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viernes, 13 de abril de 2018

Belleza e inteligencia


   Cuando salí de allí, me sentí como todas las veces anteriores. No puedo decir que mi actitud frente a semejante situación haya cambiado y tampoco puedo decir que estuve pensando acerca de todo durante los siguientes días. La verdad es que no fue así. A veces todavía recuerdo algo y es un pensamiento pasajero que no pretende quedarse sino que está allí solo para recordarme que algo que pasó fue verdad y que en mi cerebro está todo guardado acerca de lo que he hecho en toda mi vida, lo bueno y lo malo.

 El sexo es solo eso o al menos eso creía hasta hace poco. He estado en tantas situaciones relacionadas a ese tipo de interacción humana, que a veces se torna algo repetitivo y se deja de notar lo que es diferente, lo que puede hacerlo especial. Y, por supuesto, lo que cambia todo es la persona con la que estás en ese momento. Todo cambia, todo se transforma cuando es una persona o es otra, según todos sus aspectos físicos y, también, por sus rasgos sociales y su personalidad única.

 Incluso puede que no sea lo mismo estar con una persona ahora, que sea tu pareja romántica, y luego volver a verla después de muchos años para un breve momento sexual. A veces, ojalá, parecieran ser dos personas diametralmente distintas y no la misma. Incluso una misma persona puede cambiar en ese aspecto, dependiendo de lo que haya vivido y lo que haya aprendido o mejorado en su personalidad y habilidades. Las personas son las que dan el ingrediente secreto en las relaciones intimas.

 Eso sí, hay situaciones bastante particulares que ayudan a que todo sea un poco más especial o, tal vez especial no sea la palabra, pero no hay una mejor que se me ocurra en este momento para describir cuando el sexo deja de ser eso que casi hacemos por preservación y naturaleza. Comenzar sin ropa o con ella puesta, estar en un cuarto oscuro o bien iluminado, que hayan dos o tres o más personas allí, hacerlo en una cama o en otro tipo de mueble o incluso en una habitación diferente a un cuarto como tal. Todo influye.

 Por eso la última vez no salí pensando nada diferente ni con pensamientos recurrentes en mi mente. Aunque los besos de una persona en especial eran tan dulces como los que había soñado alguna vez, y aunque su cuerpo era extremadamente suave y hermoso, incluso eso se escapó de mis pensamientos minutos después de salir de allí. Todo lo que había hecho, ya había ocurrido antes. Tal vez en otro lugar y seguramente con otras personas, pero ya lo había vivido y por eso no se quedaron conmigo las imágenes gráficas de los momentos del último día.

 Sin embargo, ahora que en verdad me pongo a pensar en todo el asunto, en esta última ocasión sí que cambiaron algunas cosas, sobre todo mi actitud al respecto. Por ejemplo, nunca he sido la clase de persona que juzga a los demás por su aspecto físico. Obviamente noto las diferencias obvias que puede haber o cualquier rasgo muy evidente, pero jamás me burlaría de nadie por ello. Creo que esa es la forma más baja y francamente desagradable de discriminación. No va con nada de lo que creo.

 Pero me vi a mi mismo dándome cuenta de que algunas cosas que había pensado alguna vez son ciertas, al menos desde mi punto de vista. Las personas que son demasiado atractivas, que parecen cumplir cada una de las reglas de los estándares de belleza actuales relativos a los hombres, esas personas no me gustan para nada porque saben muy bien que todos los demás los seguirán hasta el fin del mundo precisamente por esa razón. Ese cuento que nos dijeron, que la gente no se deja llevar por las apariencias, es mentira.

 Lo vi todo con mis propios ojos: un cuerpo perfecto y una masa humana se movía alrededor de esa persona como si estuvieran ligados por alguna suerte de magia o por un magnetismo inimaginable que no los deja alejarse demasiado. Pero la razón principal es más simple: a la gente le gusta estar con alguien así, aparentemente perfecto, porque creen que así subirán un escalón en la escalera social. Esto aplica, y es de este grupo que hablo más exactamente, para los homosexuales. Sobra decir que soy uno de ellos.

 Sin embargo, la belleza que cumple las reglas de las revistas nunca ha sido atractiva para mí. Es decir, puedo apreciar a una persona que tenga todo lo que se supone que debe ser un hombre según los medios, pero no necesariamente quisiera tener relaciones sexuales o una relación romántica con esa persona. Sé que suena a cliché pero lo que hay dentro también cuenta, y no me refiero a los sentimientos sino a la inteligencia. Los primeros son relativos y lentos, pero lo segundo está ahí o no está. Es simple.

 Y no, no estoy diciendo que todas las personas con gran belleza tengan poca inteligencia. La cosa no es tan simple como eso. Hay todo tipo de combinaciones posibles y hay que darse cuenta cual es nuestra preferida personal. Por ejemplo, a mi me gustan las personas cuya belleza no es obvia, requiere de un lente especial por así decirlo, pero que también tienen algo dentro de su cerebro para aportar a una conversación e incluso aprender de ello. Eso sí, nadie demasiado inteligente o simplemente no podré seguir ninguna de sus conversaciones.

 Lo que hay que buscar, creo yo que en cualquier ocasión, es un balance entre esas dos características principales: la inteligencia y la belleza. La primera es clave porque allí reside casi todo lo que tiene que ver con la personalidad del ser humano. Allí están sus series favoritas, sus características más particulares y su historial de vida. Lo segundo es también importante porque en esta época más que nunca somos seres visuales, y todo entra por los ojos. Los sentimientos no tienen esa capacidad, por mucho que algunos lo crean.

 Sobra decir que no creo en el amor a primera vista o en cosas de ese estilo. Creo que la mayoría de personas que lo hacen, viven en un mundo idealizado en el que las cosas son como ellos quieren que sean y no como son en realidad. Pero sé que a muchos les funciona vivir así y no soy nadie para arruinarle el estilo de vida a nadie. Si crees en algo y te funciona a ti, hazlo. El hecho de que yo, o cualquier otra persona simplemente no pueda hacer algo, no significa que tu no puedas y viceversa.

 De todas maneras, creo que he tenido tantas experiencias con el sexo que sé mucho más sobre apariencias y atracción que la mayoría de personas. Algunos creen que las cosas simplemente fluyen y que todo pasa por el azar de la vida o la voluntad de los dioses o algo así. Y puede ser que en parte sea así, pero somos humanos y casi todo lo que nos sucede lleva nuestra marca o la de alguien más como nosotros. Muchas cosas que nos pasan, lo hacen porque alguien hizo algo para que pasaran.

 Me doy cuenta de que me empiezo a enredar y por eso es necesario decir que disfruto lo que hago y no me arrepiento de nada. No me arrepiento de alejarme esa noche de la gente obviamente atractiva, gente que nunca me verá como un igual sino como un personaje menor. Y siendo mi vida mi historia, no quiero ser un personaje menor y mucho menos que me traten como uno. Quiero ser un protagonista con todo lo que eso significa, con el poder de hacer lo que yo quiera, como yo quiera, con quién yo quiera.

 Después de todo, creo que esa noche sí me hizo pensar más de la cuenta pero no por las razones que uno pensaría. No fue el estar enojado con los demás por ser un rebaño más, ni tampoco el hacer algo que preocupó, me emocionó y alegró por un buen rato.

 Creo que pienso demasiado en todo esto porque ese soy yo, porque preocuparme y pensar las cosas hace parte de mi. No me hace mejor que nadie ni peor que nadie, solo es una de muchas características ocultas detrás de las dos cosas que veo en los demás.  

lunes, 9 de abril de 2018

Sin ropa

   Sin ropa, completamente desnudo, me he podido dar cuenta de quién soy. Puede sonarle extraño a aquellos que se ocultan detrás de su ropa, detrás de sus vidas programadas y de lo que saben y quieren y conocen. Pero para mí, estar sin ropa es una manera de volverme más fuerte porque no hay nada que me puedan quitar fisicamente cuando no tengo nada puesto. Es como un escudo que se activa solo cuando estoy desnudo, como un poder secreto que me gusta creer que tengo, como uno de esos héroes de las películas.

Me gusta quedarme desnudo un rato después de salir de la ducha.  Me acuesto en la cama boca arriba y miro el techo como si mi vida apareciera allí, hecha película, proyectada a un ritmo vertiginoso. Me pongo a pensar en todo lo que me hace dudar y en todo lo que he hecho que está mal. No soy una persona perfecta, de hecho creo que soy exactamente lo contrario. He cometido muchos errores, incluso sabiendo que los cometía y más de una sola vez. No tengo disculpas en la mayoría de los casos.

 Sin embargo, no creo que nadie pueda juzgarme por eso. Todos hacemos cosas y tal vez lo que yo haya hecho sea peor pero no puedo torturarme todo el tiempo por las estupideces que hago. Simplemente nadie puede vivir así o sino respirar se haría tan dificil que cualquier día de estos se amanecería muerto en esa misma cama donde a veces se duerme de una manera tan relajada. Aunque otras… Otras noches no son tan tranquilas y cerrar los ojos se convierte en una tarea monumental.

 Cuando estoy sin ropa, la verdad siempre tengo los ojos abiertos. Además, trato de sentir todo lo que tengo alrededor, cada roce, cada brisa y cada recuerdo o pensamiento que parece materializarse a mi lado. Es algo muy extraño y no pretendo que todo el mundo lo comprensa, pero es algo que me ha ayudado por mucho tiempo y no pienso dejarlo de lado ahora. No ahora que necesito estabilidad más que nunca, no en momentos como estos en los que todo parece no dejar de moverse.

 Es en esos momentos, después de limpiar mi cuerpo, en los que analizo varios cosas relacionadas al hecho de estar desnudo en mi habitación. Una de esas cosas es que mi relación con mi cuerpo ha cambiado constantemente a lo largo de mi vida. Algunas personas creen que lo que hago es solo exhibicionismo y que lo único que deseo es que la gente me mire y me ponga atención. ¿Y saben qué? Tal vez tengan razón. Pero la verdad es que es algo más complejo, que no se puede explicar en una conversación de café. Toma más tiempo y un interés que nadie nunca ha mostrado.

 Muchos creen que me encanta mi cuerpo o mi manera de ser, solo por el hecho de tomarme fotos así desnudo, tapando las partes claves para no ser expulsado de todas partes por las armas vivientes de la moral y las buenas costumbres. No, no tengo el cuerpo de aquellas estrellas de las películas para adultos ni soy ese con el que quisieran amanecer, ni uno ni muchos días en el año. He oído palabras amables a lo largo de mi vida pero la mayoría son solo eso, palabras que tratan de alterar una verdad muy rigida.

 Este es un mundo en el que cada persona sabe muy bien si entra o no en los parametros de belleza preestablecidos, no es un misterio de la vida ni algo imposible de descifrar. Y no estoy diciendo tampoco que esté de acuerdo con todas esas reglas estupidas que muchos, al final del día, ignoran olimpicamente. El punto es que entre hombres homosexuales, como yo, es innegable el hecho de que la apariencia física es uno de los factores más importantes a la hora de encontrar una pareja.

 Cuando digo pareja me refiero a cualquier tipo de interacción, sea sexual o romántica o ambas. El punto es que entre hombres que gustan de hombres, el físico es más importante y eso incluso entre los que tienen gustos que se salen de las normas de la belleza dictadas por revistas y personas que tienen en mente solo sus gustos personales y no los de las personas que conforman el diario vivir como lo pueden ser ustedes o lo puedo ser yo, o la cajera del supermercado o el conductor del bus.

 El punto es que sé quién soy y no me miento a mi mismo acerca de ello. Me hace gracia los que se ofenden y se indignan al oírme decir cosas de este estilo, como si todo fuese producto de una alucinación mía causada por el hecho de que nunca he tenido una relación estable o incluso de que mi busqueda infructuosa de trabajo me tiene tan mal que empiezo a decir una sarta de estupideces por pura falta de oficio. Y no, no lo dicen así pero a veces las acciones y actitudes hablan por si solas.

 Además, lo he vivido. Tanto hombres promedio como hombres que entran en las normas de belleza actuales, todos ellos siempre elijen la segunda opción si pasa que yo soy el primero en la lista de solo dos. Me ha pasado y lo he visto en mi cara, y por eso me ofende cuando alguien no cree que sea algo que suceda de verdad. Tal vez es porque la gente no se da cuenta lo ofensiva que puede llegar a ser o de pronto es que las personas, los hombres homosexuales, simplemente no quieren que se creen más estigmas a su alrededor, no cuando ya se tienen tantos y tan negativos.

 Pero mi lucha personal no tiene nada que ver con que me gusten los hombres y suceda que yo tengo un pene en mi calzoncillos. No tiene nada que ver con el hecho de que uso mi cuerpo, me uso a mi mismo, para probar que este empaque imperfecto sí tiene una importancia en la vida y la ha tenido en la mía. Y es cierto que la actitud cambia la manera en como la gente te percibe pero a veces ni la personalidad más explosiva es cambiar de contrarestar lo que nunca va a cambiar, por mucho que se intente.

 El que dijo eso de que la belleza interior es lo que cuenta, seguramente era ciego o vivía una vida muy recluida. Todo entra por los ojos en este mundo y más aún ahora, en este mundo moderno en el que todo es visual y no se puede escapar a que nos quieran vender algo, sea un producto real o una idea abstracta de lo que tal vez queramos para nuestras vidas. Abran los ojos y vean quienes usan para meternos todo por los ojos, sean toallas para el baño o unos suspensorios para usar en el gimnasio.

 Sí, tengo problemas con mi aspecto físico. No sé si todos los tengamos pero dudo que así sea. Solo los que quieren contentarse dicen eso pero la verdad es que hay unas personas que obviamente jamás tienen que preocuparse como se ven, no es algo que ocupe su mente. Para otros, en cambio, es muy diferente porque siempre tienen que estar pendientes de lo que se ponen, de lo que tienen encima. ¿Como no tener problemas con mi aspecto físico si todo lo que veo a mi alrededor me dice que no soy suficiente?

 Y antes de que me recomienden ir a un sicologo, el médico que vive de sacarle dinero a los idiotas, les aviso que esos problemas nunca desaparecen. No es que un día, después de años de terapia intensiva, se deje de pensar de golpe que se está muy gordo o muy feo o muy débil o lo que sea. La vida no funciona así y menos aún en este planeta, es esta sociedad en la que vivimos todos y a la que no podemos escapar, hagamos lo que hagamos. Es algo con lo que hay que vivir y hay que saber manejarlo.

 Por eso me desnudo, por eso tomo las fotos que tomo, por eso hago lo que hago a veces. Simplemente intento hacer lo mejor que puedo con lo que tengo y eso abarca todo lo que soy, no solamente lo físico. Pero este cuerpo, esta carne con huesos y grasa y piel, todo eso es lo que ve la gente cuando me acerco, cuando estoy en una entrevista de trabajo o quiero convencerlos de que tengan sexo conmigo. Esto es lo que ven y lo que sea que haya en mi interior, toma tiempo conocerlo y es igual con cualquier ser humano medio complejo.

 Tal vez todo esto solo sea aire para la mayoría pero dije lo que dije y aquí está.

miércoles, 7 de marzo de 2018

Un día a la vez


  Todo pasó en pocos segundos: el coche se lanzó apenas el semáforo pasó a verde y el transeúnte distraído, mirando la pantalla de su celular, tuvo apenas el tiempo de echarse para atrás después de haberse lanzado a la vía sin mirar si podía cruzar o no. Cuando dio el paso para volver atrás, se tropezó y cayó sentado en el suelo. Obviamente, todos los presentes y los transeúntes se le quedaron viendo, como si fuera la primera vez que veían a alguien caerse en público.

 Cuando Pedro se puso de pie, decidió caminar más en dirección hacia su destino para luego intentar cruzar por otro lado. No era una técnica para llegar más rápido ni nada por el estilo. Lo que quería era salir de allí corriendo y que dejaran de mirarlo como si acabaran de salirle tentáculos por los costados del cuerpo. La gente podía ser bastante desagradable algunas veces: podía notar que algunos habían tratado de ahogar una risa y otra sonreían tontamente, fracasando en su intento de parecer normales.

 Pedro se alejó del lugar y miró de nuevo la pantalla del celular, esta vez caminando por donde debía y despacio, para no tropezar. Se llevó una sorpresa bastante desagradable cuando se dio cuenta del corte transversal que había en la pantalla del teléfono. No había estado ahí hacía algunos minutos. Ahora que lo pensaba, Pedro había mandado las manos al suelo para evitar caerse por completo, algo en lo que había fracasado. Pero en una de las manos sostenía el celular. Eso explicaba el daño.

 Suspiró y siguió mirando la información que le habían enviado hacía apenas una hora, de pronto un poco más. Lo necesitaban de urgencia en una empresa para que hiciera una presentación que ya otros habían hecho miles de veces. El problema era que esos que habían hecho la presentación en repetidas ocasiones no estaban disponibles y por eso le habían avisado a él, en su día libre, para que fuera e hiciera la presentación en nombre de la empresa para la que trabajaba como independiente.

 A veces salían con sorpresas de ese estilo, haciéndolo viajar por toda la ciudad solo para demorarse una hora o a veces incluso menos en un sitio. Era bastante fastidioso como trabajo pero la verdad era que no había encontrado nada más disponible y sabía que su familia ya lo miraba de cierta manera al verlo todos los días en casa. No que las cosas cambiaran mucho porque todavía seguía en casa casi todos los días, pero al menos ahora podía mencionar que tenía un trabajo y que había algún tipo de ingreso después de todo. Lo único malo, ver pésimo, era ese horario “sorpresa”.

 Tontamente, se había bajado muy antes del bus y ahora tenía que caminar un buen trecho para poder llegar al edificio que estaba buscando. Estaba en una de las zonas más pudientes de la ciudad, no tan cerca de su casa. Había varios edificios de oficinas y muchos comercios de los que cobran por entrar a mirar. Los pocos edificios residenciales eran bastante altos y parecían un poco estériles, como sin gracia. Nunca había entrado a uno de esos pero estaba seguro de que eran muy fríos.

 Se guardó el celular, pensando en que ahora debía ahorrar también para comprarse uno nuevo. Caminaba ahora mirando su alrededor, lo que hacían las personas a esa hora del día, la hora del almuerzo. La gente se comportaba como abejas, había enjambres de seres humanos yendo y viniendo por todas partes. Había quienes iban a almorzar y otros iban precisamente a eso. Pero también estaban aquellos que van y vienen con papeles en la mano, con una expresión de urgencia en el rostro.

 Esos personajes eran de los que tenían que usar el poco tiempo que tenían “libre” para poder hacer varias cosas que no podían hacer en otro momento del día. Así era como iban al banco, a oficinas del gobierno, a pedir documentos de un sitio para llevarlos a otro. En fin, la gente usa el tiempo como puede y sabe que tenerlo es un privilegio. Para Pedro era extraño porque él no tenía ese tipo de responsabilidades, no tenía ninguna razón para comportarse como ellos pero, al fin y al cabo, él era un tipo de horarios.

 Llegó por fin a otro cruce de la avenida y por fin pudo cruzarla sin contratiempos. Ahora debía seguir un poco más y luego girar a la derecha para buscar un edificio de oficinas que había visto en una foto antes de salir. Siempre verificaba las direcciones porque no le gustaba tener que llegar a un lugar casi adivinando. Se sentía perdido y tonto cuando hacía eso, lo que era ridículo e innecesario porque hoy en día hay innumerables herramientas para saber donde queda cualquier cosa.

 Menos mal, pensó Pedro, había salido con tiempo de la casa. No solo porque el transporte iba a tomarse su tiempo en llegar a la parada y luego en recorrer la ciudad hasta el punto deseado, sino porque era mejor prevenir cualquier inconveniente e imprevisto, como el de bajarse antes del bus por no estar pendiente de las cosas. Y es que por estar revisando la estúpida presentación, pensó que el lugar al que había llegado era su destino y no lo era. Desde que había salido de su casa no hacía sino repasar y repasar lo que debía decir pero era difícil porque no era algo que conociera de siempre.

 De hecho, caminando ya con el celular guardado, se dio cuenta que todavía no estaba muy seguro de cómo debía de proceder. El hecho de que la mayoría de las personas allí serían mayores tampoco ayudaba mucho a tranquilizarlo. Le gustaba más cuando debía de hacer trabajos con personas de su edad e incluso con menores que él o niños. Sentía en esos caso que, por perdido que estuviese, podía navegar el momento para salir airoso de cualquier situación. Pero los adultos de verdad eran otra cosa.

 Casi siempre venían a la sala de juntas, o donde fuese la presentación o taller, con una cara de tragedia que no quitaban de sus caras en todo el tiempo que se quedaban allí. Eran peor que los niños en ese sentido, puesto que los niños al menos sienten curiosidad cuando se les estimula con ciertas palabras o juegos. Los adultos, en cambio, ya no tienen esa gana de querer conocer cosas nuevas y entender el mundo que los rodea, incluso cuando cierto conocimiento puede significar más dinero para ellos.

 Cuando por fin llegó al edificio de oficinas, Pedro miró su celular. Había llegado faltando pocos minutos para la hora, como de costumbre. Dio la información necesaria para entrar y en pocos minutos estaba instalándose en una pequeña habitación con una mesa larga que podía sentar unas catorce personas. Estaba nervioso, moviendo el contenido de su mochila de un lado a otro pero sin sacar nada y, por aún, sin saber porqué lo estaba haciendo, cual era la finalidad de hacerlo.

 Entonces empezaron a entrar. Primero fueron un par, luego otros más y luego todo el resto en una tromba llena de murmullos y palabras que no sonaban completas. Todos estaban vestidos de manera muy formal y él tenía jeans y una chaqueta de un color que parecía desentonar en ese ambiente. Conectó su portátil a un proyector y empezó la presentación que le habían encomendado. Tuvo que ir mirando algunos puntos en el celular y otros los improvisó un poco, lo mismo que hizo al final con las preguntas de los participantes.

 Por un momento, creyó que ellos se habían dado cuenta de su poca experiencia con el material. Sintió miradas y casi pudo jurar que había escuchado palabras en su contra, pero al poco tiempo todos se habían ido y él ya estaba bajando al nivel de la calle en el ascensor.

 Ya afuera, pudo respirar como si fuera la primera vez. Entonces se dio cuenta de que ya podía volver a casa, a pesar de eso significar otro largo viaje en un bus. En todo caso, ya no importaba. Había sobrevivido otro día de trabajo y seguro sobreviviría otros más.