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miércoles, 5 de diciembre de 2018

Gato de ciudad


   La noche caía y el ruido en toda la ciudad aumentaba, sobre todo cerca de las grandes avenidas y de los centros de entretenimiento que empezaban a llenarse con más y más gente que iban y venían, riendo y hablando, gastando y comiendo. El viernes era siempre lo mismo, un caos con una resolución siempre igual. Era parte del alma de la ciudad y casi no había manera de cambiarlo. Era una de sus realidades y tal vez una de las más conocidas pero ciertamente no la única.

 En un barrio cerca de uno de los distritos de entretenimiento, un gato de color gris con rayas negras cruzaba las calles de un andén al otro, mirando con detenimiento cualquier ser humano o automóvil que pudiese cruzársele. Para poder pasar de un lado a otro de una calle más transitada, tuvo que esperar un buen rato hasta que por fin no hubo vehículos y pudo pasar moviendo su cola de un lado al otro. Llegó a su destino muy pronto: un puente que unía dos colinas por encima de un pequeño valle de casas.

Normalmente, la zona se llenaba de seres humanos que tomaban fotos del puente y desde él, pero a esas horas del viernes, cuando la noche empezaba, por esos lados no había ni un alma. Solo estaba el gato que se subió a la baranda del puente y se sentó allí, a mirar hacia lo lejos. Para él, tanto como para los seres humanos, la vista desde el lugar era simplemente hermosa. No solo por el impacto visual de ver casa justo debajo, sino porque más allá había un hermoso parque verde y luego un río de aguas potentes.

 El gato había recorrido la ciudad de cabo a rabo, a través de su vida como gato de la calle. A veces se quedaba en las casas de algunos humanos, pero no soportaba el hecho de estar encerrado por cuatro paredes. Le parecía una limitación ridícula y el hecho de que algunos de sus compañeros felinos les gustara esa idea, le parecía casi un insulto. En su mente, los gatos tenían que ser libres, para poder hacer lo que más les gustara sin tener que justificarse ante nadie, sin importar cuanta comida recibieran por el cautiverio.

 Mientras movía la cola con suavidad, sintió la presencia de algunos humanos. Estuvo listo para salir corriendo pero no hubo necesidad. Solo rieron, tomaron algunas fotos, rieron más y se fueron hablando de cosas de humanos. Normalmente siempre había uno que decía algo más o que se acercaba a intentar acariciarlo y, dependiendo del momento, el gato podía aceptar la interacción o simplemente irse. Pero fue una fortuna que no pasara nada esa vez porque ese día tenía que quedarse allí, mirando y mirando hasta que lo que iba a pasar tuviese lugar, no importaba el momento.

 Casi se lo pierde por culpa de los humanos y sus cámaras. Cuando volteó a mirar el parque y el río, vio con placer un destello algo débil que indicaba precisamente lo que estaba buscando. El destello fue permanente y luego se apagó para encenderse una vez más. Parecía que algo andaba mal pero no demasiado como para el destello se detuviera del todo. Observó la luz por un buen rato, hasta que por fin se apagó y no volvió a encenderse. La duración era la adecuada y el momento justo, debía proseguir.

 Bajó de la baranda del puente y caminó presuroso hasta una de la calles más cercanas. Esa calle bajaba de manera brusca haciendo un ligero giro, hacia la parte baja, un poco más allá del puente y muy cerca del parque. El gato aceleró el paso, aprovechando la completa ausencia de ruidos provenientes de la humanidad. Era un poco extraño que ninguno de ellos se hiciese notar, pero había ocasiones en que los seres humanos hacían cosas que a los gatos podían parecerles como magia o algo por el estilo.

 Cuando llegó al final de la calle, no se detuvo sino que enfiló directamente hacia la espesura del parque. No era el lugar más alegre del mundo para meterse de noche, pero había que cortar por allí para poder llegar hasta el río. Lo malo del parque de noche no era solo la presencia de seres humanos más insoportables que otros, sino que con frecuencia existía la posibilidad de encontrarse con criaturas que no tenían nada que ver con la vida en la ciudad. Era un poco insultante que invadieran todo, sin más.

 Una vez, el gato había tenido que luchar por un pedazo de comida que había encontrado por sí mismo con una cosa que parecía gato pero era más grande y peludo. Tenía como manchas en los ojos y unas manitas que le recordaban a las manos de los seres humanos pequeños. Era una criatura increíblemente rápida y agresiva, tanto que logró rasgar el pelaje del pobre gato varias veces. Por fortuna, una de los humanos buenos lo había curado pues lo encontró en el parque al día siguiente de la pelea.

 Además estaban las palomas, de los seres más tontos que el gato hubiese jamás encontrado. Había muchos compañeros suyos que las perseguían e incluso se las comían pero él las encontraba simplemente asquerosas. Eran criaturas sucias, que no tenían ningún problema en comer cualquier cosa que se les pusiera enfrente, incluyendo a otras palomas. Eran seres tan tontos que huían siempre de los humanos a pesar de que estos casi siempre solo querían alimentarlas. Le parecía que seres tan tontos como esos no tenían lugar en un lugar tan hermoso como el parque y tampoco en su estomago.

 Sin embargo, esa noche el parque estaba bastante solo y en calma. No había bestias locas tratando de robarles a otras ni las palomas parecían tener mucho interés en hacer nada más sino buscar semillas aquí y allá. Cuando estuvo del otro lado de la zona verde, el gato se dio cuenta que primero debía cruzar una avenida enorme antes de poder llegar hasta el río. Tuvo que esperar mucho tiempo para poder hacerlo, habiendo intentado en varias ocasiones pero teniendo que devolverse cada vez por el paso de algún vehiculo.

 Cuando por fin estuvo del otro lado, vio que había otro parque cerca del agua, como hundido junto a la avenida. Pero no era un parque bonito, como el que había cruzado hacía un rato. Era uno de esos hechos por humanos, con un montón de cosas que no eran naturales. De hecho, era obvio que era entretenimiento exclusivo para ellos, porque de una parte de ese sector provenía un ruido estridente al que el gato que no quería acercarse ni por error. Por eso siguió la avenida hasta un puente.

 Era la única manera de cruzar el río, por lo que subió al borde del puente y caminó cuidadosamente. No era como el del barrio en el que vivía sino más grande y más grueso. Lo que pisaba al caminar eran grandes rocas frías y lo que iluminaba el sector eran lámparas de un color bastante extraño, apagado, casi triste. Sin embargo, el puente no era muy largo y su recorrido terminó muy pronto. Miró hacia atrás, para ver cómo se movía el agua en la oscuridad. No le gustaba mucho la idea de caer allí algún día.

 Se detuvo un momento y comprendió que la luz había venido de un lugar muy cercano al puente, por la calle lateral que bordeaba el río. Era un barrio muy silencioso, con casitas y no edificios como al otro lado del agua. Se sentía como un lugar diferente, casi como si hubiese cambiado de ciudades para llegar hasta allí. Era agradable sentir que se estaba en un lugar nuevo, algún sitio en el que pudiese intentar nuevas cosas y vivir de una nueva manera. Había mucho por hacer en el mundo y muy poco tiempo para hacerlo.

 Pasados unos minutos, vio que de ese lado no había parque, solo un viejo muelle casi desmantelado. Con cuidado, caminó por la madera vieja y se encontró, a medio camino de la punta, con una linterna de mano, muy pequeña, tirada en ese preciso lugar. La olió y la tocó: estaba caliente.

 Cuando se dio la vuelta, una gata blanca lo miraba desde la calle. No lo llamó ni hizo ningún gesto, solo corrió hacia el otro lado de la calle y de pronto se detuvo, mirándolo de nuevo. No tenía que hacerlo dos veces para que él entendiera. La aventura apenas empezaba.

viernes, 29 de abril de 2016

Transparente, no solo en primavera

   Aunque era primavera, parecía que el clima no quería decidirse por el calor de una buena vez. La mayoría de gente lo había estado esperando por meses pero no llegaba. A lo largo de los días hacía un pequeño momento de calor y la gente se contentaba con eso, como si algo de sol fuese suficiente para calentarlos a todos y hacerlos sentir, de nuevo, con ganas de ir a la playa o de vestir ropa más ligera. Algunos ya habían recibido ese mensaje erróneo, pero era más porque anhelaban tanto el verano que seguramente pensaban que vestirse para él atraía mejor clima.

 Pedro era una de esas personas que todavía estaba usando abrigos, casi todos gruesos, así como pantalones largos y suéteres. Para él no hacía calor. Todas las veces que salía a la calle, que era normalmente cuando iba a clase, sentía el frío viento golpeándole la cara. Lo que menos le gustaba del asunto es que en el camino veía gente con pantalones cortos y camisetas de manga corta con un clima de once grados centígrados. Para él, era una idiotez.

 Cuando se acostaba de noche en su pequeño cuarto alquilado, normalmente daba varias vueltas antes de quedarse dormido. Era difícil para él cerrar los ojos y simplemente dormir. No solo porque habían ruido proveniente de todas partes que no dejaba descansar propiamente, sino porque tenía siempre la idea en la cabeza de que estaría más tranquilo con todo si tuviese a alguien con quien hablar de todos esos temas.

 Estaba ya acostumbrado a no tener con quien comentar su programa de televisión favorito. Lo mismo con cosas que veía en la calle o que leía en internet o que se inventaba en un determinado momento. Muchas de sus ideas, no necesariamente buenas, desaparecían en un corto lapso de tiempo porque no las podía vocalizar con nadie.

 Cierto. Nunca había sido alguien de mucho hablar. No era muy bueno en el arte de la conversación y siempre prefería estar solo en su habitación que sentirse incluso más solo estando con gente con la que compartía el estudio. Era increíble como, a pesar de que era gente amable y casi siempre soportable, no sentía la menor empatía por ellos. Mejor dicho, no le inspiraba tener la suficiente confianza en ellos para tener una amistad real con ninguno de los casi veinte compañeros de clase.

 No era culpa de ellos. Peor para ser justos, tampoco era culpa de él. Era una combinación de ambas cosas, pues la verdad era que Pedro no se sentía completamente a gusto donde estaba. No odiaba a nadie ni nada pero no estaba feliz con sus decisiones y había decidido que lo mejor era proseguir con lo planeado y tratar de no mirar mucho si todo lo que lo rodeaba le gustaba o no. Porque si se ponía en ese plan, no había final a la vista.

 De vuelta en casa, muchos kilómetros lejos de la ciudad donde estaba, la vida de Pedro no era muy diferente. Tenía una familia que lo quería y eso nunca se puede subestimar. Pero no era que los amigos le cayeran del cielo ni que tuviera muchas personas con quien compartir nada. Pero al menos las pocas personas que había eran más numerosas y confiables que las que ni siquiera había donde estaba. Por eso prefería no decir mucho y solo vivir su vida como un ser privado y algo apartado por los demás, sin importar los comentarios que pudiesen surgir a raíz de eso.

 Sabía bien que muchas personas pensaban que era algo antisocial. Siempre había sabido que la gente pensaba de él así y eso desde que la adolescencia le cambió la vida. Desde ese momento fue como si se trazara una línea y lo empujaran al otro lado de esa línea. No podía decir que nadie lo trataba mal o que lo insultaran o que se burlaran de él. Pero a veces se sentía peor que simplemente la gente no parecía estar enterada que él estaba allí. En más de una ocasión había sido ignorado y él no había dicho nada.

 Más tarde en la vida empezó a reclamar su puesto en toda clases de cosas. Seguían ignorándolo y pasando por encima de su existencia pero él se hacía notar y entonces se dio cuenta que la gente lo tomaba por alguien desagradable y molesto porque insistía en hacer parte de lo que los demás hacían. De nuevo, no había insultos ni nada por el estilo. Pero era de esas cosas que se sienten, que se ve en las caras de las personas. Era un odio mal disfrazado, muchas veces acompañado de una condescendencia increíble.

 Esa era una de la s razones principales por las que Pedro no tenía muchos amigos que digamos: la gente simplemente le tenía una aprensión extraña que difícilmente superaban. Era como si desconfiaran de alguien que intentaba salir de su propio cascarón y prefirieran que se quedase lejos, aunque ya era visible y eso era obviamente incomodo.

 Sin embargo pudo hacer algunos amigos y se los debió, más que nada, a su habilidad de causar un poco de lástima pero más que todo a su don para ser gracioso de la nada. No era muchas veces intención serlo. A veces solo buscaba hacer una observación rápida y sincera de algo que estaba pasando. Pero resultaba entonces que le salía un chiste, alguna broma bien construida y eso llamaba la atención.

 Eso se convertía en un puente para que la gente se enterara de que existía y después que lo conocieran por completo y solo las partes que creían conocer o que habían asumido conocer. Sus amistades se podían contar con una mano, pero era porque le costaba construir esas amistades. Pero prefería tener esas pocas amistades reales que ser de los que tienen cientos de “amigos” pero no pueden nombrar momentos en los que la amistad de verdad haya existido más allá de cualquier sombra de duda.

 La otra gran parte de su vida, y la razón por la que quejar se de la primavera era habitual y más sencillo, era porque simplemente jamás se había enamorado de nadie. Eso sí, había conocido gente y había tenido relaciones, todas cortas, que normalmente no dejaban mucho atrás cuando terminaban. Al comienzo era doloroso y se sentía todo como lo siente un verdadero adolescente: cada experiencia es única e irrepetible y parece que nada va a ser nunca lo mismo. Se cree que esa primera vez haciendo algo, que ese sentimiento es el único que habrá y el verdadero y que no hay nada más en la vida.

 Sin embargo, al madurar se da uno cuenta, o al menos así le pasó a Pedro, que todo eso es pura mierda. Es decir, es una sentimiento adolescente que lo exagera todo pero que, mirando su experiencia, nada de lo que había sentido con el primer amor era de hecho amor. Era una mezcla rara entre obsesión y la felicidad de sentir que alguien podía enamorarse de él. Pero no era el amor, esa criatura legendaria de la que habla todo el mundo y que por lo visto es mucho más común que los mosquitos.

 Desde esos días de mayor juventud, Pedro no había sentido nada tan intenso Eso era un hecho y sin embargo lo que había sentido no podía haber sido amor porque no había habido tiempo suficiente para determinar si eso era lo que era en una primera instancia. Lo que sí estaba claro es que después nunca sintió nada parecido. Se encariñó con personas pero no era lo mismo.

 De nuevo, todo iba ligado al hecho de que alguien volteara a mirarlo. Una de esas noches frías de primavera, se acostó en la cama a dormir y se puso a pensar en su vida y concluyó que nadie nunca le había dicho que se veía bien o algo parecido, a menos que buscara algo a cambio. E incluso los que lo habían dicho buscando algo, no lo habían dicho con todas las palabras. Además muchas veces, casi todas, había sido él el de la iniciativa, fuese para un beso, para sexo o simplemente para que las cosas pasaran. Y en el sexo estaba seguro que nadie nunca le había dicho nada más allá de un “me gustó”, lo mismo que se puede decir de una película mala que es entretenida.

 Alguna gente tenía el descaro de reclamarle por su soledad. Decían que si estaba solo era por su culpa y era cierto, pues como había concluido, era él quien siempre tomaba la iniciativa. Porque nadie iba a venir a decirle nada ni nadie iba a ser el que tomara el primer paso. Siempre tendría que ser él. Y por mucho que hiciese ejercicio o que se cultivara en varias ramas del conocimiento, siempre sería exactamente igual. No era algo que fuese a cambiar mágicamente de la noche a la mañana y, contrario a lo que la gente pensaba, no había como cambiar eso porque no estaba en sus manos.

 No podía ser más activo de lo que ya era. No podía lanzarse en los brazos de la gente porque eso sería simplemente desesperado. Lo único que podía hacer era hacer de su vida lo más cómodo posible, aprovechando lo que lo hacía feliz en el momento y punto. Estaba solo y la confianza no era algo fácil de construir así que simplemente hacía lo que pudiese con lo que pudiese.

 Sí, no tenía sexo con nadie, nadie lo miraba ni para escupirlo, a la gente en general no le interesaba su opinión y en fiestas y reuniones se la pasaba callado porque sabía que, aunque la gente lo pedía, nadie quería oírlo hablar.


 Y sin embargo, estar en su habitación disfrutando de sus cosas y escapando de un clima ridículo también era un problema. Pero para ellos. No para él. Porque para él era su manera de vivir hasta el siguiente paso en su vida y sí que lo estaba esperando con ansias.

martes, 22 de marzo de 2016

En movimiento

   No querían darse cuenta. Lo negaban, o mejor dicho, ni se les pasaba por la cabeza que pudiese ser una posibilidad. Lo que hacían era ir cuidándose el uno al otro, ir sobreviviendo la escasez de comida y el constante movimiento de un lado a otro. Al fin y al cabo los estaban buscando y no podían quedarse quietos esperando a ver si los atrapaban en alguno de los muchos pueblos y caseríos en los que decidían quedarse a dormir. A veces no había ni eso, sino musgo o algún rincón mullidito entre los árboles.

 Ya habían viajado, a pie, unos quinientos kilómetros y todavía les faltaban quinientos más para poder llegar a la costa. Era un camino muy largo pero era la única oportunidad que tenían si querían volver a hablar en voz alta alguna vez en sus vidas. No hablaban casi, no decían nada que no fuese muy necesario. No era solo por el miedo a que los descubrieran sino también porque estaban tan cansados que si no era necesario simplemente no abrían la boca.

 En el camino se encontraron a otros huyendo y presenciaron como la policía y los militares arrestaban a algunos e incluso les disparaban en el sitio, sin preguntar nada y haciendo caso omiso de los gritos y de las suplicas para seguir viviendo. Habían dejado hace mucho de ser hombres íntegros y respetuosos de la ley. La ley había empacado y se había ido quién sabe adónde. Los cuerpos se iban acumulando cada vez más y ya ni siquiera eran disidentes y demás. Era cualquiera que subiera mucho la voz.

 Por eso evitaban, en lo posible, pisar la carretera o los caminos labrados hacía mucho tiempo. Preferían atravesar por entre las tierras abandonadas por los campesinos y quitadas a los hombres y mujeres que habían tenido tierras propias, para hacer sus casas o para labrarlas o para lo que sea. Ya todo pertenecía al Estado pero el Estado todavía no era supremo y no podía vigilarlo todo. No estaba todavía en todas partes, eso tomaría algo de tiempo todavía y de eso se aprovecharon ellos dos.

 Se daban la mano cuando tenían que cruzar los alambres que cercaban las fincas abandonadas y para cruzar arroyos que crecían a veces por las lluvias en las tierras altas. Los únicos que los veían pasar eran los animales: vacas a punto de morir y pájaros que, como ellos, se dirigían a otro lugar, pues nadie quería estar en semejante lugar ya nunca. Podía haber sido un paraíso alguna vez, un paraíso incompleto, pero ya no habría posibilidad de que eso ocurriera nunca.

 Los grupos que tanto habían luchado al margen de la ley eran ya cosa del pasado, habían sido los primeros en ser eliminados, esta vez sistemáticamente, sin contemplaciones de ningún tipo. La gente no se quejó entonces y por eso pasó lo que pasó.

 Cuando llegaron al gran río, supieron que el camino que habían hecho era correcto pero ahora debían elegir entre quedarse de un lado y del otro o incluso podrían robar un barco y navegar río abajo. Pero al ver que nadie utilizaba sus lanchas, era evidente que el transporte fluvial no era lo común y se notaría bastante. Decidieron entonces cruzar al otro lado y volverían cuando hubiera otro paso encima del río.

 En el puente no había nadie. Empezaron a caminarlo temblando un poco, abriendo los ojos más de la cuenta pues era de madrugada y no se veía mucho pero era el mejor momento del día para cruzar. El puente era metálico y había visto mejores tiempos. Cada paso resonaba y al poco rato tuvieron que quitarse los zapatos para no hacer ruido y caminar descalzos.

 Entonces uno de ellos apuntó con la mano al otro lado del puente. Una luz roja. Había visto una lucecilla allá al otro lado. El otro le preguntó de qué hablaba pero su respuesta fue la de callarse. Lo tomó de la mano y lo hizo devolverse lo más rápido que pudo. Fue a tiempo puesto que la lucecilla era una de esas que se ponen en los aparatos de comunicación. Y si no la hubieran visto se habrían hundido con el metal del puente en el fondo del río pues el Estado y su magnifico líder títere habían aprobado la demolición de estructuras “viejas e inútiles” en todo el país. La verdad era que solo querían bloquear el paso de la gente y mantener a todo el mundo encerrado. Campos de concentración pero sin el encierro evidente.

 Los siguientes días no hubo comida. Guardaban algunos enlatados que habían logrado robar de alguna tienda en la mitad de la nada o de casas abandonadas. Pero no era suficiente, menos aún con el calor que hacía en las lindes del río. No era uno de esos bonitos países templados sino un infierno tropical con todas las de la ley. Caminar de día era horrible y los pies parecían doler el triple al pisar las piedritas recalentadas durante el día.

 Dormían mal pero siempre uno junto al otro pues, aunque no lo decían, tenían miedo de separarse. Una cosa era hacer el viaje en pareja y otra muy distinta era hacerlo juntos. Tendrían más oportunidades de sobrevivir si trabajaban con ambos ingenios y eso ya lo habían comprobado cuando eran terroristas. Porque eso era lo que habían sido y la verdad era que estaban orgullosos. Habían plantado bombas tratando de frenar al nuevo Estado, les hacían atentados.

 No funcionó como debía y hubo civiles muertos, como siempre los hay. Pero ganaron un tiempo que salvo a miles pues pudieron escapar y ahora era su turno. Pero ya nadie en ningún lado se oponía pues no había manera de oponerse sin ser descubierto rápidamente.

 El siguiente tramo del viaje, de un par de días, fue a través de una zona muy plana, caliente y desprovista de vegetación capaz de ocultarlos. La técnica era solo viajar de noche y de día ocultarse en alguna de las casas abandonadas entre los vastos cultivos que se habían podrido hace meses. En algunas de esas casas casi se podía vivir a gusto, no feliz, pero a gusto. Había camas y una cocina y aunque no usaban la segunda para no ser descubiertos, era bonito ver un lugar que parecía estar congelado en el tiempo.

 No fueron noches normales pero incluso hubo una vez que sonrieron y durmieron un poco más de lo normal. El último día en la sabana central vieron de nuevo a los militares y estos casi los pillan si no fuera porque parecían ir muy de prisa a alguna parte. Ellos dos no sabían lo que se planeaba y que no eran prioridad en esa región. Pues era una región que siempre había sido reacia al gobierno actual y ahora ellos les iban a cobrar por tratar de bloquear sus yacimientos de petróleo y otras riquezas.

 Mientras penetraban los pantanos, ocurrió una masacre tras otras. Pero no se enterarían de nada hasta muchos años después, cuando ellos serían los que llevarían uniforme.

 En las ciénagas tuvieron que aprender a abrir los ojos aún más y a tener cuidado con donde pisaban. Fueron picados por diversos insectos y otras criaturas, vieron caimanes e incluso hipopótamos y vieron como muchas zonas estaban inundadas de agua apestosa, cubierta de mosquitos. No se acercaron mucho a esos lados pero tenían ideas de porqué eso era así.

 Los árboles seguían siendo escasos pero no eran ya necesarios. El Estado no tenía nada que hacer en semejante región y ya la ocuparía cuando tuviese las zonas más ricas ocupadas. Entre el agua, el lodo y los mosquitos, no había nada que el Estado quisiera pero si algo que los dos terroristas necesitaban y era el camino a la costa. Era solo seguir el agua y tras casi una semana se acercaron a uno de los puertos más grandes.

 Se disfrazaron un poco, maquillaron su cara con lodo y tierra y fueron adonde todo el mundo iba: a la entrada del puerto. Allí había montones de personas y el Estado las vendía para trabajar como esclavos. Aunque en realidad no era tal cual. Lo único que querían era ganar dinero al expulsar indeseables del país y solo dejaban salir a quienes no significaran un peligro futuro.

 Como ya lo habían hecho antes, mataron para cruzar de noche y meterse en el primer barco que vieron. Allí amenazaron primero y suplicaron después. El barco zarpó con ellos escondidos entre el pescado fresco y solo salieron de allí dos días después. Habían dejado medio cuerpo entre el pescado y el aire del mar era un cambio drástico a lo que habían estado viviendo durante los últimos meses. Además, la compañía de tanto marinero hostil no era lo mejor del mundo y tampoco tener que pagar el viaje con trabajo de esclavos.

 Pero ya se liberarían, ya verían cómo hacer para seguir avanzando. Porque ambos sabían que nada terminaba en ese barco, si acaso una etapa pero nada más. Entre el pescado fresco se dieron de nuevo la mano y cada día se la darían una vez, apretando un poco para no olvidar nunca lo que se siente tocar otro ser humano que, al menos, te entiende algo.


 Eso cambiaría después pero, por el momento, era más que suficiente.