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viernes, 19 de mayo de 2017

Solo bailar

   Practicar era lo principal. Todos los días se levantaba a las cinco de la mañana, tomaba la mochila que ya estaba llena con lo que pudiera necesitar y se iba a la academia. Allí, tenía un salón para él solo durante seis horas. En esas seis horas podía practicar lo que más le gustara. Usualmente trataba de ejecutar la rutina completa para ver cuales eran los puntos débiles o, mejor dicho, que podría mejorar de lo que tenía que hacer. Durante la última hora, tenía casi siempre la ayuda de la que había sido su maestra.

 La señorita Passy era una mujer ya entrada en años pero seguía siendo tan vigorosa como siempre. Durante su juventud en Francia, había decidido viajar como mochilera por el mundo. Por circunstancias fortuitas tuvo que quedarse más tiempo en el país de lo que hubiese deseado y por eso se quedó para siempre. Había estudiado danza clásica por años así que con la ayuda de amigos puso la academia, donde contrató a otros para enseñar varios estilos de baile.

 Para Andrés, practicar con ella era como hacer su rutina con el público más exigente posible. La mujer jamás se guardaba una critica y las hacía siempre en la mitad de la coreografía, sin importarle si Andrés se tropezaba y perdía la concentración a causa de su actitud. Un buen bailarín tenía que estar por encima de eso y poder corregir en el momento, sin dar un traspiés. Para el final de la sesión, eso era lo que el chico hacía y la mujer quedaba más que alegre por el resultado.

 Al mediodía, Andrés tenía que ir a trabajar medio tiempo a un restaurante para poder tener el dinero suficiente para no tener que pedirle a nadie ningún tipo de ayuda. La danza como tal le daba dinero pero jamás era suficiente. Para eso debía bailar con los mejores y en otro país donde su pasión fuese mucho mejor recibida. Había enviado videos y demás a varias academias y compañías fuera del país pero jamás le habían contestado. Así que su sueño de ser famoso debía esperar.

 En el restaurante debía limpiar las mesas después de que los clientes se iban. Además, era la persona asignada si, por ejemplo, alguien tiraba su comida al piso o se le caía un vaso con refresco o emergencias de ese estilo. Al comienzo se sentía un poco mal al tener que hacer un trabajo así, pero después de un tiempo se dio cuenta que necesitaba el dinero y no podía ponerse a elegir lo que le gustaba y lo que no de cada empleo. Ya era bastante difícil conseguir algo que hacer así que no lo iba a arruinar así no más. Sin embargo, se la pasaba todo el tiempo pensando en el baile.

 Cuando limpiaba las mesas imaginaba que sus manos eran bailarines dando vueltas por el escenario. Lo mismo pasaba cuando limpiaba los pisos y por eso era seguido que uno de sus superiores lo reprendían por no hacer su trabajo con mayor celeridad. El siempre se disculpaba y trataba de empujar el pensamiento del baile hasta el fondo de su cabeza pero eventualmente volvía y se le metía en la cabeza con fuerza. Era como un virus pero en este caso él lo quería tener, sin importar nada.

 Su trabajo de medio tiempo terminaba a las siete de la noche. Eso quería decir que cuando lo contrataban para una obra, tenía el tiempo justo para poder llegar al teatro y prepararse. Normalmente solo tenía media hora o menos para maquillaje y vestuario pero siempre lo lograba y nunca estaba demasiado cansado para nada que tuviese que ver con el espectáculo. Una vez en el escenario era como si hubiese estado viviendo allá arriba por muchos años, y así se sentía.

 Le encantaban las luces que oscurecían al público y se enfocaban solo en él. Le gustaba también vestir de mallas y sentir que su cuerpo se aligeraba sin la presencia de ropa innecesaria. Quitarse los zapatos deportivos que había tenido puestos en la tarde para cambiarlos por los duros zapatos de ballet, era para él un proceso casi parecido a una ceremonia religiosa. Era lo que más le tomaba el tiempo en la preparación y eso era porque para él era una parte esencial del espectáculo.

Una vez arriba, en el escenario, hacía su rutina de la mejor forma posible. No se retraía en ninguno de sus pasos y, sin embargo, tenía siempre presente las palabras de la profesora Passy. Corregía en la mitad del movimiento y seguía como si nada, disfrutando del baile que lo hacía sentirse sin nada de peso, como si flotara por todas partes. La presencia de otros bailarines y bailarinas era para él algo sin importancia. La verdad era que siempre se veía solo sobre el escenario.

 Lo mejor de todo era cuando la función terminaba y el público se pone de pie y aplaudía. Era como si hicieran un enorme muro de ruido que era solo para esos pocos que habían estado sobre el escenario. Lo mucho que lo llenaban esos aplausos y gritos, era algo casi inexplicable. Era un sentimiento hermoso pero muy difícil de explicar a personas que nunca lo hubiesen vivido en carne propia. Estar sobre un escenario era estar en un rincón del mundo donde la atención está concentrada solamente sobre ti durante un corto periodo de tiempo. Y eso es el cielo.

 Su llegada a casa era siempre, hubiese o no espectáculo, después de las once de la noche. Llegaba rendido pero siempre esperando el día siguiente en el que seguiría su camino hacia convertirse en el mejor bailarín del mundo. Era increíble como nunca se desanimaba, como no dejaba caer sus brazos y simplemente se rendía ante un mundo que no parecía muy interesado en lo que él hacía y mucho menos en recompensarlo por ello. Sí lo pensaba a veces pero no dejaba que el sentimiento negativo ganara.

 En casa se bañaba por la noches, con agua caliente. No se tomaba mucho tiempo allí adentro pero sí lo disfrutaba bastante pues era el momento en el que más se relajaba en el día. La ducha era el único lugar que sentía como seguro, en el que podía ser él mismo por unos segundos y no pasaría nada, no habría consecuencias. Si tenía que golpear la pared de la rabia, lo hacía. Si tenía que llorar, ese era el lugar. Era su lugar y su momento para sacar todo lo que le apretaba el pecho.

 Al salir de la ducha, podía respirar mejor. Usualmente comía algo ligero y se iba a la cama antes de que fuera demasiado tarde. Al fin y al cabo tenía que despertarse de nuevo a las cinco de la mañana el día siguiente para volver a empezar la rutina que, con el tiempo, le daría ese momento clave que él buscaba desde que era niño. Creía que la disciplina era la clave para conseguir que sus sueños se hiciesen realidad. Y si seguía así, eventualmente podría bailar en mejores lugares.

 Ya acostado, pensaba en otras cosas que no fueran baile. Con frecuencia sus pensamiento se iban con su familia pero pensar en ellos lo hacía sentir rabia. Ellos no habían querido que el bailara y mucho menos ballet. No les interesaba en el lo más mínimo poder verlo flotar en el escenario. Explicarles su proceso a ellos sería casi imposible y tal vez por eso no le interesaba en lo más mínimo hacerlo. Por eso era independiente, no quería tenerlos reclamándole encima todos los días.

 El único día que no ejecutaba su rutina eran los domingos. Ese día la academia estaba cerrada, así como el restaurante. Estiraba un poco en casa pero de resto, no hacia mucho. Veía películas o salía a caminar. De pronto por eso era que, para él, el domingo era el peor día de la semana. Todo tipo de pensamientos lo invadían, normalmente alejados por el baile. Además, se sentía algo inútil y se aburría.


 Pero la semana no demoraba en volver a comenzar y esa era su vida.

lunes, 20 de febrero de 2017

Temprano en el parque

   Salir a trotar tan temprano era para Víctor un privilegio. A él no le disgustaba para nada tener que levantarse antes de las cinco de la madrugada para salir. Se ponía los zapatos deportivos especiales que había comprado con tanta emoción, los pantalones térmicos que había pedido por internet y una como camiseta de manga larga que parecía más hecha para bucear que para trotar. A veces lo acompañaba su perro Bruno, si es que este no se resistía a salir por el frío que con frecuencia hacía por las mañanas.

 Ese lunes, Bruno tenía ganas de hacer sus necesidades así que tuvo que salir con Víctor a dar la vuelta de la mañana. Normalmente era un recorrido amplio que duraba una hora y media, tras la cual regresaba a casa bastante sudado y cansado, listo para ayudar a preparar a Luisa para la escuela y luego darse un largo baño caliente para descansar los huesos. Era su rutina y le había tomado un cariño extraño, tal vez porque hacer lo mismo seguido crea cierto sentido de seguridad.

 Bruno a veces corría por delante de Víctor, otras veces se quedaba oliendo cosas y se demoraba en alcanzarlo. Esa mañana el perro iba detrás pero recortaba la distancia de forma rápida y eficiente. Cuando llegaron al parque, Víctor aminoró un poco la marcha porque sabía que era el punto favorito para Bruno. Solo tendría que esperar un momento a que hiciera lo suyo. Tenía una bolsita plástica lista y sabía bien del cesto de la basura que había saliendo del parque, ideal para tirar la bolsita.

 Sin embargo, Bruno no se puso a lo suyo de inmediato. Corrió hacia un montículo y cruzó al otro lado, atraído por algo. No era inusual que hiciera cosas así. Víctor esperó a que volviera o diera alguna señal de que había hecho lo suyo. Pero Bruno no hizo ningún ruido. Estaba el parque en silencio y el frío parecía apretar más y más. Víctor llamó a Bruno pero este no respondió. De nuevo y nada. El dueño empezó a preocuparse por su perro, pues ahora sí pasaba algo muy extraño.

 Bruno por fin aulló. Víctor se hubiese sentido aliviado si no fuese por el hecho de que el ladrido parecía melancólico, como si algo malo le hubiese pasado al pobre perro. Víctor corrió a su búsqueda y lo encontró pasando una fila de árboles que daban una bonita sombra. En efecto el perro había hecho lo suyo y Víctor se disponía a recoger lo hecho. Pero cuando sacó la bolsita de su bolsillo, se dio cuenta de que no solo estaban allí Bruno y él, sino que había alguien más en el lugar. Se quedó de piedra mirando lo que tenía enfrente y no era la mierda de perro.

 Era un hombre. Un hombre tirado en el suelo, cabeza abajo, algo ladeada hacia el lado opuesto a Víctor. Por alguna razón, agradeció que así fuese. El perro caminó con suavidad detrás de Víctor: era evidente que estaba temblando y que no había respondido a los llamados de su amo por puro miedo. El cadáver, había que decirlo, estaba completamente desnudo. No había rastro alrededor de sus pantalones, su ropa interior o su camisa, ni siquiera una billetera o un cinturón. Solo él, ya gris.

 Víctor no llevaba su celular a trotar. Le estorbaba en el pantalón al moverse. Trató de no mirar más el cadáver y pensó en donde estaría el lugar más cercano para llamar a la policía. El parque estaba rodeado de edificios de apartamentos así que podría ir al más cercano, pedirle el teléfono al vigilante de turno y llamar. Caminó más allá del muerto y Bruno lo siguió, caminando sobre pasto seco y ramitas que se quebraban con caminar sobre ellas. Trataba de no pensar en esa piel y su aspecto.

 Llegó pronto al borde del parque. Cruzó una calle y llegó a un edificio de seis pisos. Subió unas cortas escaleras y sin dudarlo tocó el timbre. Sonó adentro como si se cayera algo y luego una voz diciendo alguna cosa. Después no hubo más ruido hasta que oyó una voz algo ronca por el intercomunicador. Era el vigilante. Víctor le pidió el teléfono para llamar a la policía. El tipo pareció dudar pues no respondió y de pronto colgó. No se escuchó más adentro del edificio.

 Víctor miró a Bruno, que se había sentado de nuevo tras él y gemía con suavidad, de una manera apenas audible. Temblaba suavemente y era obvio que quería volver a casa. Víctor esperó pero nadie salió así que decidió intentar en el siguiente edificio. Allí nadie le habló por un aparato sino que salió a ver quien era con sus propios ojos. Era un hombre mayor y le explicó lo que sucedía. El señor lo miró de arriba abajo y luego se metió para salir un minuto después con un teléfono inalámbrico.

 Minutos después, Víctor cruzaba la calle de vuelta al punto donde Bruno había hecho lo suyo. La policía le había indicado que debía quedarse junto al cuerpo y que lo interrogarían en el lugar. Él hizo lo que le dijeron y caminó despacio hacia el sitio indicado. El problema fue que no se dio cuenta de que caminando en ese sentido vería el rostro del muerto. Y así fue. Vio sus ojos abiertos, su boca seca y abierta y su piel tan blanca como la luna. Fue una visión de miedo. Entendió porqué Bruno temblaba tanto: él también había visto esa expresión de la muerte.

 La policía no demoró mucho. Vinieron con una ambulancia y personal que revisó el cuerpo de forma rápida y acordonó la parte del parque donde se encontraban. Uno de los policías tomó a Víctor del brazo y lo llevó aparte para hacerle preguntas. Fueron varias preguntas obvias: “¿Como lo encontró?” y cosas por el estilo. Le pidió al final sus datos y le dijo que podía irse a casa pero que seguramente debía ir a la estación ese mismo día para dar más declaraciones. Apenas asintió.

 Se iba a ir pero recordó que había dejado la mierda de su perro en el suelo. Todavía tenía la bolsita en el bolsillo y estuvo tentado a sacarla pero las ganas de salir de allí eran más grandes. Cuando se decidió, el equipo forense volteó el cuerpo del muerto y hubo una visión horrible y una reacción aún peor: el hombre tenía cortado el cuello y ese hoyo estaba ya lleno de gusanos y otras criaturas que habían comenzado el proceso de descomposición. Víctor casi sale corriendo.

 En el camino a casa no trotó, solo caminó lo más rápido que pudo. El ejercicio podía esperarse a otro día. Bruno iba al mismo ritmo que su amo, ni más lento ni más rápido. Parecía también querer llegar a casa y dejar todo el asunto del parque atrás. Pero la imagen del muerto era difícil de quitarse de la cabeza y más aún ese olor tan asqueroso que despidió al ser girado sobre sí mismo: era algo digno de un malestar estomacal. De hecho, Víctor sentía su panza como una lavadora.

 Cuando por fin llegaron a su edificio, Víctor apenas saludó al vigilante. Caminaron rápido al ascensor y en segundos estuvieron por fin en casa. Nadie se había despertado aún. Por el reloj de la cocina. Víctor se dio cuenta de que habían vuelta media hora antes. Pensó que era lo mejor, pues así podría darse una ducha calienta más larga, cosa que necesitaba con urgencia. Antes llevó a Bruno a su habitación, le puso comida y agua fresca y lo dejó ahí. El perro parecía deprimido.


 Víctor se dirigió a su habitación. Apenas miró el bulto en su cama y los ruidos que hacía su respiración. En el baño se quitó la ropa tan pronto pudo y abrió la llave mientras tomaba un cepillo de diente y casi lo destrozaba contra sus ya muy blancos dientes. Cuando entró a la ducha, se sintió como si el agua limpiara capas y capas de sudor y tierra. Pero lo que limpiaba era más que eso. Víctor cerró los ojos y entonces vio todo de nuevo, sintió escalofríos y pudo sentir ese olor otra vez. Tomó el jabón y lo pasó varias veces por todo su cuerpo, tratando de usarlo como un borrador.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Miércoles

   Su abrazo era todavía bastante apretado. Sus cuerpos desnudos estaban uno contra el otro y parecían ser piezas de un juego que encajaban a la perfección. Acababan de hacer el amor pero todavía les quedaba algo de energía para seguir dándose besos y sintiendo la piel del otro. Al rato se quedaron dormidos, así como estaban. Después se fueron acomodando en la cama para estar menos incómodos pero no se alejaron demasiado el uno del otro. El calor de sus cuerpos era ideal para soportar el frío de la mañana, que había cubierto de vaho la ventana de la habitación.

 El primero en despertarse fue Pedro. Tenía la costumbre, desde pequeño, de despertarse a las siete y media de la mañana. Nunca más temprano ni más tarde. El pequeño problema estaba en que hacía dos años no trabajaba en una oficina y podía despertarse a la hora que quisiera. Sin embargo, las viejas costumbres difícilmente mueren y despertarse temprano era una de ellas. No se puso nada de ropa para ir a la cocina y calentar el café y hacer un pan de tostadas. Otra cosa que no le gustaba era “desperdiciar” el tiempo haciendo el desayuno.

 Lo siguiente para él era comer en la sala mientras veía la televisión. Como su vida laboral iba marcada por su ritmo personal, Pedro no tenía necesidad de correr para ningún lado. Y como encima era tan temprano, pues podía decirse que se permitía tomarse todo el tiempo del mundo para cualquier cosa. Le gustaba ver el noticiero de la mañana para ver si algo más había ocurrido en el mundo tumultuoso en el que vivían. Por supuesto gente había muerto en algún lado, había guerra en otro y hambre en un país que conocía solo de nombre.

 Luego seguían las noticias de política, que solían ser las mismas todos los días. Las de deporte le interesaban un poco pues le gustaba el fútbol y lo practicaba cada que podía. Muchos fines de semana se reunía con sus amigos de infancia y jugaban un partido en una cancha alquilada. Era de césped artificial pero para el caso no importaba pues el punto era divertirse, comer algo y hablar tanto del presente como del pasado. A veces iban con sus respectivas parejas pero la verdad era que lo disfrutaban mucho más cuando eran solo los amigos.

 Cuando ya terminaba el noticiero, se iba desnudo como estaba al estudio y se sentaba entonces en su escritorio. Dependiendo del día se ponía a diseñar en el portátil o a terminar algún dibujo a mano que estuviera inconcluso. El trabajo que tenía era por pedido y le llegaba con frecuencia y bien remunerado pues cuando trabajaba había hecho excelentes contactos. Por eso ahora podía permitirse una vida más calmada con los mismos resultados laborales y hasta mejores. Ahora era su propio jefe y le iba mucho mejor que antes, se sentía más creativo como diseñador de interiores.

 Como a las nueve de la mañana se despertaba Daniel. Él era más bajito que Pedro y algo más ancho del cuerpo, sin decir que estuviera gordo ni nada así. De hecho siempre preguntaba si lo estaba pero Pedro le aseguraba que no era el caso. Pedro, por su parte, era bastante flaco. A diferencia de su pareja, Daniel sí trabajaba todos los días pero ese día precisamente era libre pues el restaurante donde era ayudante del chef estaba cerrado por inventario y afortunadamente no le tocaba hacer parte de esa tarea, al menos por esa ocasión.

 Sabía bien que lo habían dejado quedarse en casa porque le debían vacaciones, pero igual él las pediría completas pronto cuando se fueran con Pedro en Navidad a un viaje que habían planeado hacía mucho tiempo a Hawái. Era un destino que ambos morían por conocer y podían permitirse el dinero y el tiempo para por fin ir y conocer de primera mano todas esas hermosas playas, practicar surf, comer mariscos, quedarse en un buen hotel, pasear por las montañas y volcanes y descubrir todo lo que no supieran de esas islas.

 Daniel se sirvió jugo de naranja. El café no era de su gusto personal, salvo el olor que le encantaba. Su desayuno era un poco más elaborado que el de Pedro pero tampoco mucho más: cortaba algo de fruta y aparte untaba mermelada de arándanos a un par de tortitas de maíz. Normalmente le daba mucha hambre en la mañana. O, mejor dicho, le daba hambre durante todo el día. De pronto por eso era cocinero, pues desde siempre le había gustado la comida y prepararla. Desde pequeño les hacía postres e incluso cenas a su familia y ellos siempre lo apoyaron en su sueño.

 Se sentó en el sofá de la sala y, mientras comía su desayuno, veía dibujos animados. Le gustaba tener una buena razón para despertarse bien en la mañana y los dibujos animados siempre servían para eso. Para noticias las leía en internet a lo largo del día, no era su intención ver tristezas desde primera hora de la mañana. Comía despacio, disfrutando cada bocado mientras miraba las travesuras del gato y el ratón. Aprovechaba que no fuera una mañana normal, de esas en que tenía que apurarse y a veces ni tiempo para despedirse había.

 Terminado el desayuno iba a un pequeño cuartito que había al lado del baño, como un depósito, y de ahí sacaba uno de esos tapetes de yoga para hacer ejercicio. Hacia una rutina con ejercicios varios durante media hora. Para eso se ponía ropa apropiada pues ejercitarse desnudo podía ser bastante incómodo. Normalmente se ejercitaba de noche pero como era un día diferente pues aprovechó para hacerlo más temprano. Después de terminar, guardó el tapete y se dirigió a la habitación principal.

 Mejor dicho, entró al baño y se quitó su ropa deportiva. Abrió la llave de la ducha y dejó que el agua calentara por unos segundos. Ese tiempo era suficiente para untar de crema dental su cepillo. En la ducha se cepillaba los dientes y luego se enjabonaba el cuerpo, disfrutando el agua tibia. Se sentía muy rico y podía disfrutar de una ducha bien dada y no como le pasaba casi todos los días, en los que debía ducharse en cinco minutos y no importaba si el agua salía fría o caliente. Era algo a lo que se había acostumbrado y por eso ese día lo disfrutaba tanto.

 Pegó un ligero salto cuando, distraído por estar echándose champú en el pelo, sintió una mano en su cintura. Se lavó el pelo con rapidez y entonces se dio cuenta que era Pedro. Se besaron un rato, abrazados bajo la lluvia de la ducha. Después uno le pasó el jabón por el cuerpo al otro y terminaron haciendo el amor de nuevo allí mismo. En total, estuvieron en la ducha por una media hora. Era mucha más agua de la que se permitían gastar normalmente pero es que el día casi pedía que pasaran cosas así, diferentes a la rutina.

 Se limpiaron bien y luego salieron al mismo tiempo. Se secaron en la habitación, dándose besos y sin decir ni una palabra. La verdad era que llevaban tres años viviendo juntos y podían decir que el último año había sido el mejor para los dos. No solo Pedro había dejado por completo el trabajo de oficina, sino que Daniel había empezado a hacer lo que en verdad le gustaba en el trabajo y eso era la repostería. Llevaba años cocinando ensaladas y carnes y un sinfín de cosas pero ahora por fin estaba haciendo lo que en verdad le gustaba.

 Ese bienestar personal se traducía en una vida de pareja mucho mejor. Las peleas habían quedado atrás al igual que las confrontaciones por dinero o las tensiones causadas por razones que ahora les parecerían verdaderamente idiotas. Ahora no era raro que hiciesen el amor todo los días, que se besaran en silencio, sin decir nada. Cuando ya tuvieron la ropa puesta, Daniel le dijo a Pedro que cocinaría el almuerzo del día. Pedro dijo que compraría algunas películas por internet para ver más tarde. La idea era hacer de ese un día especial.


 Lo raro de todo era que solo era un miércoles, clavado allí a la mitad de la semana. Los dos días anteriores y los dos días después serían iguales que siempre, con trabajo, llegar tarde, no verse ni hablarse casi en el día. Solo el fin de semana era un descanso y a veces ni eso porque debían hacer ciertas vueltas esos días o visitar a sus familias. Ese miércoles era tan importante por eso mismo, porque era como una joya que no podían permitirse perder. Era su día para celebrar quienes eran juntos y por separado.

viernes, 20 de mayo de 2016

Cuerpo

   Me le quedé mirando todo el rato que salió de la playa y se fue caminando lentamente a las duchas que había cerca unos setos, muy cerca del camino de madera que llevaba directo al hotel. Para mí era como una visión, como si todo lo que había soñado en mi vida de pronto se materializara y se hubiese convertido en la persona más hermosa jamás creada.

 No había un centímetro de su cuerpo que no fuese absolutamente perfecto. Parecía como si hubiese sido esculpido en mármol italiano y no hecho de piel y hueso, como lo estamos todos en este mundo. En mi cabeza pensé que así solo fueran piel y huesos y carne seguramente serían los mejores que había disponibles en el mundo. Esa era la clase de tonterías que pensaba cuando lo miraba, a la vez que habría la llave y dejaba correr el agua fría para lavarse el pelo.

 Era un poco gracioso verlo mover la cabeza para todas partes. Tenía el pelo más largo que el mío y por eso lo movía así. Aunque no solo era por lo largo sino porque a él le encantaba su peinado, le encantaba su pelo. Lo cuidaba mucho y siempre se aseguraba de tenerlo a punto cuando salíamos a dar una vuelta, así fueran solo tres calles y en carro. A mi me hacia gracia pero él me respondía que el que no tenía nada de gracia era yo. Me decía que me quedaría bien y que no y siempre pedía hacerme un cambio de apariencia. Pero nunca lo dejé.

 Su cintura era delgada pero no por eso dejaba de ser varonil. Su piernas eran tonificadas y esas si que parecían esculpidas con cuidado. Además que eran largas o al menos eso lo parecían. No era mucho más alto que yo pero, por alguna razón, siempre parecía mucho más alto de lo que era. Tenía pocos pelos en las piernas. Según él era algo genético, de familia. Me di cuenta que era verdad el día que conocí a su padre en un asado y tenía puesto un pantalón corto.

 El agua le recorría el cuerpo de una manera tan provocadora, que tuve que dejar de mirarlo por un rato y tratar de concentrarme en el mar o en las pocas personas que todavía había en la playa. Estaban echados por ahí, aprovechando los últimos rayos del sol. El día había sido perfecto, muy soleado pero solo en la tarde. Por la mañana el clima había sido suave, perfecto para ir y venir por ahí, a las ruinas o a la ciudad.

 Era nuestra primera vez por allí. Jamás en la vida hubiese pensado que iba a quedarme en un lugar como ese, pero siempre pasa que uno termina haciendo cosas raras por la persona que ama. Había sido él el que había insistido tanto, mostrándome folletos y fotos en internet y comentarios de huéspedes y de todo un poco. En verdad quería ir y yo no tenía nada en contra así que fuimos.

 Según entiendo, es uno de los pocos hoteles nudistas de la región. Tiene acceso a una gran porción de la playa, que obviamente también es exclusiva para nudistas. En el comedor del hotel y en zonas comunes, la gente puede ponerse ropa si así lo desea pero la idea es que no se use nada en ningún momento excepto cuando hay que salir del área del hotel. Al comienzo fue un poco raro, pero ya ni me doy cuenta. Eso sí, hay que tener cuidado.

 Apenas me doy la vuelta, veo que sigue bañándose, disfrutando del agua que va enfriando su cuerpo poco a poco. Me encanta su trasero. Es hermoso. Según él, yo tengo mejor trasero pero creo que lo dice por subirme el ánimo, porque jamás he pensado que supere a nadie en cuanto a lo físico. La verdad ya me da igual. Pero él siempre me lo dice, cuando estamos en la calle o haciendo el amor. Es gracioso y creo que ya me acostumbré. De pronto lo dirá porque me quiere.

 Su espalda es la típica de un nadador. Por mucho tiempo hicimos los dos natación en un club que nos queda todavía cerca de la casa pero ya no vamos porque la membresía caducó hace mucho. Allí fue donde nos conocimos. Yo ya había dejado de pensar en encontrar a alguien para compartir mi vida y nunca habría pensado que en una piscina encontraría a una persona como él. Y mucho menos que él se fijaría en mi, considerando las opciones que tenía.

 La mayoría de tipos que iban a esa piscina eran casi profesionales. Creo que había uno de ellos que entrenaba para los Olímpicos o algo por el estilo. Era un tipo enorme en todo el sentido de la palabra y además de eso era muy bien parecido. Por eso, cuando Rodrigo se me acercó un día después de ducharnos, me pareció que de pronto se había equivocado o que tenía que ser una broma de algún sitio.

 No lo mandé a freír espárragos porque, como dije antes, a mi me daba igual. Eran solo palabras y no me importaba hablar con alguien por un par de minutos. Pero así fue ocurriendo un día y luego otro y luego cada vez que iba y después acordamos comer algo después de nadar. Y así se fue desarrollando todo. Viéndolo ahora, en toda su perfección, todavía me parece increíble que sea yo quien se haya casado con él.

 Lo saludó desde mi toalla porque me sonríe y esa sonrisa que me llega a lo más profundo de mi ser. Porque no es una sonrisa sensual ni tampoco una sonrisa graciosa. Es como melancólica, como que me hace pensar que él es mío y yo soy suyo y que la vida que tenemos es simplemente lo mejor que nos puede haber pasado. Estoy enamorado, de eso estoy completamente seguro.

 Sigue bañándose, ya habiéndose dado la vuelta. Parece un modelo de esos de las revistas. No de alta costura que son flacos y sin gracia alguna. Me refiero a esos que modelan pantalones y bermudas y ropa de moda en general. Incluso tiene la sombra de la barba que amenaza con volver después de apenas unos días sin afeitarse. No tiene el abdomen marcado pero sí el pecho. Va seguido al gimnasio. Yo no voy. En vez de eso sigo yendo a una piscina, que es un poco menos cara. Me gusta el agua y nadar de un lado para otro. Me ayuda a pensar.

 No podría pasarme horas en esas máquinas que lo único que me causan es rabia o dolor. A él le gusta y por eso no le digo nada cuando va y menos cuando sale con sus amigos del gimnasio. Todos son enormes. Las chicas son más grandes que yo y podrían romperme el cuello con solo tocarlo. Me gusta que él no lo exagere demasiado. Dice que es solo para mantenerse saludable y supongo que tiene sentido. Cada uno se encarga de su cuerpo como mejor le parece.

 Cuando veo su pene, irremediablemente tengo que mirar hacia otro lado. No solo porque todavía no me acostumbre a verlo sin ropa a cada momento, cosa que me emociona, sino porque estoy seguro que alguien tiene que estar mirándolo. Observo hacia un lado y otro de la playa y me doy cuenta que somos ya muy pocos. No hay nadie que mire a nadie. La gente en estos sitios solo se preocupa por lo propio y por más nada.

 Aprovecho para ponerme de pie y sacudir mi toalla que tiene un poco de arena encima. Mientras él cierra la llave de la ducha, yo me limpio el cuerpo con las manos. El agua está muy fría para mi y de todas maneras me ducharé más tarde, antes de cenar. Antes de eso volveremos al cuarto, ojalá haremos el amor durante un rato y después dormiremos una siesta corta. Incluso es posible que no haya siesta porque el tiempo a veces no alcanza para nada.

 En la noche hay un espectáculo del hotel con bailarinas y toda la cosa. Supongo que estarán todos desnudos pero no lo sé con seguridad. Será interesante verlo. Hay que ir bien limpio, eso fue lo único que nos dijeron. Creo que hay personas que irán vestidas pero Rodrigo me insistió en que el quería cumplir las reglas del hotel y creo que eso tiene sentido.

 Cuando se me acerca, me ayuda con las toallas y me da un beso en los labios. Me pregunta porqué lo miraba tanto mientras se bañaba. Una vez más le digo que me sorprende que alguien como él exista y que esté casado con alguien como yo. Muevo los dedos de una mano frente a él, para que vea el anillo. Él hace lo mismo y nos damos otro beso. Es nuestra costumbre.


 Él me dice que el que tiene que estar agradecido es él. No dice nada más y yo tampoco porque no tiene sentido seguir con lo mismo. Caminamos hacia el camino de madera y luego por encima de él hasta el hotel. En silencio nos despedimos de la playa y del sol, que se hunde con rapidez en el horizonte. Ya lo veremos de nuevo mañana.