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miércoles, 27 de julio de 2016

No hay nada fácil

   Cuando tomó su decisión, sabía que más de una persona no iba a estar de acuerdo con ella. Tenía que entender que ellos estaban preocupados por él, por su futuro y lo que podría ser su vida dependiendo de esa decisión. Los tenía en cuenta pero no podía tomar una decisión tan importante basada en otras personas, en los que otros pensaban que debía hacer. Él sabía muy bien cal era su opción y la tenía en mente, más de eso no podía hacer mucho, solo analizar la situación con mucho cuidado.

 Se trataba de una posibilidad de trabajo. No pagaban nada especialmente bueno y tampoco era una posición privilegiada en ningún lado. De ser algo increíble, la respuesta ya hubiese sido pronunciada hacía mucho tiempo. Pero las cosas no eran así, no todo era como la gente se lo imaginaba, con opción perfectas día tras día, como si Europa fuera el máximo paraíso laboral en el mundo.

 La verdad era que no había ido allí para conseguir un trabajo. Esa nunca había sido su idea. Lo que había ido a hacer era estudiar y le había prometido a sus padres estar concentrado en el asunto. La oferta de trabajo había salido de la nada en los meses en que preparaba su trabajo final y por eso era una decisión que debía tomar con cuidado pues el tiempo para tomar estaba por terminarse. No podía tomarse la vida entera pensando en ella y eso era lo que le molestaba más del asunto.

 El trabajo era en París y no tenía nada que ver con lo que él hacía. En resumen, sería un asistente de producción para una compañía de fotografía. Tendría que hacer todos mandados que ellos ordenaran, sobre todo ir a recoger gente a un lugar y luego volver con ellos a otros sitios y, básicamente, encargarse de los modelos y de las personas que vinieran a trabajar con la productora. El sueldo era menos de lo que gastaba en un mes y no proporcionaba ninguna seguridad extra.

 Era solo un puesto de asistente. No tenía beneficios algunos y no había manera de que le subieran al sueldo, al menos para que pudiese ganar lo justo para vivir y no ahorrar nada. Pero no era así. Aunque lo veía como una oportunidad importante, no podía dejar de pensar que si aceptaba, tendría que mudarse a otro país solamente para ganar una miserableza y probablemente seguir pidiéndole dinero a su padre para las cosas más esenciales.

 Si iba a ser independiente, quería serlo por completo, ganando un salario que le fuese suficiente para tener algo propio, para vivir por su cuenta y empezar a construir esa vida solos, que es el la meta de todos en esta vida. Aunque hay muchos que se casan, el concepto es el mismo. Por eso es una decisión difícil o al menos complicada de considerar.

Lo mejor fue hacer una lista con todo lo malo y todo lo bueno del asunto. En el lado de las cosas buenas, escribió que tendría experiencia laboral, por fin. En su vida le habían pagado por hacer nada y siempre que lo mencionaba la gente se le quedaba mirando como si estuviese loco o algo parecido. Al parecer todos habían empezado a trabajar desde las más tiernas edades y él era el único anormal que había usado su juventud para estudiar. Sabía que estaba en la minoría en eso y decidió no pensar mucho en ese detalle. Ya mucho se lo recordaban.

 Otra cosa buena era que viajaría a otro lugar y podría conocer mucha gente del medio que le podría ayudar eventualmente con proyectos propios. Era obvio que un trabajo de asistente no era nada especial, pero eso siempre podía cambiar estando él allí. Podían darse cuenta que era mucho mejor para otro trabajo que para ese o simplemente subirle el sueldo por lo bien que estaba haciendo su trabajo. Cosas así podían pasar, no solo en la películas sino de verdad.

 La tercera cosa buena era finalmente independizarse de su familia. Haciendo serios recortes a sus gastos mensuales, el sueldo podría alcanzarle. Tendría que dejar muchas cosas de lado pero era algo posible. El resultado sería su independencia completa de su familia, algo que quería lograr tarde o temprano. No era que tuviese nada contra su familia ni nada de eso. Muy al contrario. La cosa era que tenía ya casi treinta años y necesitaba ser independiente, probarse que podría mantenerse a si mismo si tuviera que hacerlo.

En la parte de lo malo escribió lo de estar más tiempo en el continente. No quería que nadie se lo tomase a mal, pero no estaba muy a gusto con las cosas allí. No terminaba de acostumbrarse a miles de cosas pequeñas que veía y tenía que hacer un poco por todas partes. No se sentía a gusto viviendo allí y eso podía ser en parte porque no tenía a nadie con quien compartir nada.

 Esa era su segunda entrada en la lista negativa: no tenía a nadie. Toda la gente que se preocupaba por él, que lo conocía o parecía conocerlo, todo ellos estaban a muchos kilómetros de allí, incapaces de ayudarlo cuando se sentía solo o en eso extraños momentos cuando se necesita escuchar la voz de alguien, cuando solo eso puede ser tan reconfortante. No tenía nada parecido allí. Si acaso gente conocida, gente amable que le brindaba su amistad. Perro solo querían ser amables. No eran sus amigos y eso no tenía nada de malo. Las cosas rara vez eran perfectas en cualquier ocasión y él lo entendía.

 La tercer cosa mala era el tiempo indefinido que tendría que quedarse allí. No sabía si sería algo para siempre o si serían solo unos meses o un año o cuanto. No tenía idea de cuanto tiempo necesitaría para probar ese nuevo trabajo, para ver si llegaba a algún lado con él. Era imposible saberlo.

Hubo una anotación más en ese lado: los trámites que debía cumplir. Iba a trabajar y eso requería nuevo papeleo. No solo se trataba de decir que estaba allí siendo extranjero sino que debía pedir un permiso de trabajo y eso podía ser más que complicado con su pobre historial de experiencia. Podrían considerar que no cumplía los requisitos mínimos y ahí si que no tendría nada que ver su decisión pues ya habría sido tomada para él por los burócratas que manejan los hilos de esos asuntos tediosos que hay que hacer para vivir.

 Miró la lista por un mes completo y lo que hacía era imaginar su vida de una forma y de otra. Todas las noches, antes de dormir, se imaginaba su vida si aceptara y fuera vivir a la bella ciudad de París. Se imaginaba a si mismo conociendo gente muy interesante pero comiendo atún todos los días al lado de un lavaplatos sucio en un apartamento tremendamente pequeño y ruidoso o alejado de todo. Se imaginó a si mismo gastando horas y dinero en transporte público para ir a su trabajo todos los días. Perdería peso y mucho tiempo de su vida.

 También imaginó rechazar la propuesta y volver a su país tal como había salido de allí: sin nada. De pronto con la educación que había adquirido pero eso era algo que no se veía a primera vista, era algo que se demostraba con un trabajo, con la habilidad que se podía demostrar con un lugar estable donde desarrollarse como persona. Pero sabía que eso era algo difícil de obtener. Trabajos no habían y si habían eran para los hijos de los que ya trabajaban o para los amigos o alguna relación especial de esas.

 Él no conocía nadie. A la larga, estaba tan solo en casa como estaba en ese otro país lejano. No importaba como lo pensara, el resultado seguía siendo el mismo, por un lado o por el otro. La única ventaja real que le daba volver, era que al menos podría intentar fracasar en su propio idioma e, incluso, en sus propios términos. No moriría de hambre pero demoraría mucho tiempo más en ser un hombre hecho y derecho, una persona independiente y admirable.


 La decisión que tomó no fue la más popular. Mucha gente no entendía porqué lo había hecho y la verdad era que ni él sabía muy bien qué era lo que había hecho. Solo sabía que era una decisión y que estaba tomada. Y, de nuevo, después de todo eso, se sintió más solo que nunca. Se sentía al borde del abismo y el viento más débil podría enviarlo directo a su muerte.

miércoles, 22 de junio de 2016

Vigorexia y otros males

   Matías entrenaba todos los días, sin importar el clima o su estado de ánimo, nada lo podía alejar del gimnasio que tenía cerca de casa. Había empezado a ejercitarse durante sus años de universidad y ya hacía mucho había logrado todos sus objetivos. El primero había sido perder peso y lo había logrado en un tiempo menor al pensado. La verdad era que Martín jamás había sido gordo ni había tenido ningún tipo de problema de peso, solo tenía los mismos rollitos que todo el mundo.

 En todo caso, unos seis meses después de entrenamiento intensivo, toda esa grasa se había esfumado gracias a la ayuda de su entrenador, un hombre un poco mayor que él que recibía un pago aparte de la tarifa normal del gimnasio para que lo dirigiera y trazara para él un plan de ejercicio y una dieta acorde. Matías trabajaba en una oficina como mensajero y, en parte, había sido contratado por su físico: lo hacía ágil en la motocicleta y nadie podía negarse a recibir nada de un tipo de un metro ochenta de altura.

 Sin embargo, Matías nunca se había fijado en esas características de sí mismo. O bueno, sí que se había fijado pero no las tomaba como ventajas en ningún sentido. Pensaba que esas eran cosas con las que había nacido y que, al final de cuentas, no importaban mucho a la hora de definir su futuro en diferentes ámbitos. La verdad era que Matías sí sufría de un mal pero no era algo físico sino sicológico, algo que él no había querido enfrentar pero había estado allí siempre.

 Él nunca lo contaba. No era algo de lo cual estar orgulloso. El hecho era que en la escuela, con unos dieciséis años, había tenido graves problemas de bulimia. Tan grave había sido el lío que sus padres habían tenido que ser llamados a la escuela para que explicaran el comportamiento de su hijo. Las escuelas entonces no eran tan comprensivas pues mucho ha cambiado en tan poco tiempo.

 Ese día fue el peor de su vida pues tuvo que decirles a sus padres, llorando, que todo lo que comía lo vomitaba porque se sentía que había subido mucho de peso en los últimos meses. Además no le daba ningún placer comer, no como antes. No sabía explicar la razón pero todo le daba asco o simplemente no le atraía en lo más mínimo. Sus padres siguieron el consejo de la escuela y lo enviaron a un sicólogo calificado.

 En poco tiempo, el problema quedó solucionado. Si bien Matías nunca arregló su problema respecto al gusto por la comida, no volvió a vomitar su comida nunca más, optando mejor por el ejercicio unos años después. Su entrenador le había confeccionado una dieta tan perfecta, que se acoplaba de manera ideal con su apetito de siempre. Eran pequeñas porciones de comida que nunca tenía mucho sabor. Perfecto para él.

 Sin embargo, Matías renovó su membresía al gimnasio después del primer año. No solo había perdido el peso que quería sino que había ganado mucha masa muscular un poco por todo el cuerpo y había marcado casi todo lo que se podía marcar en el cuerpo. Estaba tomando vitaminas y muchas otras cosas para ayudar a que sus músculos crecieran un poco más, para llegar siempre a un nivel más alto. Aunque trabajaba todo el día, de lunes a viernes, siempre estaba a las ocho de la noche en punto en el gimnasio y no salía sino hasta cuatro horas después.

 El entrenador que tenía se convirtió en su amigo y dejó de ser su entrenador pues ya no había necesidad. Él le había insistido que quería seguir con él más tiempo, para aprender y saber como manejar sus dietas y ejercicios y demás pero el tipo le dijo que él ya no lo podía ayudar en nada pues Matías había pasado ya todo los niveles que él consideraba necesarios y que él conocía. De ahora en adelante estaba por su cuenta.

 Se puso a leer entonces páginas de internet y algunos libros y encontró recetas y rutinas para seguir trabajando su cuerpo. No le decía a nadie pero la verdad era que todavía veía los rollitos de antes, seguía viendo zonas de grasa en su cuerpo, parte de piel que no estaban tensionadas y trabajaba en ellos todos los días, sin poner atención a nada más en su vida sino a todo eso que no estaba allí.

 En el gimnasio nadie se daba cuenta pues mucha de la gente que iba tenía el mismo problema y los demás tenían los propios. Nadie tenía tiempo de darse cuenta que algo podría estar realmente mal. En su familia la cosa tampoco era muy distinta. Todos comentaban lo bien que se veía, que parecía más alto y que sus brazos fornidos seguramente eran la sensación entre las chicas.

Él era modesto y no decía nada pero la verdad que, aunque sí se le acercaban muchas mujeres, la mayoría salía corriendo apenas se daban cuenta de la personalidad que había detrás de los músculos. Normalmente sus relaciones sentimentales no pasaban de la primera semana porque Martín ya tenía sus prioridades y el gimnasio era una de esas y no lo cambiaría, a pesar de que se cruzaba con las horas perfectas para salir a comer, bailar, tomar algo y hasta tener sexo.

 Algunas chicas lograron meterse en su cama pero, como nunca habían planeado ir más allá, les daba igual la personalidad de Matías y la hora a la que se metieran en su cama. Lo hacían más porque era como un reto, como algo nuevo en su lista de ligues. No era todos los días que se estaba con un hombre con un cuerpo así.

 Con el tiempo, esos momentos fueron siendo cada vez menos hasta que Matías dejó de lado por completo su vida sentimental y se dedicó casi al cien por ciento al gimnasio. Aunque sus padres no supieron, dejó su trabajo de mensajero que le había dado el dinero para salir de casa y vivir solo, y decidió entrenar para un concurso de fisicoculturismo. Esa era su meta ahora, estar entre hombres que la gente consideraba dioses vivientes. Él quería estar entre ellos y sentirse por fin realizado.

 El concurso estaba a siete meses y por eso aumentó su régimen de entrenamiento y su dieta. Lo hizo todo solo, sin ayuda de nadie. Al comienzo los cambios no parecían ser muy efectivos. Matías se desesperó y no era extraño ver en su casa marcas en las paredes de cuando las había golpeado con fuerza, dejando la silueta de su puño o al menos algo de sangre sobre el blanco del muro.

 Pero con el tiempo se empezaron a ver los resultados y entonces fue cuando en verdad Matías perdió todo contacto con la realidad. No tenía más vida sino esa: de la casa al gimnasio y del gimnasio a la casa. La falta de dinero no era problema pues no gastaba en casi nada, solo en la nueva dieta y ya. Caminaba al gimnasio y su membresía estaba paga por un buen tiempo. Su cabeza solo servía para entrenar, comer y dormir. Había dejado todo lo demás de lado, incluidos sus amigos y su familia.

 Sus padres lo llamaban a veces preguntado que pasaba. Lo hacían al celular porque la línea de teléfono fijo había sido cortada. Era un gasto que no necesitaba ahora. Él apenas les hablaba, contestando con monosílabos y sin el menor interés por saber como estaban ellos, que pasaba con sus vidas ni nada de eso. Ellos se preocuparon pero al mismo tiempo pensaron que tal vez era ese momento de la vida cuando los hijos ya toman vuelo y no tiene caso seguir encima de ellos.

 El día del concurso, Matías preparó todo él solo. Era el único concursante que venía sin una comitiva. Algunos de los otros hombres trataron de hablarle, de crear una amistad basada en sus gustos, pero no sirvió de nada. En persona era igual que por teléfono. El concurso prosiguió todo ese día con diferentes tipos de desfiles y actividades hasta que, al final, Matías quedó segundo, después de un tipo que apenas ganó corrió a su esposa e hijos y los abrazó.


 Matías no sintió nada en ese momento más que pena por si mismo. Un segundo lugar no era lo que quería. Recogió todo lo suyo y salió del sitio corriendo, sin esperar un segundo más. En su mente, ya pensaba como ganar otros concursos. Estaba tan metido en eso que no vio el camión al cruzar la calle frente al recinto de espectáculos. Matías no pensó en nada, nunca más.