encontráramos alguien que pudiera comunicarnos con tierra firme. Sin embargo, ese día que llegamos solo comimos y recogimos algunos cocos de las pocas palmeras que había. Decidimos nadar a un atolón algo más grande que estaba cerca y dejar el barco en el banco de arena. En el atolón había más palmeras y pudimos cazar algunos cangrejos, con gran dificultad. Nuestra medico nos aseguró que no había problema en comerlos crudos, aunque hubiera sido mejor tener fuego. Nuestro capitán, ya recuperado, intentó encender uno con hojas de palmera y palitos pero fracasó estupendamente.

 Dormimos a la intemperie, cubriéndonos con algunas cobijas que pudimos sacar del barco en los botes salvavidas, junto con comida y cosas que pudiéramos utilizar para hacer la vela. Al otro día ese fue nuestro trabajo y nos sorprendimos al ver que el hombre de las ballenas estaba en el atolón. Desde primera hora de la mañana, lo vimos sentado con las piernas cruzadas, mirando al horizonte, por donde salía el sol. El hombre parecía ignorar nuestra presencia. O tal vez estaba meditando o algo por el estilo. La verdad nunca lo supimos. Un par de nosotros nos acercamos y le hablamos. Le preguntamos su nombre, de donde venía y que estaba haciendo allí. Pero ni se inmutó. Se rascó la barba un par de veces, pero eso fue todo.

 Con algunas cobijas ligeras, telas y ropa usada, pudimos hacer una colcha de retazos bastante grande, de unos tres metros en cada uno de sus lados. Cosimos todo con el kit que tenía la doctora para coser heridas y cortamos los sobrante con sus tijeras de cirugía. La vela quedó bastante bien o al menos eso parecía. Lo siguiente era conseguir un palo o algo donde izarla. Ese fue un problema porque no había nada parecido en el atolón. Con los binoculares revisamos las demás islas cercanas pero no había nada que pudiese servir en ninguna de ellas. Los troncos de las palmas eran muy grandes y gruesos y las grandes hojas no servían para ello. Ese día nos dimos por vencidos y decidimos dejar para el día siguiente la resolución del problema.

 Era temprano todavía cuando terminamos y el hombre de las ballenas no se había movido un centímetro. Mientras comíamos peces que algunos habían pescado mientras los demás cosíamos la vela, algunos juraron que el hombre se les había quedado mirando en ciertos momentos, pero había vuelto a mirar al horizonte con rapidez. A la vez que dejábamos las espinas de lado, discutimos la probabilidad de que el hombre de las ballenas hubiera sido un naufrago de algún navío perdido en aguas cercanas. De pronto había sobrevivido gracias a los enormes animales y por eso había decidido vivir con ellas. De hecho, ahora que lo pensaban, no era posible que él estuviera todo el tiempo con los cetáceos. Las ballenas podían sumergirse bastante pero él seguramente no y no por tanto tiempo. Tenía que tener una casa o un lugar donde al menos pudiese dormir.

 La noche llegó de prisa y todos quedamos dormidos con prontitud. El trabajo del día y el sol nos había extenuado. Al otro día, agradecimos los galones de agua fresca que habíamos podido sacar del barco. Había que racionarla con exageración pero era lo más sensato, ya que no teníamos la más mínima idea de cuanto tiempo más permaneceríamos en la isla. Decidimos separarnos en dos grupos para explorar las islas cercanas. Cada grupo tomaría un bote salvavidas y usaría como remo una hoja de palma. Como éramos once personas, lo más sensato fue que cada grupo fuese de cinco personas y uno de nosotros se quedara en la isla, cuidando la vela que habíamos hecho y el bote salvavidas que quedaba.

 Cuando zarpamos, cada uno para una dirección diferente, nos dimos cuenta que el hombre de las ballenas ya no estaba en su puesto del día anterior. De hecho, parecía haber desaparecido en la mitad de la noche. No pensamos más en él y seguimos nuestros camino. El grupo que revisó las islas hacia lo que parecía el oeste no encontró nada en todo el día. Revisaron cada islote pero no había sino lo mismo que en el que nos estábamos quedando. Lo malo fue que encontraron también otras criaturas: eran tiburones, expertos en buscar alimento en aguas poco profundas.

 Los del grupo del este también encontramos tiburones pero también los restos de un naufragio que parecía tener unos cincuenta años. Parecía un barco pequeño de guerra, todavía con armas en la cubierta y, para nuestro pesar, un esqueleto que todavía yacía en el lugar que había muerto. Era horrible ver como alguien había muerto allí. Nadie dijo nada, pero las esperanzas de salir del archipiélago bajaron sustancialmente ese día. Volvimos al atardecer, al mismo tiempo que nuestros compañeros. No tuvimos tiempo de saludarnos porque al ver nuestro islote, vimos que nuestro centinela saltaba y nos apuraba.

Cuando llegamos, nos abrazó a todos. Saltaba de felicidad y nos mostró una enorme barra delgada de metal que había sobre el arena. Nuestro hombre nos contó que una de las ballenas había vuelto con el hombre en su lomo que traía ese palo ligero de metal. Solo lo entregó, hizo una venia y se fue sobre el enorme animal. Era la pieza que nos faltaba para poder izar la vela y al otro día eso fue precisamente lo que hicimos. Cuando estuvo todo listo, hicimos una comida especial de cangrejo y pescado, en la que agradecimos la ayuda del mar y la tierra, así como de nuestro misterioso amigo.

 Zarpamos justo después y, al final del día, nos alejamos del pequeño archipiélago de islotes. Navegamos toda la noche hasta el dia ﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽. Navegamos toda la noche hasta el distuvo todo listo, hicimos una comida especial de cangrejo y pescado, en la que agía siguiente. Fue a primera hora de la mañana que nos dimos cuenta que había dos islas enormes, una hacia el noreste y otra al sureste. Nos dirigimos a la segunda porque pudimos ver sobre ella brillos extraños. En efecto, como lo imaginamos, esos brillos eran de algunas casitas. Había gente y nos recibieron como si fuéramos amigos, hermanos. Nos dieron de comer y nos indicaron que había un bote que salía cada día hacía la isla más grande de la esa pequeña nación insular. Allí había un aeropuerto pequeño que los conectaba al mundo. Nos prestaron su radio y contactamos con la empresa que mandó un avión privado a recogernos.


 Cuando cenamos con los locales esa noche, les contamos del hombre de las ballenas. Nos pareció extraño que se quedaran mirando y luego, sin más, se rieran. Decían que era una leyenda del mar que tenía siglos de existencia y que muchos náufragos juraban haber conocido al mismo hombre pero miles de veces habían ido en su búsqueda y jamás lo habían encontrado. Lo más raro fue cuando les comentamos donde habíamos estado durante los últimos días. Según ellos, esos islotes simplemente no existían y así lo pudimos comprobar cuando llegamos a casa. Sea como fuere, estábamos vivos gracias a ese hombre, sus ballenas y su tierra inexistente.