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lunes, 14 de noviembre de 2016

Tenis de mesa

   El torneo tenía una duración de dos semanas. Cada día había algún evento, algo que hacer. Pero siendo los partidos de tenis de mesa tan cortos, no era que Adriana pudiese mantener ocupada la mesa por mucho tiempo. Desde que había descubierto que tenía dotes para ese deporte, lo había práctica con dedicación, al punto de que sus padres le habían inscrito en cuanta escuela se les había cruzado y le habían patrocinado ya montones de viajes a diferentes partes del país e incluso del mundo solo para jugar esos cortos partidos.

 Lo que le gustaba de los viajes era quedarse en un hotel y, por un instante, que podía fingir que su vida era mucho mejor y más interesante de lo que creía. Ella podía fingir que todo estaba a la perfección, pero no lo estaba. Dentro de la pobre Adriana tenía lugar una tormenta épica que solo ella podría ser capaz de liberar o de calmar. Pero la verdad era que nunca había explorado mucho de ese anhelo de vivir otra vida distinta a la suya. De verdad que tenía mucho miedo pues no sabía donde estaba parada o casi nunca.

 El partido de ese día terminó en empate. Era muy poco particular empatar de tenis de mesa y por la cara de limón agrio de su contrincante, era obvio que a ella tampoco le hacía mucha gracia el resultado del partido. A Adriana le dio lo mismo. Lo único que quería era subir a la cama y descansar. De pronto pedir algo de comida a la habitación y tener una noche para ella sola sin nadie más que la pudiese molestar. Su padre, que la acompañaba casi a todos los evento deportivos, dijo también estar exhausto y que quería dormir como una piedra.

 Adriana pidió una pizza con todos sus ingredientes favoritos y se puso a esperar tomando una de las muchas botellas de agua que les ofrecían a los deportistas. Salió a la terraza de su habitación y cayó en cuenta que la piscina estaba justo debajo. Eso sí, había unos quince pisos de diferencia así que el vértigo que le do fue bastante natural. Se hizo un poco más lejos del balcón y luego ya entró cuando la pizza llegó. El medero la anotó a su nombre en la cuenta y se fue sonriendo. Adriana, en cambio, no pareció mostrar emociones en ningún momento.

 Empezó a comer su pizza, al mismo tiempo que veía una película en la televisión. Todo iba bien hasta que empezó a oír gritos, de los gritos que solo una mujer sabe hacer. Salió al balcón y se dio cuenta que eran un grupo de chicas jóvenes, tal vez incluso del torneo, que habían salido en bikini para bañarse un rato. A Adriana eso no le importaba así que volvió a su plan de pizza con película. Pero mucho después, tal vez una hora más tarde, la chica volvió a escuchar ruidos y salió a mirar. Al comienzo casi no se ve nada pero sus ojos se ajustaron rápidamente.


 Eran un hombre y una mujer que peleaban. Era difícil saber si era una de las chicas que habían estado antes. El caso es que el hombre se oía amenazante y de repente pareció golpear a la mujer. Ella no se quedó quieta pues le pegó una cachetada pero el hombre lanzó mucho la siguiente vez y la mujer cayó al suelo. El tipo se le acercó para mirarla pero la mujer lo tomó de la mano y quiso como tumbarlo pero no pudo. El tipo la pateó de nuevo y entonces la tomó por la ropa y la lanzó, sin problema, a la piscina. La mujer empezó a chillar y trataba de gritar peo no podía.

 La escena no duró demasiado. La mujer dejó de hacer ruidos y entonces el hombre miró a todos lados, excluyendo hacia arriba. Recogió sus cosas y se quedó mirando más tiempo hasta que por fin se fue, dejando el cuerpo inerte de la mujer flotando en la piscina. Adriana no sabía que hacer, solo su instinto la empujó a retirarse del balcón, cosa que la hizo tropezar con una pequeña matera que se rompió y regó todo su contenido por todos lados. No solo eso, sino que se lastimó un pie de la nada y encima había visto a alguien morir o, mejor, ser asesinado.

 Se preguntó si lo mejor en esas ocasiones sería llamar a la policía o esperar a que llegaran para preguntar si la información era correcta. No, lo mejor tenía que ser llamar de manera anónima y denunciar lo que había visto. Podía fingir la voz como pasaba en las películas, así no sabrían que era ella la único testigo en la muerte de una mujer que ni idea quien era. Se arrastró al teléfono, pues todavía estaba allí de la caída, y marcó el número de la policía pero colgó rápido porque no estaba nada segura de lo que estaba haciendo.

 Esa mujer era un ser humano y no merecía flotar en esa piscina hasta la mañana, siendo una sorpresa para el grupo de ancianos que hacía ejercicios en agua todas las mañanas. No, tenía que hacerlo. Tomó bien el teléfono, marcó y con agilidad se tapó la cara con la chaqueta de su equipo nacional que le habían dado a su llegada al torneo. Cuando contestaron, habló a través de ella y dijo que quería denunciar un crimen. La pasaron a otra persona y luego a otra u estuvo a punto de colgar por la cantidad de burocracia en el ese momento.

 Pero por fin pudo contar la historia que había visto y la dijo con la mayor cantidad de detalles que pudieron ser recordados por su mente tranquila. Dio la ubicación del cuerpo y las señas del hombre, que no eran muchas por la altura pero algo era algo. Cuando preguntaron quién era ella, dijo que debía irse y colgó. En poco tiempo escuchó sirenas. Eran los policías que entraron al hotel y pronto vieron el mismo cuerpo muerto que ella había visto vivo.

 Se iba a alejar del balcón, para que nadie supiese que había sido ella la llamada, pero la no importaba porque el escándalo de la policía había hecho del lugar un foco de ruido y de luces potentes. Al cuerpo de la joven lo sacaron por fin varias horas después de discutir largo y tendido si habían despejado la zona de pistas y demás indicios que pudiesen llevar al asesino. Pero entonces ellos mismos sacaron la conclusión de que, tal vez, no era un homicidio sino un suicidio. Averiguaron cuál era la habitación de la muerte y, en efecto, tenía balcón que daba a la piscina.

 Al parecer, y era una coincidencia muy grande, la muerta dormía en la habitación directamente inferior a la de Adriana. Nunca la había escuchado pero era una persona muy simpática, muy hermosa. Ella la había visto alguna vez pero no había razón para que hablaran así que nunca lo hicieron. El caso es que era un mujer hermosa ahora estaba muerta y la policía no creía en lo que ella estaba diciendo. ¿Es que no había cámaras o algún tipo de vigilancia en las piscinas, con tantas cosas feas que pueden en las cercanías de una?

 Al parecer no era así. Era uno de esos hoteles que instalan varias cámaras de seguridad pero es más bien para que la gente crea que hay seguridad cuando en verdad esas cámaras son solo bonitas cajas de papel con cables sueltos pegados para que la gente crea que es otra cosa. Adriana se sentía frustrada porque la idea era hacer justicia por su propia mano o al menos con su ayuda y eso no había ocurrido. Estaba frustrada pero, a la vez, tenía una energía extraña adentro que jamás había sentido antes. Era más fuerte que todos o al menos así se sentía.

 Decidió llamar de nuevo a la línea de emergencias y esta vez no dudó en nada de lo que dijo y lo llamó asesinato varias veces. Dijo estar frustrada por el poco interés de la policía y tuvo que asegurarse de que su rabia no permitía que su voz se oyera como siempre pues eso podía ser peligroso. La mujer operadora le dijo que todo estaba anotado y que ahora era cosa de la policía hacer la investigación como tal. Cuando Adriana se fue a quejar de nuevo, la línea fue cortada y ella lanzó la bocina del teléfono hacia la pared, quebrándose en mil pedazos.


 Estaba frustrada y con rabia. Entonces timbraron y ella pensó que sería su padre, aunque él casi no iba a su habitación excepto en las mañanas. Abrió y era el asesino. Estaba segura. Parecía preocupado y pasó sin que se le invitara. Adriana no cerró la puerta pues pensó en salir por ella pero al ver la pistola que sacó el tipo del bolsillo, decidió no moverse. ¿Que estaba pasando? Era su deseo cumplido de una vida emocionante, más de lo que jamás hubiese querido.

sábado, 12 de noviembre de 2016

Takua Hotel

   The premise of the island was that any person in the world could get anything they wanted there. There was no limit for what the people that managed the place could provide. It could be someone to spend the holidays with or a really great adventure, the best sex of your life or maybe something that most people wouldn’t even think about. Everything was on the table or, at least, that was what the brochure said. David was very nervous on the plane, trying to figure out if he had done the right thing by spending so much money on that vacation.

 When the plane landed, his worries were soon a thing of the past. As people descended to the tarmac, it was impossible not to see the beautiful waters that surrounded the main island in the atoll and the lush and exotic vegetation all over the place. All the people that were in the plane were also watching and even taking pictures. David was going to imitate them but then a woman that worked for the hotel arrived in front of them and greeted them. She asked everyone to follow her and so they did, to what would be the terminal of the landing strip.

 The flight that had just ended was a private one, only for the people that had paid to live the experience of the Takua hotel. The journey had been very long from home, but David was very excited now and looking forward to everything the trip had to offer. When everyone was in the room, the woman told them that all electronic devices were barred from the island in order to have a better experience. So they needed people to put all of those objects in a small locker right there in the terminal. They would be able to open them with their electronic bracelets the day of their departure.

 Everyone complied and five minutes later they were in the docks just outside the terminal. The woman told them that, as everyone hadn’t come to have the same experience, they would not be staying in the same areas of the hotel. Some would go to the lagoon, others to the main island and the forest and others to an artificial island, which was on the other side of the atoll. Three boats were ready and she called people one by one, reading from a list. Once everyone was ready she reminded them to follow instructions and to have a nice stay. The boats departed as she waved to them.

 The boat ride was short for David. Apparently he would stay in the cabins that were located in the main island, surrounded by the lush forest. When they arrived there, another hotel person greeted them. Her name was Valery and she asked them to ask any questions they could have. Someone then asked when would their experience begin. She smiled at the question and told them that it would begin differently for everyone. She gave everyone yellow bracelets with a number and told them to go find their rooms, luggage would be already there.

 David got a nice cabin that was as close to the water as it was to the forest. The only thing that he didn’t like was the fact that bugs may enter his room but he was assured, the following day, that there were no bugs in the island. He thought that was weird, but he didn’t dwell on it. The first night was great: the bed was just perfect, as was the weather. He had regained the energy he had lost through travel and he was ready to meet his experience, whatever that was. The first thing he did was shower and then go to the breakfast buffet because he was starving.

 As he was choosing some fruit, he noticed there was only one remaining passion fruit and he loved that fruit. So he grabbed it but then someone else wanted the fruit too. Their hands touched and they both recoiled as if the had been burned. He looked at the guy and David was instantly attracted to him. It was a very strange feeling because he had never seen that person before but, somehow, he felt he really liked him. David asked him to take the fruit; he could have it some other time. The guy wanted him to take it. Finally, they both had passion fruit as more was served in a second.

 They decided to sit together, as they both had come by themselves. Actually, everyone in that place was alone or meeting people there, which maybe had something to do with their desires. But David was not thinking too much about that. He was asking the guy his name and where he had come from. His name was Michel and he was from Paris but his parents were immigrants from Africa. He started telling David his story and it was so interesting that David didn’t notice all the food from the buffet had been taken away because of the hour.

 They decided to keep talking, walking around the island, discovering the place together. David confessed that he didn’t really know what he had wanted to achieve by coming to the island because he wasn’t even sure of what he was looking for or what it was that he wanted from life. Michel told him he was more certain than that but that he was open to anything that could happen in life. He wanted a better job for himself but also to please his family by getting together with someone and having a family or something like that.

 Both men decided to meet again later for dinner and so they did. The mood was strangely romantic but nothing really happened besides a lot of flirting and maybe holding hands for a short time. David was very happy, as he had not been in a long time. He felt as if he had gone back in time, just as a boy in school who is excited about meeting people and having their first crush, That was exactly how it felt and it was very strange but he intended to enjoy it thoroughly.

 His stay was of one week. And he spent almost everyday with Michel. They explored the island together by foot, kissed in the middle of the jungle and swam together in the lagoon, playing around with seashells and other things they found. David loved to watch Michel swimming and then walking towards him, dripping water. Somehow, that was very sexy to him. By the fourth night, David let Michel into his bedroom and they made love. It was very particular but even sex felt better there, it felt much more natural, easier if it makes senses.

 They both noticed it and they talked about it the next day in bed. They kissed a lot and then had breakfast in the buffet. But then, something really weird happened. Valeria, the woman who had greeted them the day they had arrived, approached them on the restaurant and told Michel that he had a “penalty point” because he hadn’t registered into his room the night before. David didn’t believe what she was saying. But then again, other people from the hotel’s staff, were apparently having the same conversation with other guests.

 Michel responded to her saying that he had the best sex of his life that night, so not following those rules had been a good idea. The woman didn’t laugh or seemed even annoyed by the comment. She just repeated that he had that “penalty” and that if it happened again, he would be “invited to leave the island”. And then she left, leaving them with their mouths open and wondering if that had been just to play with them or an actual thing that hotel had. It was a very weird situation but they forgot about it later, during sex in Michel’s room.

 They decided to respect the rules but not fully: they would have sex in each other’s rooms but not during the night. They would go have something to eat or hike or swim after that. The truth was that both of them had the best week of their lives there. When time come to leave, people from the hotel told everyone that each person would be picked up individually in their rooms with their luggage and then taken to the landing strip by boat. They came for David just after lunch, which he had with Michel. He was not on the boat and then, not in the plane.


 Everyone was leaving at the same time, that’s how it worked. But why was the plane taking off without Michel. Maybe he had forgotten to take his phone from the locker or something. But as the plane flew over the island one last time, the guy besides him smiled and asked: “¿You thought it was real, right?”. And David realized that that was exactly what had happened. He had bought into the hotel’s experience and now he had the best memories with someone that wasn’t real. Or was he?

viernes, 11 de noviembre de 2016

Natsukashii

   Apenas aterrizó el avión, empecé desesperadamente a revisar todo lo que tuviera que ver con la ciudad: el clima, el tráfico y otro sinfín de cosas que ya me sabía. Supongo que era porque hacía mucho tiempo que no iba allí, desde que había vivido durante un largo tiempo hacía más de diez años. Cuando tuve mi maleta en la mano, recorrí el camino que todavía me sabía de memoria hacia la estación del tren. Nada había cambiado excepto que ahora la parada del aeropuerto ya no era la terminal. Pero para el caso era lo mismo, según recordaba ese tren siempre iba lleno hasta la ciudad.

 Tuve que esperar un rato a que llegara el tren. Aproveché para verificar la dirección del hotel, uno que quedaba a solo unas calles del lugar donde había vivido. Me daba lástima solo tener dos noches allí pero el dinero que había gastado valía la pena. Avisé por el celular a Fran que ya había llegado. Él estaría apenas despertando pues era viernes, día de no trabajo para él y le fascina dormir como un oso todo el fin de semana. Y si no estoy yo para acosarlo para que salgamos o hagamos algo, entonces se la pasa en pijama todo el día sin hacer nada.

 Le escribí que lo amaba y que nos veríamos pronto. Dos noches no son mucho en una ciudad. El tren llegó y me aseguré de subir rápidamente pues sabía bien que el tren se llenaba bastante y ahora que la estación no era terminal, pues era aún peor. Logré sentarme en una de esas sillas plegables que ponen en la zona donde deben ir las bicicletas. A medida que el tren avanzaba, me sentía más y más emocionado. Era un sentimiento extraño que me llenaba pues no era solo felicidad sino una nostalgia extraña, casi melancólica.

 El tren cruzó la planicie que separa el aeropuerto de la ciudad. Como era verano, todavía había luz de sol y se podían ver las montañas. Recordé como me gustaba ir a caminar por esa zona. Me dolían mucho las piernas pero valía la pena por la vista y porque sentía que el mundo era solo mío cuando me paseaba por esos lados. Era una sensación tan extraña como la que sentía ahora que no veía ese lugar hacía tanto tiempo. De repente, el tren entró en un túnel y supe que habíamos entrado en la ciudad. Dos paradas más adelante, me bajé con una multitud.

 Tenía la opción de caminar unos 15 minutos o de tomar el metro. Me decidí por lo primero porque era la oportunidad perfecta de ver si la ciudad seguía igual o si algo había cambiado. Salí de la estación y confié solo en mis recuerdos, sin consultar el mapa en mi celular. Empecé a caminar por las calles que me sabía como la palma de mi mano. La verdad era que, aparte de algunos negocios que habían cambiado de dueño y algunas remodelaciones menores, el barrio que separaba la estación del hotel, estaba exactamente igual.

 También había vivido por esa zona y me di cuenta en un momento que no estaba caminando más, sino que me había quedado quieto, incrédulo de verlo todo de nuevo. Quería hacer rendir mi tiempo en la ciudad pero estar allí me producía muchas emociones que no podía explicar. Seguí caminando y pronto el calor me hizo dar cuenta de que debía llegar al hotel lo más pronto posible. Apuré el paso y estuve allí en unos minutos. Si algo me gustaba de esa ciudad, era que se caminaba muy fácil por ella y perderse era casi imposible.

 El hotel era uno de esos dirigidos a un público específico. No tengo ni idea porque lo elegí, sobre todo para solo dos noches. Supongo que fue el hecho de que durante todo el tiempo que viví allá, siempre pasaba por enfrente y quise saber como era por dentro. Y mi imaginación había acertado pues tenía todo el arte contemporáneo que había supuesto, más un diseño de vanguardia que me hacía sentir como si estuviese en la mitad de la semana de la moda o algo por el estilo. Me dieron en minutos la tarjeta de mi cuarto y subí casi corriendo para cambiarme y volver a salir.

 Me puse ropa más acorde al calor que hacía y salí a la calle para aprovechar el par de horas que había hasta que el sol de verano decidiese desaparecer. Esta vez si me dirigí al metro y compré un boleto de dos días. Seguía siendo más caro que el de diez viajes pero ese no tendría sentido en mi corta estadía. Me encantaba ver que el transporte seguía siendo tan eficiente como siempre. La gente en el tren estaba toda en lo suyo pero yo los miraba a todos y me sentía fascinado por cada cosa que veía, pues todo me llevaba a un pasado que no sabía que extrañaba.

 Cuando salí a la calle, el montón de gente en el centro me asustó por un instante. Se me había olvidado cómo era ver esa marea de gente ir y venir por todas partes. El estómago me rugió, lo que me ayudó a recordar que no me habían dado nada de comer en el avión y que mi desayuno no había sido precisamente el mejor. Decidí caminar por entre la multitud para encontrar un buen sitio para comer. Menos mal, no tuve que ir muy lejos para ello. Apenas a dos calles del metro encontré un restaurante con terraza, lo ideal para mi pasatiempo de ver gente pasar.

 La cena estuvo deliciosa. Como ahora tenía más dinero que cuando vivía allí, aproveché para pedir una entrada, un plato fuerte, un postre y complementarlo todo con un buen vino recomendado por el entusiasta mesero del lugar. Hablé con él de lo que recordaba y de lo que no y me dijo que esa ciudad parecía rehusarse a cambiar demasiado. Era muy distinta a mi ciudad natal, que cambia de cara completamente cada diez años. El que no la visite seguido, no la reconoce.

 Esa noche caminé mucho y solo paré de recordar y tomar fotos como turista cuando me di cuenta que ya era muy tarde. Al otro día tenía planes y no quería que cambiaran. Al llegar al hotel, vi una pareja en la recepción y tengo que confesar que me puse como un tomate cuando uno de ellos me miró y me guiñó un ojo. Eso me hizo sentir raro pero, en el ascensor, recordé que no era algo tan raro en esa ciudad. Era el único lugar donde la gente era tan abierta y se sentía tan libre como para hacer algo así. Por alguna razón, quise contárselo a Fran.

 Al otro día le escribí, mientras me ponía la ropa para ir a la playa. Ese sería mi destino durante la mitad del día. Me sabía la ruta de memoria todavía: caminaría solo un par de calles para llegar a la parada de autobús que me servía. Antes de salir verifiqué que la ruta todavía estuviese vigente, porque nunca se sabe. Pero veinte minutos después ya estaba en el bus, que estaba tan lleno como lo recordaba todo los sábados. No solo había locales yendo a la playa y al sector cercano sino varios turistas a los que se les notaba a leguas que no entendían mucho del lugar.

 Siempre me había hecho gracia eso, no sé porqué. Supongo que porque allí yo no me sentía perdido, en cambio en otros lugares sí me había ocurrido. Me quedé pensando en ello durante el recorrido y luego me arrepentí de no haber tomado fotos para que Fran las viera. Cuando me bajé del bus caminé durante unos cinco minutos a la playa, que seguía tan estrecha y abarrotada como siempre. Solo estaría un par de horas, así que me daba igual. Las aproveché para tomar algo de sol y ver si el tipo de gente que iba allí seguía siendo el mismo. Y sí.

Se sentía muy bien estar allí en la arena y cerrar los ojos para disfrutar de la caricia del sol que se sentía tan bien. Me di cuenta que hubiese querido tener a Fran conmigo pero ya tendríamos tiempo de hacer un verdadero viaje juntos. Esto solo eran dos días que había tomado de mi trabajo y no eran lo suficiente para volverlo a ver todo. Tomé el autobús de vuelta pero me bajé en el barrio en el que había vivido y lo recorrí todo. Estaba todavía la tienda para adultos en la que había comprado un par de cosas en ese entonces y decidí entrar.


 El tipo que atendía era modelo, se le notaba. Y era muy amable. Decidí comprarle a Fran una bermuda y unas medias que me gustaron mucho, que podía usar para hacer ejercicio o para… Bueno, para otras cosas. Sonreí todo el tiempo, mirando lo que había en toda la tienda e incluso mientras pagaba por lo que estaba comprando. El tipo me miró y sonrió también, preguntándome por qué lo hacía. Le dije que estaba sintiendo muchas cosas a la vez por el pasado pero el presente solo me hacía sonreír.

sábado, 15 de octubre de 2016

Change of pace

   Nicole had been watching birds professionally for about five years. Before that, she had been working in some laboratory where she helped create many types of perfume. But after so many years, she had grown very annoyed by the smells and also the tense environment in the workplace. Not many people would think that working creating the world’s most delicious scents would be tense but it was and she wanted out but didn’t know how to do it. She couldn’t just quit because she could lose many benefits but working there longer was not an option.

 As she decided what would be her alternative path, Nicole decided to take advantage of a two week paid vacation leave that she hadn’t used during her time working for the lab. She thought the best place to go was a quiet one, where people would not be all around her asking things and talking all the time. Nicole certainly did not appreciate that at all. She looked it up in the Internet and soon discarded going to a grand European capital or to one of those luxurious seaside hotels. Too many people in both. Instead, she chose a retreat in the forest, more private and adequate to her needs.

 Nicole arrived a Friday afternoon to the retreat and realized she had chosen the right place to go and relax. Even the staff of the hotel was gentle and not scandalous. The man in the hotel’s reception told her that they owned almost thirty cabins all around the forest and that they were all connected through dirt paths. A young man grabbed her suitcase and put it in a golf cart and helped her to her assigned cabin. It was beautiful, very small but very cozy at the same time. She had asked for a one bedroom one and it was just perfect.

 It had a small bedroom, a very modern bathroom and a living room with a small kitchen space, which worked on electricity. There were not television sets, radios, phones or any type of Wi-Fi connection in any of the rooms. The only place from which a person could do any of those things was the reception structure. As the boy left after leaving her suit case in the cabin, Nicole checked and realized she was really disconnected from the world: her cellphone had no signal whatsoever. She finally felt free and seemed very excited for what may happen.

 As she had arrived in the afternoon, it wasn’t a good idea to wander around the forest, as darkness would be upon her soon. Instead, she decided to use the bathtub and enjoy it thoroughly with hot water and the relaxing sound of the wind among the trees. After that bath, it was very easy for Nicole to just get into bed and fall asleep in a very short time. She never did that back home but she felt so tired from the road trip to the hotel that she fell asleep right away. She had a dreamless sleep that lasted for several hours.

 When she woke up, it was ten past ten. When she saw the time in her watch, she got scared for a moment but then remembered she was on a holiday and not working in the laboratory. She could sleep for as many hours as she wanted and waking up at six in the morning was not mandatory anymore. She decided to check out the kitchen and, just as the brochure said, you could pay for it to be fully packed with things from day one of your stay. So she decided to cook herself a scrambled egg breakfast with some orange juice.

 As she ate it all in a small table by a window, she heard the forest: there was no silence but a magnificent amount of sound coming from every direction. She wondered if that would help her think or would come against her at some point. Nicole decided to take a walk after eating and wandered around the paths for several hours until she realized she didn’t quite now where she was. She had not been smart enough to borrow a map from the reception and asking someone for directions didn’t seem to be a real possibility.

 It was just then when she heard a whistle and the distinctive sound of a photography camera. There was someone near her. She walked around trying to identify the source of the sound but she couldn’t find anyone. Growing a bit desperate, she stepped into some rocks and her feet glided over them ass the moss covering them was very slimy. Nicole stumbled to the ground, hitting her behind hard against the ground and one of her legs being seriously hurt. It wasn’t long before a bearded man, about her age, appeared very close.

 He didn’t ask her anything. He just grabbed her as if she was weightless and carried in a jog to the reception, where they had the infirmary. The doctor there told Nicole she had twisted her ankle but that it wasn’t too bad. She could prevent swelling with a special cream and should prevent movement at all costs. He offered her some crutches to use around but she declined, saying she did feel like she needed them. She would rather enjoy the rest of her stay by just being careful and resting a bit for the next couple of days.

 Nicole wanted to thank the man that had carried her to the doctor but he had left in a huff. Apparently there was something much more important he had to do than checking if the person he carried was all right. Nicole tried not to think a lot about that, instead just been taken to her cabin in a golf cart. There, she decided to rest in bed for a while. When she about to fall asleep, she heard something like a whistle again. She hadn’t solved that mystery before and she wanted to know what was it.

 She stepped out of her cabin once again and tried to hear where the sound was coming from again but there was no more whistling. Instead, she could perfectly hear the wind passing through the trees, which was a very soothing sound. Breathing slowly with her eyes closed, Nicole realized how precious it was to be in a place where the sound of the wind could take you to so many places at once. It was the best experience ever. She had never been in any trip where she could actually distance herself from her life but this time it seemed different.

 The next day, she was lucky enough to stumble upon the man with the beard. She found him reorganizing some things by the main path. Nicole thanked him for his help and tried to shake his hand but he didn’t even look at her. He seemed immersed in something she couldn’t understand. When he finished whatever he was doing, he left the path immediately and started walking towards the deepness of the forest. Not really understanding why, Nicole decided to go after him, almost having to run in order to not to miss him among the trees.

 She finally reached him in a clearing where he sat down on the floor and, with a gesture, asked Nicole to be quiet. He grabbed a camera from his backpack and waited, apparently only hearing the sound of the woods. She heard them too, trying not to make a sound. Then, the man whistled in a very specific manner. When he did, it seemed to be very precise. And it was. Out of nowhere, a flock of small birds flew over the clearing, some of them landing among the dried leaves. The man took several pictures before the birds left.

 When she realized she could speak again, Nicole asked the man how he knew what sound to make in order for them to come and what was he doing in that place. He told her he was a ornithologist, a bird expert and that he was creating a complete catalogue of every bird in the forest. He told Nicole that it was a very difficult job but that it was very rewarding as birds weren’t as selfish and evil as men. He confessed he didn’t really like people. After he said that, he looked Nicole straight in the eye and stretched her hand to hear. His name was Quentin.


 That day, and all the following days in which Nicole had decided to remain in the woods, Quentin would tell her all the tricks to get the best pictures of the birds. He would also take pictures of other animals and of the trees. He found nature fascinating at it most simple. Nicole was so enthralled by all of this that she decided it was time to make her next move. When she came back to the city she quit her job and applied to one in the university to be Quentin’s assistant. The pay was better making perfume but her life felt so much lighter and improved in the forest, in peace.